El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 27 Ludovica
82%

Capítulo 27 Ludovica

La puerta de roble tallado se cerró tras Ezio con un clic que resonó como el martillo de un arma, suave pero definitivo, sellando el destino de los tres en la penumbra de la sala. La Casa Loza, con sus muros de piedra antigua y sus tapices desteñidos por el tiempo, parecía contener el aliento, como si supiera que esta noche cambiaría todo. Una única vela ardía en el centro de la mesa, su llama titilando débilmente, proyectando sombras danzantes sobre el rostro de Ángela Loza.. Su mirada era una tormenta contenida, un torbellino de furia primaria y amor devastador que amenazaba con desbordarse, pero que ella, con la disciplina de una reina, mantenía bajo control.

—¿Lo sabías? —preguntó, su voz baja, casi un susurro, pero cargada de un peso que hizo que el aire se volviera más denso. No apartó los ojos de Ludovica, su hija, cuya figura menuda parecía desafiar la gravedad de la sala.

Ezio, de pie junto a Ludovica, se quedó inmóvil, como una estatua atrapada en el instante antes de la caída. Sus manos, curtidas por la lucha y el volante, se tensaron a los costados, pero no se movió. Sabía que cualquier gesto podía ser malinterpretado, y en la Casa Loza, los malentendidos se pagaban con sangre. Ludovica, en cambio, alzó la barbilla y sostuvo la mirada de su madre. Sus ojos, de un castaño cálido que contrastaba con la frialdad de Ángela, brillaban con una mezcla de miedo y determinación.

—Sí —respondió, su voz calma, casi serena, como si pronunciar la verdad fuera un acto de liberación. Para Ángela un acto de locura

El silencio que siguió fue tan pesado que pareció envolverlos a los tres, un abrazo frío que los unía y los separaba al mismo tiempo. Ángela se inclinó ligeramente hacia adelante, la luz de la vela reflejándose en sus pupilas como un incendio lejano.

—Vincent lo sabe también —dijo, dejando que cada palabra cayera como una piedra en un estanque quieto—. Ezio es un espía.

Hizo una pausa, permitiendo que el peso de la revelación se asentara. Ezio apretó los labios, pero no negó nada. Ludovica sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no por la acusación, sino por lo que implicaba. Vincent no era solo su tío; era el arquitecto de su mundo, un hombre cuya sombra se extendía más allá de los muros de la villa, un depredador que no toleraba traiciones.

—Perdí a tu padre cuando quiso que dejaramos todo esto atrás —continuó Ángela, su voz una muralla impenetrable, ajena al temblor del alma—. Soñó con criarlos lejos de estos muros, con darles una vida sin sangre ni reglas. Pero los sueños, Ludovica, no sobreviven en nuestro mundo. Esta noche, sin importar lo que ocurra, sé que también te perderé a ti.

Si le dolía, no lo mostraba. Su rostro era una máscara de mármol, esculpida por años de obediencia y sacrificio. Pero en el fondo de sus ojos, Ludovica vio un destello, un atisbo de humanidad que su madre rara vez permitía. ¿Era dolor? ¿Arrepentimiento? Era imposible creer que no sentía nada, pero también imposible saber cuánto la estaba desgarrando por dentro.

—Señora… —intentó Ezio, dando un paso adelante, su voz grave pero cautelosa, como quien camina sobre hielo quebradizo. Quería explicar, justificar, aunque sabía que las palabras eran inútiles en esta sala.

Ángela lo detuvo con un leve gesto de su mano, un movimiento tan preciso que parecía ensayado.

—Váyanse —sentenció, sin rabia ni compasión, como quien recita una verdad inmutable—. Cuando esta puerta se cierre, no volverá a abrirse. Si los atrapan, nos matarán a todos.

Sus palabras eran una condena, pero también una advertencia, un último acto de protección disfrazado de frialdad. Ludovica dio un paso hacia ella, su vestido de lino rozando el suelo de madera pulida.

—Mamá, no tienes por qué protegernos —susurró, su voz temblando no por miedo, sino por el peso de lo que estaba a punto de perder.

La respuesta fue una bofetada seca, un golpe que resonó en la sala como un trueno. Ludovica retrocedió, llevándose la mano a la mejilla, más sorprendida que herida. Pero antes de que pudiera reaccionar, Ángela la rodeó con los brazos, un abrazo desesperado que parecía querer detener el tiempo. El perfume de su madre —jazmín y tabaco— llenó sus sentidos, evocando recuerdos de una infancia que nunca fue amable, pero que alguna vez fue suya.

—Corre —le susurró Ángela al oído, su voz apenas un hilo, rota por una emoción que no podía permitirse mostrar—. Tan rápido como puedas.

Por un instante, los ojos de Ángela fueron humanos, llenos de un amor que no sabía cómo expresar sin dolor. Ludovica sintió las lágrimas arder en sus propios ojos, pero las contuvo. No era momento de quebrarse.

Ezio tomó la mano de Ludovica, sus dedos cálidos y firmes, un ancla en la tormenta. No hubo palabras de despedida. Salieron de la sala sin mirar atrás, dejando atrás la vela que aún ardía, su llama temblando como el corazón de Ángela.

