16
H elena cruzó el jardín a las cinco menos cuarto, cuando ya no quedaba luz, con el abrigo claro abrochado y sin gorro, por el pasillo de nieve pisada entre los dos setos.
Maja la vio desde la ventana de la cocina.
No la había oído bajar ni ponerse las botas; la vio de pronto en el jardín, de espaldas, con la cuerda de Tomas a la altura de la cadera, andando hacia la casa de Britt con el paso de las fotografías.
Maja apoyó los dedos en el marco de la ventana. Tomas, que estaba en la mesa con el cuaderno, levantó la vista y la vio mirar, y no dijo nada tampoco.
Helena llegó al porche de Britt. Los esquís seguían apoyados en la pared, los tres pares.
Se detuvo un momento delante de la puerta, sin llamar, y Maja pensó que iba a volverse.
No se volvió. Levantó la mano y llamó dos veces, con los nudillos, y la puerta se abrió casi enseguida, como si Britt hubiera estado detrás.
La luz de la cocina de Britt cayó sobre el porche, sobre el abrigo, sobre los esquís. Helena entró. La puerta se cerró.
—Se lo has dicho tú —dijo Maja, sin volverse—. Lo de la orilla.
—No. —Tomas cerró el cuaderno—. No he dicho nada. Os vio desde arriba, esta tarde. Ha estado dos horas en la ventana del pasillo.
La ventana de la cocina de Britt daba al lago, no al jardín; desde donde estaba solo veía un rectángulo amarillo en la pared lateral y, a veces, un cambio en la luz, como cuando alguien pasa por delante de una lámpara. No se veían figuras. No se oía nada. Veinte metros de nieve y dos cristales.
Cuarenta años. Britt había estado en esa casa cuando nació Maja, con una cazuela, según contaba Helena cada cumpleaños.
Había estado en la orilla en 2001 con la linterna.
Había puesto flores en el embarcadero todos los eneros, había llorado en esa cocina, había cortado el pan.
Y desde mayo de 2019 había cruzado ese mismo pasillo entre los setos, con las mismas cazuelas, sabiendo.
Maja no pensó en lo que Helena estaría diciendo.
Pensó en lo que no se puede decir en veinte minutos, y en que Helena lo sabía y había ido de todos modos.
Tomas puso agua a hervir y volvió a la mesa. El agua hirvió. No la usó.
El móvil de Maja vibró una vez: Petra, para decir que el piso de Örebro estaba listo desde esa tarde, con la nevera llena y una cama pequeña añadida, y que Lovisa había dicho que lo miraría el miércoles, cuando fuera la fundación, y no antes.
Maja contestó «bien» sin apartar la vista del rectángulo amarillo.
Vibró otra vez: la secretaria de Sundell acusaba recibo de la segunda petición y no decía nada más. Maja no contestó a eso.
A las cinco y diez la luz de la casa de Britt cambió otra vez, y la puerta del porche se abrió, y Helena salió sola.
Se quedó un momento en el escalón, de cara al jardín, ajustándose el cuello del abrigo con las dos manos; miró hacia el lago, donde no había nada que ver a esa hora.
Luego bajó y volvió por el pasillo de nieve, con el mismo paso, sin mirar hacia la ventana desde la que Maja la veía.
Detrás de ella la puerta de Britt no se cerró enseguida.
Se quedó abierta unos segundos, con la luz saliendo al porche, y luego se cerró.
Maja se apartó de la ventana antes de que su madre llegara a la sauna. Se sentó frente a Tomas y abrió el portátil para tener algo abierto. Tomas volvió a su cuaderno. Los dos oyeron la puerta de la sauna, las botas contra el escalón, el cerrojo.
Helena entró, se sacudió las botas, colgó el abrigo en el perchero de hierro y pasó a la cocina. Tenía la cara como siempre. Fue al fregadero, se lavó las manos, las secó con el paño y lo dobló en tres.
