Capítulo 35 La Nueva Grieta
El ultimátum del Obispo era para esa mañana. El nuevo arquitecto estaba a punto de llegar. Oliver y Teresa solo tenían una oportunidad.
Se deslizaron en el Claustro justo al amanecer, antes de que llegara el nuevo equipo. Don Fernando ya estaba en su despacho, nervioso.
—Aquí —susurró Oliver—. La columna número cuatro de la galería sur.
La columna parecía idéntica a las demás, pero al examinar el suelo de piedra a su base, notaron algo. No había una grieta; había una nueva fisura, limpia y pequeña, que se extendía desde la base de la columna hacia el centro del patio.
—La piedra ha vuelto a hablar —dijo Teresa, asombrada—. La grieta original nos llevó al código. Esta nueva fisura nos lleva al punto exacto que el código predijo.
La fisura era demasiado perfecta para ser natural. Oliver se arrodilló, iluminándola. La grieta tenía una profundidad anormal y el sonido que producía al golpearla era hueco.
—El subsuelo no está cediendo —dijo Oliver, sonriendo triunfalmente—. El Claustro entero es un mecanismo de relojería. La grieta original simplemente activó la siguiente.
Oliver se arrodilló, iluminándola. Llegaron a la fuente. Oliver se arrodilló, sacando su endoscopio y su linterna de haz estrecho.
—La losa no es original y está hundida —susurró Oliver, deslizando la cámara por el borde, justo en la nueva fisura.
La pequeña pantalla se iluminó. La cámara reveló tierra compacta y una capa inferior de ladrillos romanos que formaban un hueco. Oliver dirigió el haz de luz, simulando el ángulo del sol. La luz rebotó sobre una piedra de cierre.
Grabada en ella, estaba la Cruz de San Jorge. Y bajo ella, una inscripción.
—“Hic amor non est sepultus. Sed in pace clausus est sapientia, quae venit de mari.” —tradujo Teresa, con la voz ahogada—. “Aquí no está enterrado el amor. Sino en paz está encerrada la sabiduría que vino del mar.”
En ese momento, pasos apresurados resonaron en el patio. Don Fernando había salido de su despacho, y tras él, dos hombres con planos enrollados.
—¡Arquitecto Roth! —tronó Don Fernando—. ¡Fuera de mi Catedral! ¿Qué está haciendo ahí?
Oliver se puso de pie, su rostro serio. Tenía el punto exacto, la verdad vista, y ahora sabía que el Claustro escondía mucho más que un Patio de Armas.
El secreto de la Sabiduría de la Magdalena estaba justo bajo sus pies, en el corazón de la fortaleza, encerrado en paz, como el latín había confirmado.