Ella apagó la vela con un soplo suave, el humo elevándose en espirales hacia el techo. Se quedó sola, abrazada a la oscuridad, los muros de la Casa Loza absorbiendo su silencio. Esperó el eco inevitable del desenlace, sabiendo que, al dejarlos ir, había firmado su propia sentencia.

La puerta trasera de la Casa Loza se abrió con un crujido que rompió el silencio de la noche, como una exhalación contenida que liberaba a Ezio y Ludovica al mundo exterior. El jardín los recibió con un abrazo frío, el aire cargado de humedad y peligro, el cielo abrumado por un manto de estrellas que parecían observar su huida con indiferencia.

Los cipreses, altos y oscuros, flanqueaban el camino, sus sombras alargadas como dedos que intentaban retenerlos. Cruzaron el patio a toda velocidad, sus pasos resonando sobre la grava, pasando entre setos perfectamente podados que ocultaban secretos más antiguos que ellos mismos. Las estatuas de mármol, apenas visibles en la penumbra, parecían testigos de otro tiempo, dioses olvidados que juzgaban en silencio su desafío a la familia Loza.

Ezio corría delante, su figura atlética moviéndose con la precisión de un soldado, pero su mano nunca soltó la de Ludovica. Ella, con el vestido ondeando como una bandera rota, seguía su ritmo, el corazón latiendo no solo por la carrera, sino por la chispa de algo nuevo: la posibilidad de escapar, de ser libres, con la promesa de un futuro que querían reclamar.

Llegaron al garaje oculto tras un muro cubierto de enredaderas. Ezio abrió la puerta del Alfa Romeo negro, su carrocería reluciendo bajo la luz de la luna como un animal listo para la cacería. Se deslizó al volante, sus manos firmes, pero temblando apenas, no por miedo, sino por la furia de la adrenalina que corría por sus venas.

Ludovica se dejó caer en el asiento del copiloto, sujetándose al borde con dedos blancos, su respiración desbocada. No era miedo lo que sentía; era vida, pura y cruda, la certeza de que, por primera vez, podían lograrlo.

—¿A dónde vamos? —preguntó, su voz cortando el silencio del garaje, los ojos fijos en el retrovisor como si esperara ver a Vincent emergiendo de las sombras.

Ezio giró la llave y el motor rugió, un grito que desafiaba la quietud de la noche.

—Donde nadie se atreva a seguirnos —respondió, su voz una ráfaga, cargada de una determinación que ocultaba el terror de lo que dejaba atrás. No la miró, pero su mano buscó la de ella, un apretón breve que decía más que cualquier palabra.

El coche salió disparado, atravesando las puertas del garaje y adentrándose en las calles de Milán como una sombra fugaz. La ciudad parecía dormida, sus edificios barrocos y neones apagados observándolos desde la distancia. Ezio conducía con una precisión quirúrgica, tomando atajos que solo alguien con su pasado podía conocer: callejones estrechos, puentes olvidados, semáforos que ignoraba sin dudar. Había vivido otras vidas en estas calles, vidas de contrabando, de traiciones, de huidas. Pero esta vez era diferente. Esta vez llevaba a Ludovica, y eso lo cambiaba todo.

Se tomaron de la mano, sus dedos entrelazados como un pacto silencioso. Se miraron de reojo, y en esa mirada, su amor pulsó con una intensidad que desafiaba la lógica. Creyeron, por un instante, que habían logrado lo imposible. La libertad, al fin, estaba al alcance de sus manos, un horizonte que podían tocar si solo seguían corriendo.

Pero la ilusión se rompió cuando dejaron atrás el último túnel antes de la vía rápida. Un destello cegador los encandiló, las luces de otro vehículo cortando la oscuridad como un cuchillo. Ezio frenó en seco, los neumáticos chirriando contra el asfalto, un grito que desgarró la noche. El Alfa Romeo se detuvo en medio del camino, atrapado como un animal en una trampa.

Del auto negro que bloqueaba el paso descendió Vincent, su figura imponente envuelta en un abrigo largo y oscuro que ondeaba con el viento. Caminaba con la calma de quien ya ha decidido el destino de los demás, sus pasos deliberados, casi teatrales. Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios, no de alegría, sino de condescendencia, como si viera a dos niños jugando a escapar del mundo de los adultos. Detrás de él, una docena de hombres emergieron de las sombras, sus rostros duros y sus armas apenas visibles bajo las chaquetas.

—Nada pasa en Milán sin que yo lo sepa —dijo Vincent, su voz baja, sin necesidad de gritar, pero cargada de una autoridad que llenaba el aire de espinas—. Mucho menos esto.

Ezio salió del coche, su cuerpo tenso, pero sin levantar las manos. No tenía armas, solo la rabia que ardía en su pecho y el amor que lo había llevado hasta este momento. Ambas eran inútiles esta noche, y lo sabía. Ludovica intentó bajar, su puerta abriéndose con un chasquido, pero dos hombres la sujetaron antes de que pudiera dar un paso, sus manos como grilletes apretando sus brazos.

—¡Ezio! —gritó, su voz cruda, un alarido que no era solo miedo, sino la desesperación de ver su mundo desmoronarse.