Capítulo 10 El filo de la medianoche
La voz del Conde de Valdemoro no resonó con fuerza; se deslizó por el aire húmedo del puente como una serpiente sobre la piedra fría, suave, melosa y cargada de una amenaza latente que heló la sangre de Beatriz más eficazmente que cualquier grito.
Ella se detuvo en seco, sus pies clavados en el empedrado irregular, el aliento escapando de sus labios en jadeos cortos y dolorosos.
El viento del Tajo, que hasta entonces había sido un acompañante rítmico a su huida, pareció detenerse, suspendiendo el tiempo en un instante de terror absoluto.
Valdemoro emergió de las sombras del arco central.
No estaba solo. Dos figuras, altas y robustas, vestidas con capas oscuras que ocultaban sus rostros y sus armas, lo flanqueaban como perros de presa entrenados.
Sus posturas eran relajadas, pero sus manos descansaban cerca de las empuñaduras de espadas cortas o dagas ocultas bajo la tela.
No había prisa en sus movimientos. Sabían que la trampa estaba cerrada.
—Conde —dijo Beatriz, esforzándose por que su voz no temblara.
Se enderezó, ajustando el velo que cubría su rostro, aunque sabía que era un gesto inútil.
Él ya la había reconocido. Ya sabía quién era, qué llevaba y por qué huía—.
No esperaba encontraros aquí. Pensé que estaríais... ocupado con mi padre.
Valdemoro sonrió. Fue una sonrisa lenta, que no llegó a sus ojos pequeños y brillantes. Avanzó unos pasos, invadiendo el espacio personal de Beatriz con una arrogancia tranquila.
—Tu padre es un hombre predecible, querida Beatriz. Le gusta creer que controla los hilos, pero solo ve aquellos que yo le permito ver. Nosotros, en cambio, preferimos la caza directa. Es más... satisfactoria.
Sus ojos bajaron hacia el bulto que Beatriz apretaba contra su pecho bajo la capa. El libro.
—Lo tienes —afirmó, no preguntó. Era una certeza absoluta—. Don Eusebio murió por él. Fray Bartolomé murió por él. Y tú, pequeña zorra inteligente, has corrido toda la tarde para entregármelo. O quizás... para entregarlo a otro.
Beatriz sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Sabía de Gabriel? ¿Había visto algo? Mantuvo la expresión impasible, aunque su corazón latía con tanta fuerza que temía que pudiera escucharse sobre el rumor del río.
—No sé de qué habláis, señor —mintió, con una firmeza que la sorprendió a sí misma—. Solo he venido a rezar por las almas de los difuntos. La Catedral es un lugar de paz, no de conspiraciones.
Valdemoro soltó una risa corta, seca, desprovista de humor.
—La paz es una ilusión que los débiles necesitan para dormir.
La verdad, Beatriz, es ruido. Es caos. Es sangre.
Y tú llevas el caos envuelto en seda. Dámelo.
Ahora. Y quizás, solo quizás, permita que tu vida continúe siendo tan cómoda como ha sido hasta ahora.
Olvida lo que has visto. Olvida lo que sabes.
Vuelve a ser la muñeca de porcelana que tu padre diseñó.
La oferta era tentadora en su simplicidad monstruosa.
Volver a la ignorancia. Volver a la jaula dorada.
Pero Beatriz recordó el rostro vacío de fray Bartolomé, la sangre negra en su boca, la daga clavada en su corazón.
Recordó la mirada de Gabriel en la taberna, esa honestidad brutal que le había ofrecido no seguridad, sino libertad.
Recordó el beso robado en la penumbra de su alcoba, el sello de fuego que la había marcado como cómplice, como traidora a su clase, como mujer libre.
No podía volver atrás. La inocencia era un lujo que ya no podía permitirse.
—No —dijo Beatriz. La palabra salió clara, nítida, cortando el aire denso entre ellos.
Valdemoro arqueó una ceja, sorprendido por primera vez.
—¿No?
