El secreto de la cripta Capítulo 1 La mirada invisible #2
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Capítulo 1 La mirada invisible #2

Con manos temblorosas, introdujo la punta de la horquilla en la ranura. Giró ligeramente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, presionando con delicadeza. Hubo un clic seco, apenas audible, seguido del sonido mecánico de un resorte liberándose.

La puerta se entreabrió unos centímetros.

Beatriz contuvo la respiración. Empujó suavemente. La puerta cedió sin emitir ruido, revelando el interior de la biblioteca.

El olor a papel viejo, cuero curtido y polvo cerrado la golpeó de inmediato.

Era un aroma denso, embriagador, que hablaba de siglos de conocimiento acumulado y secretos guardados.

La habitación era vasta, con estanterías que llegaban hasta el techo abovedado, repletas de volúmenes encuadernados en pieles de diversos colores.

En el centro, una gran mesa de caoba estaba cubierta de mapas, pergaminos enrollados e instrumentos de navegación oxidados.

Beatriz entró, cerrando la puerta tras de sí. Sus ojos se adaptaron lentamente a la penumbra. La luz de la luna entraba por un gran rosetón situado en la pared opuesta, proyectando un haz de luz plateada que iluminaba precisamente una sección de la estantería del fondo.

Se acercó a esa zona. Los libros allí parecían diferentes.

Más antiguos. Sus lomos estaban desgastados, algunos sin título visible.

Pasó los dedos por los lomos, sintiendo la textura áspera del cuero bajo sus yemas.

De repente, uno de los volúmenes llamó su atención.

No por su apariencia, sino por la ausencia de ella.

Era un espacio vacío entre dos tomos gruesos de teología.

Algo había estado allí recientemente. Y alguien lo había retirado con prisa, dejando una marca de polvo más clara en la estantería.

Beatriz frunció el ceño. ¿Qué libro habría sido? ¿Por qué su padre lo habría escondido en un lugar tan accesible si quería mantenerlo secreto?

Antes de que pudiera reflexionar más, un ruido proveniente del pasillo la hizo tensarse. Pasos. Lentos, pesados, deliberados. Alguien se acercaba.

El pánico la invadió. Si la descubrían allí, a esas horas, su padre no solo la castigaría, sino que sospecharía. Y Beatriz no estaba preparada para enfrentar las preguntas que surgirían. No todavía.

Buscó rápidamente un lugar donde esconderse. Debajo de la mesa no era opción; sería demasiado obvio. Detrás de las cortinas de terciopelo que cubrían una de las ventanas laterales. Se deslizó detrás de ellas, pegándose a la pared fría, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los pulmones.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta de la biblioteca. Hubo un silencio prolongado, tenso. Luego, el sonido de una llave insertándose en la cerradura. La puerta se abrió.

Una figura entró. Era alta, encorvada. Vestía una túnica oscura. Beatriz no podía ver su rostro desde su escondite, pero reconoció la forma de caminar. Era su padre, don Rodrigo.

Pero no estaba solo. Otra persona entró tras él. Más baja, más ágil. Vestía ropas de cuero oscuro y llevaba una capucha que le cubría el rostro.

—Está aquí —indicó la voz del desconocido. Era grave, rasposa, desprovista de emoción.

—Lo sé —manifestó don Rodrigo. Su voz sonaba cansada, derrotada—. Lo saqué anoche. Pensé que sería más seguro en mi escritorio. Pero han registrado la casa. Han estado en todas partes.

—No debiste moverlo, Rodrigo. El lugar original era perfecto. Nadie busca en la cripta.

—La cripta está sellada. Y mi hija... ella ha estado actuando de manera extraña. Tiene esos ojos... esos ojos de su madre. Ve cosas que no debería ver.

Beatriz sintió que la sangre se le helaba en las venas. ¿Hablaban de ella? ¿De qué "cosa" no debería ver?

—Tu hija es una niña mimada, Rodrigo. No sabe nada. Pero si empieza a husmear... tendremos que actuar.

