El secreto de la Catedral Fortaleza
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Capítulo 1 La Tormenta y el Daño
El reloj de la Torre del Homenaje acababa de marcar las dos cuando un relámpago partió el cielo de Almería.
Durante un instante, la Catedral apareció blanca, como si el resplandor del relámpago hubiera borrado el color de la piedra.
La tormenta había llegado con una furia que la ciudad rara vez presenciaba.
No era la brisa salina habitual, sino una embestida de relámpagos cegadores y lluvia horizontal que golpeaba las calles empedradas con una violencia desconocida.
El estruendo del trueno retumbó sobre el Casco Histórico, resonando entre callejuelas y arcos de piedra, como si toda la ciudad contuviera la respiración.
En el corazón de Almería, la Catedral de la Encarnación se alzaba imponente, más fortaleza que templo. Sus almenas y muros macizos parecían desafiar al tiempo y al cielo desde hacía siglos.
Aquella noche, sin embargo, la tormenta encontró un punto débil.
Un rayo —más que un impacto directo, una violenta descarga— desestabilizó la mampostería de la torre-campanario, conocida también como la Torre del Homenaje, situada en el extremo noroeste del edificio.
Horas después, la lluvia comenzó a filtrarse por una grieta recién abierta, descendiendo hacia el interior del templo y afectando especialmente la zona del claustro, concebido originalmente como patio de armas, una prueba más del carácter defensivo de la Catedral.
Con las primeras luces del amanecer, el párroco mayor, don Fernando, inspeccionó los daños junto a su círculo más cercano.
Los canónigos caminaban en silencio.
Sabían que aquello no era un simple deterioro.
Era un riesgo estructural.
Un anciano se detuvo junto al muro agrietado y habló casi en un susurro.
—El agua está comprometiendo la base del muro que da a la capilla. Si esto continúa, el terreno acabará cediendo.
Pasó la mano por la piedra húmeda antes de añadir:
—La piedra parece sólida... pero debajo hay arena y olvido.
Don Fernando, hombre práctico más que místico, estudió la fisura sin apartar la vista. No se trataba solo de una grieta; la estabilidad de todo aquel sector estaba en juego.
La Catedral, única fortaleza catedralicia de ese tipo en España, llevaba siglos vigilando secretos que nadie debía perturbar.
Necesitaban al mejor especialista.
—No podemos permitir que los andamios permanezcan aquí durante meses y atraigan la atención pública —dijo con firmeza—. Si existe riesgo de colapso, esto debe manejarse con la máxima discreción.
Entonces recordó un nombre que el Obispado de Sevilla le había recomendado tiempo atrás.
Oliver Roth.
Arquitecto.
Especialista en estructuras defensivas históricas.
Y, según decían, tan excéntrico como eficaz.
—Localizaré inmediatamente al arquitecto Roth. Es nuestro único camino.
Hizo una breve pausa.
—Y que nadie sepa que la Catedral está al borde del colapso.
Mientras las órdenes comenzaban a cumplirse, don Fernando se sintió muy preocupado por la situación.
La Catedral había resistido guerras, saqueos y cinco siglos de historia.
Pero aquella tormenta...
Parecía haber despertado algo que llevaba demasiado tiempo dormido.