—No os daré el libro —continuó ella, dando un paso atrás, hacia el borde del parapeto del puente. El río Tajo rugía abajo, oscuro y turbulento, esperando—. Porque no es vuestro. Pertenece a la historia. A la verdad. Y la verdad no se compra ni se vende. Se vive. O se muere por ella.
Los dos guardias dieron un paso adelante, desenvainando sus armas con un sonido metálico que resonó como una sentencia. Valdemoro levantó una mano, deteniéndolos. Quería disfrutar del momento. Quería ver cómo se quebraba la resistencia de la joven noble.
—Tienes espíritu, Beatriz. Me gusta. Harás una esposa interesante.
O una viuda muy rica. Da un paso adelante.
Entrégamelo voluntariamente y evitaré que mis hombres te lastimen.
Resístete... y bueno, los accidentes ocurren.
Los puentes son lugares peligrosos por la noche.
Un resbalón, un tropiezo... el Tajo se lleva todo.
Beatriz miró a su alrededor. Estaba atrapada. Delante, Valdemoro y sus sicarios. Detrás, el vacío del río. A los lados, los muros de piedra del puente. No había salida. O sí.
Recordó las palabras de Gabriel: Corra hacia las sombras.
Miró hacia arriba. Sobre sus cabezas, la estructura de madera y hierro del techo cubierto del puente proyectaba sombras profundas. Y más allá, en la oscuridad de la noche, algo se movió. Una silueta ágil, rápida, que se deslizaba por las vigas superiores como un gato nocturno.
Gabriel.
Beatriz contuvo la respiración, manteniendo la mirada fija en Valdemoro para no delatar la presencia de su aliado.
—Tenéis razón, Conde —dijo ella, con una voz súbitamente suave, resignada—. Quizás sea mejor entregarlo. Estoy cansada de correr. Cansada de tener miedo.
Valdemoro sonrió, triunfante. Extendió una mano enguantada.
—Sabia decisión. Acércate.
Beatriz dio un paso hacia él. Luego otro. Sus manos temblaban mientras desabrochaba parcialmente su capa, revelando el lomo oscuro del libro. Valdemoro extendió la otra mano también, ansioso, codicioso. Sus ojos brillaban con la avaricia del poder próximo.
Estaba a tres pasos de distancia. Dos. Uno.
En ese instante preciso, una sombra cayó desde lo alto.
Gabriel aterrizó entre Beatriz y Valdemoro con la gracia letal de un depredador, su capa ondeando como alas negras. Antes de que los guardias pudieran reaccionar, desenvainó su espada corta con un movimiento fluido y brutal. El acero cantó en la noche, un destello plateado que buscó carne.
El primer guardia cayó con un grito ahogado, una herida profunda en el muslo que lo incapacitó al instante.
El segundo, más rápido, logró bloquear el golpe siguiente, pero Gabriel ya estaba en movimiento, girando sobre sí mismo para usar el impulso y golpear con la empuñadura de su espada en la sien del atacante, que se derrumbó sin sentido.
Valdemoro retrocedió, tambaleándose, con los ojos desorbitados por la sorpresa y la furia.
—¡Tú! —gritó, señalando a Gabriel con un dedo tembloroso—. ¡El capitán renegado! ¡Te mataré por esto!
Gabriel no respondió. Se colocó frente a Beatriz, protegiéndola con su cuerpo, su espada lista para el siguiente ataque. Respiraba con calma, aunque sus músculos estaban tensos como cuerdas de violín.
—Vete, Beatriz —ordenó, sin mirar atrás—. Corre hacia la ciudad. Yo los retendré.
—No te dejaré solo —respondió ella, con la voz firme.
—¡Hazlo! —rugió Gabriel, lanzando una estocada rápida que obligó a Valdemoro a retroceder aún más, buscando refugio tras sus hombres recuperados.
Beatriz dudó. Ver a Gabriel luchar, ver la violencia desnuda desplegada para protegerla, era aterrador y fascinante a la vez. Pero sabía que si se quedaba, sería un estorbo. Un objetivo fácil.
Asintió, aunque él no podía verla. Dio media vuelta y comenzó a correr hacia el extremo opuesto del puente, hacia la puerta de la ciudad.