—Cenamos a las siete —dijo—. Hay pescado.
—Vale.
Tomas dijo que él lo hacía. Helena dijo que no, que lo hacía ella, y él la dejó.
Cenaron a las siete los tres, en la mesa de la cocina, con el pescado y las patatas y un silencio que no era el de los últimos días.
Aquel había sido un silencio con bordes, en el que cada frase que Maja no decía se notaba.
Este era otro. Helena comía. Preguntó a Tomas si había llamado a la agencia para el vuelo.
Tomas dijo que sí, que el sábado a las diez.
Helena dijo que ella y Maja irían el domingo, en el de las cuatro, y que había reservado dos habitaciones en el hotel de la plaza, porque no pensaba dormir en el piso de Maja ni Maja iba a querer dormir en el suyo.
Maja dijo que bien. Helena dijo que el patronato era a las cinco y que a las cuatro y media quería estar en la sala.
—A las cuatro y media —dijo Maja.
—Sola. Tú entras a las cinco con los demás.
—De acuerdo.
—La investigadora me ha llamado esta tarde. —Helena lo dijo al plato—. Nadie vio a Elsa en el pueblo el martes. Ni en la tienda, ni en la gasolinera, ni en la iglesia. Han preguntado casa por casa. Nadie.
—Aparcó al otro lado.
—Ya lo sé dónde aparcó. —Helena dejó el tenedor—. Lo que digo es que nadie la vio. Que cruzó dos kilómetros de hielo para que nadie la viera, y lo consiguió. Eso es lo que digo.
Helena partió una patata con el tenedor.
—Y después del patronato hablaré con la prensa. Ya lo sabes. Te lo repito para que no te sorprenda.
—No me sorprende.
—Elin tiene la lista. Le he dicho que la traiga a Estocolmo.
—Elin trabaja para la fundación.
—Y yo la presido.
Tomas se sirvió agua. Maja partió una patata con el tenedor.
No preguntó. Tenía la pregunta en la boca desde las cinco y diez, y la tuvo durante toda la cena, y durante los platos, y cuando Helena subió a las nueve, sin evitar el tercer peldaño, seguía teniéndola.
Qué le has dicho. Qué te ha dicho. Si Britt había contado lo del mercado y la persiana verde, lo del perro y el congelador, lo de «ni Maja».
Si Helena había preguntado. Si había gritado, o si había hecho lo que hacía cuando gritar no servía, que era hablar más bajo.
No preguntó porque sabía que Helena no contestaría, y porque sabía algo peor: que si contestaba, sería para decir que aquello era entre ella y Britt, y que Maja, que había escrito la regla, era la última persona de la casa con derecho a saberlo.
Recogió los platos. Tomas los secó. Cuando terminaron, él se quedó en la puerta de la cocina con el paño en la mano.
—¿Estás bien?
—No.
—Ya. —Dobló el paño y lo colgó—. Me voy el sábado. Si quieres que me quede hasta el domingo y vaya con vosotras, me quedo.
—No. Vete el sábado.
—Vale.
Se fue al salón. Maja apagó la luz de la cocina y se quedó un momento en la oscuridad, junto a la ventana, mirando la pared lateral de la casa de Britt. El rectángulo amarillo seguía allí. Britt no había apagado.
Había tres personas en aquella orilla que sabían cosas que ella no sabía: Britt, que sabía lo que Elsa había dicho fuera del protocolo; Helena, que ahora sabía lo que Britt le había dicho a ella; y Elsa, que se lo había llevado todo bajo el hielo.
Maja sabía las fechas, los códigos, las llaves, la letra de los informes.
Sabía todo lo que cabía en un expediente.
Lo que no cabía se lo estaban diciendo unas a otras a veinte metros, con la puerta cerrada, y ella estaba en la ventana.
Subió a acostarse. Al pasar por la puerta de la habitación de Elsa vio que había luz por debajo. No llamó.