Capítulo 26 El Nicho Sellado
El viento azotaba la Torre del Vigía, amplificando el sonido del mar. Oliver y Teresa estaban frente al muro, donde la Cruz de San Jorge con la flor de lis se había revelado bajo la luz de su linterna.
—No es solo un grabado —murmuró Oliver, pasando sus dedos entrenados sobre la piedra. La cruz tenía un relieve sutilmente más alto que la mampostería circundante—.
Teresa acercó su linterna. La luz blanca reveló pequeñas líneas de cemento seco y oscuro que sellaban los bordes de la cruz. Un trabajo de ocultación meticuloso.
—Mira la flor de lis —señaló Teresa—. No está tallada, está incisa.
Oliver asintió. Sacó su navaja multiusos, rascó con cuidado el sellado de cemento alrededor de la flor de lis. La mampostería cedió con un leve crujido.
—Hay un vacío —dijo, la voz tensa—. No es un muro macizo detrás.
Oliver raspó el sellado de cemento. Le llevó casi media hora de trabajo delicado y sudoroso. El esfuerzo se detuvo cuando, con un último tirón, la placa de piedra con la cruz se liberó, dejando al descubierto el hueco.
—Lo veo —susurró Oliver—. Es una caja. Pequeña, rectangular, envuelta en algo que parece cuero o tela antigua. El cemento la cubre casi por completo.
La emoción se apoderó de Teresa. —El misterio guardado en la sombra... Aquí no hay amor enterrado, Oliver. Hay conocimiento o una prueba.
La caja de metal, envuelta en una tela grisácea y rígida por el tiempo, permanecía suspendida en el hueco. Oliver la extrajo con cuidado, el peso era sorprendentemente ligero.
—La fortaleza de la Catedral, la fe en la Virgen, la vigilancia de la costa... Todo apuntaba a esta pequeña caja.
El viento se coló por el nicho vacío, emitiendo un silbido fantasmal. La historia estaba a punto de hablar.