—No tocaréis a Beatriz —dijo don Rodrigo, con una firmeza sorprendente.

—Eso depende de ella. Y del libro. ¿Dónde está ahora?

Hubo un silencio. Beatriz pudo imaginar a su padre dudando, luchando internamente entre proteger a su hija y proteger el secreto.

—En mi escritorio. Bajo el doble fondo.

—Recupéralo. Esta noche. Antes del amanecer. El comprador llega al mediodía. Si no tenemos la mercancía, todos moriremos. Tú, tu hija, y toda tu estirpe.

Los pasos se alejaron. La puerta se cerró. El sonido de la llave girando en la cerradura resonó como una sentencia final.

Beatriz permaneció inmóvil durante varios minutos, asegurándose de que realmente se habían ido. Cuando finalmente salió de detrás de las cortinas, sus piernas temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.

Su mente daba vueltas, procesando la información fragmentaria que acababa de escuchar. Un libro. Un comprador. Una cripta sellada. Y una amenaza de muerte que incluía a su propia familia.

Miró hacia el escritorio de su padre, situado en el extremo opuesto de la habitación. La luz de la luna incidía directamente sobre él, iluminando la superficie pulida de la madera.

Sabía que no debía hacerlo. Sabía que era peligroso. Pero la curiosidad, esa bestia insaciable que habitaba en su interior, era más fuerte que el miedo.

Se acercó al escritorio. Buscó el mecanismo del doble fondo que había mencionado el desconocido. Tras unos minutos de búsqueda frenética, encontró una pequeña palanca disimulada bajo el borde derecho del cajón principal. La presionó.

Con un chasquido suave, un panel lateral se abrió, revelando un compartimento oculto. Dentro, envuelto en un paño de terciopelo negro, había un objeto rectangular.

Beatriz lo sacó con manos temblorosas. Desenvolvió el paño.

Era un libro. Pero no un libro común. Sus tapas eran de metal oxidado, grabadas con símbolos extraños que no reconocía: estrellas, lunas crecientes, ojos abiertos. No tenía título en el lomo. Pesaba mucho, más de lo que aparentaba su tamaño.

Lo abrió con cuidado. Las páginas eran de pergamino, amarillentas y frágiles.

Estaban cubiertas de escritura manuscrita en una tinta marrón oscura, acompañada de ilustraciones detalladas: mapas celestes, diagramas anatómicos humanos superpuestos con constelaciones, y textos en latín mezclado con caracteres que parecían hebreos o arameos.

En la primera página, una inscripción destacaba en letras doradas, aún brillantes a pesar del paso del tiempo:

"Veritas in profundis latet. Qui quaerit, inveniet. Qui invenit, morietur."

La verdad yace en las profundidades. Quien busca, encontrará. Quien encuentra, morirá.

Beatriz cerró el libro de golpe, como si quemara. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que pudiera escucharse en toda la habitación.

Tenía que irse. Tenía que devolver el libro a su escondite y olvidar que lo había visto. Pero algo en ella había cambiado. La inocencia que la caracterizaba se había agrietado, dejando entrever una determinación nueva, dura, afilada.

Guardó el libro bajo su bata, pegado a su pecho, sintiendo su peso frío contra su piel. Luego, salió de la biblioteca, cerrando la puerta tras de sí y asegurándose de que quedara bloqueada tal como la había encontrado.

Mientras caminaba de vuelta a sus aposentos, por los pasillos oscuros del palacio, Beatriz supo que su vida había terminado.

La joven ingenua, la noble obediente, la hija sumisa, habían muerto esa noche.

En su lugar, nacía alguien nuevo. Alguien dispuesto a buscar la verdad, aunque eso significara morir.

Pero mientras subía las escaleras hacia su habitación, no pudo evitar sentir, una vez más, esa presencia observándola desde las sombras. Pero esta vez, no apartó la mirada. Esta vez, desafió a la oscuridad con una sonrisa fría y decidida.

El juego había comenzado.