El secreto de la cripta
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Capítulo 1 La mirada invisible
La niebla no descendía sobre Toledo; nacía de ella.
Surgía de las entrañas húmedas del Tajo, se arrastraba por los callejones empedrados como un animal herido y se adhería a los muros de piedra caliza, devorando los contornos de la ciudad imperial hasta reducirla a un espectro grisáceo y silencioso.
Era una madrugada de noviembre, fría y cortante, donde el aire olía a leña quemada, a río estancado y a ese miedo antiguo que solo las ciudades muy viejas saben exhalar.
Beatriz de Alarcón permanecía inmóvil junto al ventanal de su alcoba, en el tercer piso del palacio familiar.
Sus dedos, pálidos y largos como ramas de azahar, trazaban círculos invisibles sobre el vidrio empañado.
Fuera, la oscuridad era absoluta, salvo por el parpadeo intermitente de alguna tea olvidada en la muralla o el reflejo fantasmal de la luna llena, oculta tras jirones de nubes negras, que bañaba las torres de la Catedral con una luz mortecina y plateada.
No podía dormir. Llevaba tres noches sin cerrar los ojos más allá de breves instantes de sopor inquieto, poblados de sueños fragmentarios donde voces susurrantes la llamaban por un nombre que no reconocía.
Algo había cambiado en la atmósfera pesada de la casa solariega de los Alarcón.
No era un ruido, ni un olor, ni una presencia tangible.
Era una presión. Una densidad en el aire que le erizaba la piel de los brazos y le hacía latir el corazón con un ritmo descompasado, como un pájaro atrapado entre las costillas.
—Señorita Beatriz —murmuró una voz desde la puerta entreabierta.
Era Inés, su doncella de toda la vida. Una mujer pequeña, de rostro surcado por la preocupación constante y manos ásperas de tanto fregar suelos y doblar linos. Sostenía un candelabro de bronce cuya llama temblaba, proyectando sombras alargadas y danzantes sobre el suelo de madera encerada.
—Deberíais intentar descansar, mi señora. Mañana habrá misa mayor y vuestro padre espera veros radiante. El Conde de Valdemoro llegará antes del mediodía.
Beatriz no se volvió. Sus ojos seguían clavados en la negrura exterior, buscando algo que ella misma no sabía qué era.
—No tengo sueño, Inés. Hay... hay algo en el aire. ¿No lo sientes?
La doncella avanzó unos pasos, dejando el candelabro sobre la mesa de tocador. El aroma a cera derretida se mezcló con el perfume suave de lavanda que impregnaba las sábanas recién cambiadas.
—Es el frío, señorita. El invierno se anticipa este año. Las piedras retienen la humedad y el alma se entristece con la falta de sol. Nada más.
Pero Beatriz sabía que no era solo el frío.
Desde hacía una semana, sentía esa sensación de ser observada.
No era la mirada curiosa de los sirvientes, ni la evaluación desaprobadora de su tía Soraya, ni siquiera la posesividad asfixiante de su padre, don Rodrigo de Alarcón.
Era otra cosa. Una mirada que pesaba, que se posaba sobre su nuca cuando paseaba por los jardines interiores, que la seguía desde las sombras de las galerías altas cuando subía a sus aposentos.
Una mirada fría, calculadora, desprovista de humanidad.
Se llevó una mano al cuello, donde la piel aún conservaba el calor de su propia ansiedad.
Recordó la cena de la noche anterior. Su padre había hablado largo y tendido sobre la alianza con los Valdemoro, una unión que consolidaría el poder económico de la familia y limpiaría ciertas manchas antiguas en su reputación.
Beatriz había asentido mecánicamente, moviendo los alimentos en su plato sin probarlos.
Sentía que las palabras de su padre eran ladrillos que cerraban una pared alrededor de ella, sepultándola viva bajo expectativas y deberes.
—Inés —dijo Beatriz, volviéndose finalmente hacia la doncella. Su voz sonó extraña, quebradiza, como cristal a punto de romperse—. ¿Crees que el destino puede elegirse?
Inés la miró con una mezcla de ternura y confusión. Para una mujer de su condición, el destino era algo que se soportaba, no algo que se elegía.
—El destino es lo que Dios nos envía, señorita. Nuestra tarea es aceptarlo con gracia y humildad.
Beatriz sonrió, pero fue una sonrisa triste, desprovista de alegría.
—Quizá Dios se ha cansado de enviarnos cosas que no queremos.
Apagó la vela de su mesita de noche, sumiendo la habitación en una penumbra azulada iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por las rendijas de las contraventanas.
Inés hizo una reverencia torpe y salió, cerrando la puerta con suavidad.
El clic de la cerradura resonó como un disparo en el silencio.
Beatriz se acercó de nuevo a la ventana.
Abrió ligeramente una de las contraventanas.
El aire nocturno entró de golpe, helado y húmedo, acariciando su rostro.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con ese aire cargado de misterio.
