Capítulo 36 La Evasión Forzosa
Oliver guardó el endoscopio y la linterna en su maletín con un movimiento rápido. Don Fernando se acercaba con la cara roja, seguido por los dos hombres.
—¡Es la última vez, Roth! —gritó el párroco, señalando la puerta principal—. ¡Entregue todo lo que tenga de mi Catedral y lárguese!
Oliver mantuvo la calma, forzando la profesionalidad. —Padre, bajo esta catedral hay una estructura que confirma mi informe: el subsuelo está en riesgo. Si no se actúa inmediatamente, la estabilidad de todo...
— ¡El nuevo arquitecto determinará! ¡Fuera!
Don Fernando se acercó, intentando arrebatar el maletín de Oliver. Oliver dio un paso atrás, protegiendo su evidencia.
Teresa intervino, interponiéndose entre Oliver y el Párroco.
—Padre Don Fernando, esto es violencia. El arquitecto solo estaba haciendo su trabajo.
El párroco la empujó suavemente, sin dejar de mirar a Oliver. —Usted, señorita Sanz, es una influencia perniciosa. ¡Sáquenlos!
Oliver sabía que no podía perder el tiempo en una pelea. Se giró hacia Teresa y susurró, —no te detengas sígueme
Agarró a Teresa de la mano y corrieron. No hacia la puerta principal, sino hacia una puerta, donde la salida era menos vigilada.
Don Fernando gritó una orden, —fuera de mi catedral. El párroco, torpe, no podía seguirles el paso.
Teresa no dudó. Abrió la puerta lateral que daba a una pequeña callejuela, utilizada por el jardinero.
Escucharon los gritos y los pasos de los otros dos hombres resonando.
Salieron a la calle, jadeando. La libertad era agridulce.
—Tenemos el mensaje, pero nos han prohibido entrar en la catedral —dijo Oliver, recuperando el aliento—. Y mañana, el nuevo arquitecto sellará la fuente.