—¡Atrapadla! —ordenó Valdemoro, con la voz desgarrada por la rabia.
Uno de los guardias, el que había sido herido en el muslo, intentó levantarse para perseguirla, pero Gabriel lo interceptó con una patada brutal en el pecho que lo lanzó contra la pared de piedra.
El otro guardia atacó a Gabriel con furia ciega.
El choque de aceros llenó el aire de chispas y ecos metálicos.
Beatriz corría. Sus pulmones ardían, sus piernas pesaban como plomo, pero la adrenalina la impulsaba hacia adelante. Llegó a la puerta del puente. Estaba cerrada. Bloqueada.
Maldijo en silencio. Giró la cabeza. Valdemoro, aprovechando la distracción de Gabriel, había logrado rodearlo y ahora avanzaba hacia ella, con una daga en la mano, la misma daga de hoja negra. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su rostro deformado por el odio.
—Nadie me quita lo que es mío —gruñó.
Beatriz retrocedió hasta quedar pegada a la puerta cerrada. No había escapatoria. Gabriel estaba ocupado luchando contra el otro guardia, demasiado lejos para ayudarla a tiempo.
Valdemoro levantó la daga, preparado para atacar.
Entonces, una figura surgió de las sombras detrás de Valdemoro. No era Gabriel. Era más pequeña, más ágil. Llevaba una capucha baja, pero Beatriz reconoció la postura. Era Inés. Su doncella.
Inés no atacó a Valdemoro. En su lugar, lanzó algo pequeño y brillante hacia los pies de Beatriz. Una llave. La llave grande de hierro con mango de calavera que Beatriz había visto en la mano de fray Bartolomé.
Valdemoro se volvió, confundido por la intervención inesperada.
—¡Traidora! —vociferó, apuntando la daga hacia Inés.
Pero Inés ya había desaparecido en las sombras, fundiéndose en la noche como humo.
Beatriz recogió la llave del suelo. Sus manos temblaban, pero esta vez no era de miedo. Era de comprensión. Inés no la había traicionado. La había salvado. Le había dado la herramienta para abrir la siguiente puerta.
Valdemoro cargó contra ella, ciego de ira.
Beatriz no esperó. Giró la llave en la cerradura de la puerta lateral del puente, una puerta pequeña, olvidada, que daba a una escalera de servicio que descendía hacia las orillas del río. La puerta cedió con un chirrido oxidado.
Se lanzó hacia dentro, cerrando la puerta tras de sí justo cuando la daga de Valdemoro chocaba contra la madera con un golpe sordo.
Oyó los gritos de furia del Conde al otro lado. Oyó el choque de espadas de Gabriel, que finalmente había derrotado a su oponente y ahora corría hacia la puerta.
Beatriz bajó las escaleras de piedra, oscuras y húmedas, hacia la oscuridad absoluta de la ribera del Tajo. El aire olía a algas podridas y a agua estancada. Pero para ella, olía a libertad.
Llegó al fondo. El río fluía negro e indiferente ante sus pies. Miró hacia arriba, hacia la pequeña ventana rejada que daba al nivel del puente. Una sombra apareció allí. Gabriel.
Sus ojos se encontraron a través de la distancia y la oscuridad. Él asintió, una vez. Un gesto breve, intenso. Luego, desapareció, probablemente para despistar a Valdemoro y asegurar la huida de Beatriz.
Beatriz se quedó sola en la orilla. Abrazó el libro contra su pecho. Tenía la llave. Tenía el secreto. Y tenía, por primera vez, una aliada inesperada.
Pero mientras contemplaba el agua negra, una nueva pregunta surgió en su mente, más terrible que todas las anteriores: ¿Por qué Inés le había dado la llave? ¿Y qué abría realmente esa llave?
El viento sopló desde el río, trayendo consigo un susurro que parecía venir de las profundidades del agua.
"Sanguis vocat..."
Beatriz cerró los ojos. La noche apenas comenzaba. Y el verdadero horror aún estaba por llegar.