El secreto de la Catedral (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo V) BLOQUE 3
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La copia procedía de documentación conservada en el despacho de Velasco.

Era una impresión del informe en el que Armentia había descartado la cubierta por no corresponder aparentemente a una unidad denominada Memorial de Burgos.

En el margen superior aparecía una anotación manuscrita:

“No descartar sin revisar Santillana. J. V.”

Martín acercó la reproducción.

Las iniciales coincidían con las de Julián Velasco, pero Elena no quiso atribuirle la frase antes de obtener una comparación de escritura y examinar las circunstancias en que aquella copia había sido incorporada al expediente.

La anotación podía pertenecer a otra persona.

También podía haber sido realizada bastante después de la redacción original del informe.

Incluso si se acreditaba que era de Julián, su contenido demostraría interés en revisar la procedencia de la cubierta, no participación en el atropello de Martín ni en ningún otro delito.

Adrián leyó otra vez la frase.

Quien la había escrito comprendía que Santillana era una referencia relevante y que el descarte basado únicamente en la ausencia del nombre Memorial era insuficiente.

Eso resultaba compatible con la evolución posterior de las búsquedas privadas.

Elena mostró una tabla interna de seguimiento.

La misma unidad aparecía descrita como:

“Cubierta antigua sin título. Cartas, sucesión y memoria. Posible relación Santillana. Falta trazabilidad.”

La tabla era posterior al informe inicial de Armentia.

Alguien había reabierto la pista.

Martín quiso saber si existía una nueva solicitud de consulta presencial.

No constaba ninguna en aquel tramo documental.

La tabla demostraba una reconsideración de la candidata, pero no permitía afirmar que se hubiera realizado una lectura completa del conjunto.

Más adelante, la búsqueda se desplazó hacia otros fondos y aparecieron las investigaciones relacionadas con Pablo Mena y Julián Rojas, junto con los trabajos sobre la inscripción funeraria.

La unidad volvió a perder protagonismo en los informes recuperados.

No era posible asegurar que todos los integrantes del proyecto privado hubieran abandonado la pista. Tampoco podían demostrar que alguno hubiera completado por su cuenta la continuidad archivística hasta la carpeta actual.

Elena mantuvo ambas posibilidades abiertas.

Martín regresó al registro antiguo.

La frase:

“La cubierta señalada se conserva entera.”

tenía ahora un significado más amplio.

No solo era un testimonio de conservación.

Formaba parte de una secuencia documental que podía relacionarse con la cubierta identificada en las fotografías de HP-47 y con la unidad actualmente protegida dentro de C12/4.

Adrián recordó que ya habían comprobado la continuidad de las marcas exteriores. La fotografía antigua mostraba los dos trazos cruzados y los restos de una señal manuscrita superior, aunque no permitía identificar esa letra de manera definitiva.

La ubicación física también estaba verificada.

Lo que seguía pendiente era el cotejo del contenido.

Las ochenta y seis unidades foliares registradas en conservación coincidían con los recuentos anteriores, pero todavía debían comprobar qué documentos correspondían a cada descripción histórica.

La ficha de la investigadora ofrecía una pista especialmente valiosa sobre la correspondencia atribuida a Inés de Castañeda.

El cuaderno de históricos provisionales había mencionado cartas.

Las fichas posteriores conservaban la misma categoría.

Ahora sabían que una lectora antigua había identificado un nombre concreto dentro del conjunto.

Cuando se autorizara la apertura, esa atribución podría cotejarse con las piezas efectivamente conservadas.

Clara observó que el largo intervalo sin consultas no debía interpretarse como un período en el que el archivo hubiera dejado de cumplir su función.

El legajo había seguido bajo custodia y había sido objeto de controles que insistían en preservar su integridad.

La ausencia de uso pudo haber reducido la exposición de la cubierta a manipulaciones frecuentes. Sin embargo, su supervivencia no dependía únicamente de que nadie la pidiera.

Dependía de las decisiones profesionales que habían impedido distribuir sus documentos por materias y habían mantenido el orden recibido.

—A veces conservar también consiste en saber cuándo no conviene intervenir —dijo Clara.

Martín asintió.

Aquella era la diferencia entre una unidad olvidada y una unidad custodiada.

Elena recogió la copia que llevaba las iniciales J. V. y explicó que la incorporaría a las diligencias correspondientes. Necesitaba establecer la autoría de la anotación y reconstruir cuándo llegó aquella impresión al despacho.

Si pertenecía a Velasco, ofrecería una prueba concreta sobre el conocimiento que pudo tener de Santillana antes de los acontecimientos recientes.

Pero la investigación penal tendría que determinar el alcance real de ese conocimiento y cualquier posible relación con las conductas investigadas.

Adrián volvió a contemplar la columna vacía.

Cuarenta y tres años.

Durante aquel período habían cambiado las personas responsables de los fondos y los sistemas utilizados para describirlos. La cubierta permaneció agrupada, aunque sus nombres históricos fueron quedando cada vez menos visibles en los instrumentos corrientes.

Cuando las empresas privadas retomaron la búsqueda, se encontraron con una unidad que contenía indicios relevantes, pero cuya descripción no permitía reconocer de inmediato la historia de Hernando.

Armentia había descartado aquella candidata.

Marta había recomendado revisar su procedencia.

Después alguien había añadido una observación manuscrita que devolvía la atención a Santillana.

La documentación mostraba aproximaciones sucesivas al mismo conjunto, cada una condicionada por la información disponible y por los métodos utilizados.

Martín cerró el registro.

La continuidad del legajo estaba suficientemente acreditada para integrarla en la cadena ya reconstruida. No hacía falta volver a presentar la cubierta como una pieza cuya existencia física estuviera todavía en duda.

Estaba localizada.

Sus marcas exteriores habían sido documentadas.

Las signaturas sucesivas podían relacionarse con su ubicación actual.

Lo pendiente era comprender el contenido conservado dentro de ella y cotejarlo con las descripciones antiguas.

Adrián miró de nuevo la anotación de la investigadora:

“Contiene cartas de Inés de Castañeda.”

Quizá aquella mujer había tenido ante sí una parte esencial del trabajo de Hernando sin advertir que los papeles genealógicos y la memoria funeraria podían alterar el significado de las cartas que estaba estudiando.

No había razón para reprochárselo.

Su investigación perseguía otra pregunta.

Ahora ellos disponían de una distinta, construida a partir de las relaciones que habían logrado recuperar.

La cubierta no había necesitado circular constantemente para sobrevivir.

Durante cuarenta y tres años permaneció bajo custodia, conservando una organización que diferentes responsables habían decidido respetar.

Y mientras sus nombres se desvanecían de las fichas, los documentos siguieron juntos, a la espera de que alguna investigación volviera a necesitarlos como conjunto.