Abajo, en el patio interior, las fuentes estaban secas, cubiertas de hojas muertas.
Las estatuas de mármol, representando dioses paganos olvidados, parecían observar la casa con ojos ciegos y burlones.
Fue entonces cuando lo vio. O más bien, lo sintió.
En la esquina más oscura del jardín, donde las sombras de los cipreses se entrelazaban formando una masa impenetrable, hubo un movimiento.
No fue un animal, estaba segura. Los gatos de la casa se movían con una fluidez líquida, silenciosa.
Esto fue diferente. Fue un desplazamiento rígido, deliberado.
Una figura alta, envuelta en una capa oscura que se fundía con la noche, permanecía inmóvil bajo la sombra de un arco gótico.
Beatriz contuvo la respiración. Su corazón dio un vuelco violento, doloroso. Intentó enfocar la vista, pero la distancia y la oscuridad jugaban en su contra. La figura no se movía. Solo esperaba. Observaba.
¿Quién podría estar ahí a esas horas? Los guardias patrullaban las murallas exteriores, no el patio interior. Los sirvientes dormían en sus dependencias. Nadie tenía permiso para vagar por los jardines después del toque de queda.
Un escalofrío recorrió su espalda, descendiendo por su columna vertebral hasta llegar a la base de su espina dorsal. No era miedo, exactamente. Era reconocimiento. Esa presencia... la conocía. No sabía cómo, ni por qué, pero su cuerpo reaccionaba ante ella con una alerta primitiva, ancestral.
La figura levantó lentamente una mano. No saludó. No hizo ningún gesto amistoso. Simplemente señaló hacia arriba, hacia la ventana de Beatriz. Luego, con una lentitud exasperante, desapareció tras el muro de piedra, fundiéndose en la oscuridad como si nunca hubiera existido.
Beatriz retrocedió, tropezando con la alfombra persa que cubría el suelo.
Su mente trabajaba a mil por hora, buscando una explicación racional.
Un ladrón. Un amante secreto de alguna criada.
Una alucinación producto del insomnio y la ansiedad.
Pero ninguna de esas explicaciones encajaba con la intensidad de la sensación que acababa de experimentar.
Se acercó al espejo de cuerpo entero situado en un rincón de la habitación.
Su reflejo la devolvió una imagen distorsionada por la poca luz: una joven de veinte años, de belleza perturbadora.
Sus ojos, grandes y oscuros como pozos sin fondo, brillaban con un destello febril.
Su cabello, negro como el azabache, caía en cascadas desordenadas sobre sus hombros desnudos, cubiertos apenas por una camisola de seda blanca.
Sus labios, pálidos y entreabiertos, revelaban una vulnerabilidad que ella odiaba mostrar.
—¿Quién eres? —musitó a su propio reflejo.
Pero el espejo no respondió. Solo le devolvió la imagen de una chica asustada, atrapada en una jaula de oro y piedras.
Beatriz se vistió rápidamente. No podía quedarse allí, paralizada por el terror.
Necesitaba moverse, hacer algo, romper la inercia que la atenazaba.
Se puso una bata de terciopelo granate sobre la camisola y se calzó unas zapatillas de tela.
Salió de su habitación con sigilo, evitando las tablas del suelo que crujían.
El pasillo estaba sumido en la oscuridad.
Las antorchas habían sido apagadas horas atrás.
Solo la luz de la luna, filtrándose por los vitrales de las ventanas altas, dibujaba patrones geométricos multicolores sobre el suelo de piedra.
Caminó descalza, sintiendo el frío de la piedra a través de las finas suelas de sus zapatillas.
Su destino no era claro. Sus pies la llevaban instintivamente hacia la escalera principal, pero una fuerza interna, una curiosidad morbosa mezclada con necesidad de respuestas, la desvió hacia el ala oeste del palacio, la zona más antigua de la construcción, donde se encontraban la biblioteca privada de su padre y los archivos familiares.
Nadie iba allí por la noche. Don Rodrigo mantenía esa área bajo llave, alegando que los libros antiguos eran sensibles a la humedad y requerían un cuidado especial. Pero Beatriz siempre había sospechado que había algo más. Algo que su padre ocultaba no por protección, sino por vergüenza o miedo.
Llegó a la puerta de roble macizo de la biblioteca.
Estaba cerrada, como era de esperar. Probó el pomo, girándolo suavemente.
Bloqueado. Suspiró, frustrada. Iba a darse la vuelta cuando notó algo extraño en el marco de la puerta.
Una pequeña marca, casi imperceptible, en la madera tallada.
Era una ranura diminuta, apenas visible a simple vista.
Recordó haber visto a su padre manipular algo similar años atrás, cuando ella era solo una niña.
Había usado una aguja fina, insertándola en un lugar específico del marco.
Beatriz buscó en los bolsillos de su bata y encontró una horquilla de plata que llevaba en el cabello. La sacó, enderezándola con cuidado.