El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 27 Ludovica #2
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Capítulo 27 Ludovica #2

Él giró la cabeza una sola vez, sus ojos encontrándola en la penumbra. En ese instante, la memorizó: el cabello revuelto por el viento, los ojos llenos de lágrimas, la fuerza que aún brillaba en su rostro. La amó en un segundo que fue eterno, un instante que contuvo todas las noches que habían compartido, todas las promesas susurradas bajo las estrellas.

—¡Ezio, no! —suplicó, no solo a Vincent, sino al destino, a Dios, a cualquier fuerza que pudiera detener lo inevitable. Sus brazos se debatían, pero los hombres eran implacables.

—No te olvides de mí —susurró Ezio, sus ojos llenos de lágrimas, aunque sabía que el viento se llevaría sus palabras.

Vincent hizo una seña con la mano, un gesto tan casual como si apartara una cortina. Los hombres actuaron al instante, separándolos con una violencia fría, como se aparta un velo de una herida abierta. Ezio fue arrastrado hacia un lado, Ludovica hacia otro. Sus manos se buscaron en el aire, un último intento de aferrarse, pero la distancia creció, y con ella, el silencio.

Nunca más volvieron a verse con vida.

* * *

La luz del amanecer pintaba la orilla del Adriático con tonos de azul y dorado, un lienzo efímero que parecía creado para consolar lo que estaba por suceder. El mar respiraba lento, sus olas lamiendo la costa con una cadencia casi sagrada, como si comprendiera que la tragedia necesitaba belleza, un último refugio para el alma.

La arena, húmeda y fría, crujía bajo las rodillas de Ludovica, que estaba arrodillada, su figura frágil pero erguida, como una mártir enfrentando su destino. Llevaba un vestido blanco, sencillo, que el viento moldeaba contra su cuerpo, dibujando cada curva como una caricia final del mundo que dejaba atrás. Su cabello, suelto y agitado por la brisa salada, caía en mechones desordenados sobre sus hombros, un contraste con la serenidad de su rostro.

A su lado, Leonardo permanecía de pie, vestido de negro, su silueta recortada contra el horizonte como una sombra que no podía escapar del peso del destino. Sus manos, escondidas en los bolsillos, temblaban ligeramente, un secreto que solo el viento conocía. Su rostro, endurecido por años de obediencia, mostraba grietas: una mandíbula tensa, unos ojos que evitaban los de su hermana. La pistola en su cinturón era un recordatorio frío de lo que Vincent había ordenado, de lo que la familia Loza exigía.

Ludovica alzó la mirada hacia el horizonte, donde el sol apenas comenzaba a rozar el agua, tiñéndola de un rojo suave.

—Es hermoso —dijo, su voz suave, casi un susurro, como si hablara con el mar y no con el hombre a su lado—. Nunca me trajiste aquí cuando éramos niños.

Leonardo tragó saliva, el sonido perdido en el murmullo de las olas.

—No traigo a nadie aquí —respondió, su voz baja, cargada de una tristeza que no podía permitirse expresar. Este lugar, una playa olvidada en las afueras de Trieste, era su refugio secreto, donde solía escapar de la Casa Loza para escuchar el mar y fingir que era libre. Pero ahora, ese santuario estaba manchado, convertido en el escenario de su mayor traición.

Se miraron, no como enemigos, sino como dos fragmentos de una historia que solo podía terminar de una manera. En los ojos de Ludovica, Leonardo vio a la niña que corría tras él en los viñedos, que le curaba las heridas con manos gentiles, que soñaba con un mundo más allá de la familia. En los de Leonardo, Ludovica vio al hermano que había jurado protegerla, pero que ahora cargaba el peso de una orden que no podía desobedecer.

—¿Dónde está mamá? —preguntó ella, su voz apenas un murmullo, como si temiera la respuesta, pero necesitara escucharla.

Leonardo desvió la mirada hacia el mar, un instante de debilidad que le costó caro. Sus dedos se cerraron en puños dentro de los bolsillos, buscando la fuerza para pronunciar la verdad.

—Será ejecutada esta noche —dijo, las palabras cortando como vidrio

No dio explicaciones. Ludovica no las necesitaba. Había crecido en la Casa Loza, donde la traición, incluso por amor, se pagaba con sangre. Cerró los ojos, su rostro inmóvil, como si absorbiera el peso de la pérdida sin permitir que la quebrara. No lloró. Había aprendido, como todos los Loza, a guardar las lágrimas para la soledad.

—Lo lamento —dijo al cielo, su voz dirigida a Ángela, al mar, a un dios que nunca había respondido.

—Yo también —susurró Leonardo, tan bajo que apenas se escuchó. Por un instante, deseó ser el niño que corría con ella, libre de las cadenas de la familia. Pero ese niño había muerto mucho antes que Ludovica, aunque aún podía llorar.

Un silencio se extendió entre ellos, roto solo por el murmullo de las olas, que lamían la costa como una plegaria interminable. El viento llevaba el aroma salado del mar, mezclado con el leve perfume de jazmín que aún se aferraba al vestido de Ludovica, un eco de la Toscana que ambos habían amado.

—¿Y tú? —murmuró ella, abriendo los ojos para mirarlo, su voz serena pero cargada de una pregunta que no necesitaba respuesta—. ¿Qué vas a hacer conmigo?

Leonardo dio un paso hacia ella, su mano moviéndose lentamente hacia la pistola. Cada movimiento era una lucha contra sí mismo, contra el niño que aún vivía en algún rincón de su alma. Ludovica no apartó la mirada, no suplicó. Había elegido su camino, y lo enfrentaba con la misma valentía que había mostrado al amar a Ezio.

No escuchó el martillo del arma. No escuchó el disparo. La luz se desvaneció de golpe y su cuerpo cayó sobre la arena, inmóvil, como una muñeca rota. El mar, testigo silencioso, acarició sus heridas, las olas mezclándose con la sangre que teñía el vestido blanco.

El rugido del arma desgarró el corazón de Leonardo. Cayó de rodillas junto a su hermana, sus manos temblando sobre la arena, incapaces de tocarla. El viento le llevó el eco de su risa de niña, de sus pasos en los viñedos, de las noches en que le prometió protegerla. Ese día ambos murieron: Ludovica en la arena; Leonardo en el vacío que dejó su pérdida y que lo sumergiría para siempre en su propia oscuridad.