El secreto bajo el hielo 14
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Sundell contestó ella misma.

—Nyberg.

—Tengo una brecha activa en la fundación —dijo Maja, sin preámbulo, porque con Sundell no hacía falta y porque el preámbulo se lo había dejado en una cocina de Gävle—.

Tres mujeres localizadas por sus denunciantes desde noviembre.

Karlstad, Umeå, Gävle. Vikander le habrá pasado las dos primeras el viernes; las escribió mi hermana en sus informes.

La tercera la he visto esta mañana. Tiene una carta.

Un folio con su nombre, su ciudad y su sector de trabajo, sin firma, con matasellos de Estocolmo del cuatro de diciembre, enviado al hombre que la denunció.

Lo tengo en una bolsa en el asiento de al lado.

Silencio de escritura.

—¿Y la cuarta?

—Hay una cuarta en los informes de diciembre. Örebro. Riesgo alto. Mi hermana pidió que se revisara de inmediato. No sé si la han encontrado. No sé si la han buscado.

—¿Qué me pide?

—Tres cosas. Que la policía contacte hoy con las cuatro y les ofrezca lo que se les pueda ofrecer.

Que alguien investigue quién manda esos folios, porque los tres datos que llevan solo están juntos dentro de la fundación.

Y que las otras treinta y ocho personas del libro no salgan de ese libro mientras se investiga.

Se lo pedí por escrito la semana pasada para el libro entero.

Se lo vuelvo a pedir hoy con cuatro nombres nuevos.

—Ya me lo pidió. No le he pedido el libro entero. —Sundell lo dijo sin acritud, como quien corrige una fecha—. Lo de la señora de Gävle: déjelo hoy en la comisaría de Gävle, con su nombre y con el de ella, y que le den recibo. Ellos me lo mandan. No lo traiga a Luleå en el coche.

—Voy ahora.

—Lo del delito de datos lo pongo en marcha hoy. Es distinto de lo de su hermana y lo lleva gente distinta, pero pasa por mi mesa. La policía llamará a las cuatro. A las de Karlstad y Umeå ya las conocemos por los informes; a la de Örebro necesito el nombre completo.

—Lo tiene Britt Lindqvist. Está en el libro, con su código.

—El libro está precintado.

—Britt lo tiene en la cabeza.

Un segundo.

—Que Britt Lindqvist llame a mi despacho hoy y dé ese nombre a mi secretaria, con el código.

Nada más. Y que no llame ella a esa mujer.

Primero nosotros. Si la fundación llega antes que la policía, la mujer sabrá que la fundación tiene un problema, y no sabrá cuál, y hará lo que hacen las personas asustadas, que es lo contrario de lo que les conviene.

—Se lo digo.

—Otra cosa, Nyberg. —La voz de Sundell no cambió—. Usted dirige una fundación con un problema y una familia con otro. Cuando me llame, dígame desde cuál me llama.

—Desde la fundación.

—Bien. Deje la carta en Gävle.

Colgó. Las escobillas siguieron con lo suyo.

Llamó a Britt. Britt contestó al primer tono, como si tuviera el teléfono en la mano.

—Örebro —dijo Maja—. La de diciembre. Lovisa.

—Lovisa Ek.

—La fiscal quiere el nombre completo y el código hoy, por teléfono, a su secretaria. Tú. Y no la llames. Primero la policía.

—La policía tardará dos días.

—Hoy.

—Maja, esa mujer tiene una niña y un salón de peluquería y un hombre que sabe leer. Si le llega un folio como el de Gävle…

—Por eso hoy. Por la fiscal, no por nosotras.

Britt calló. Maja oyó el reloj de la cocina de Britt, que sonaba distinto del suyo.

—Llamo a la fiscal —dijo Britt—. Y luego a Petra, para que tenga el piso preparado si la mujer lo quiere. Eso puedo.

—Eso puedes.

—¿Y yo? ¿Sigo siendo la gestora?

Estaba a cuarenta kilómetros de Gävle y a doscientos de una respuesta que no iba a dar por teléfono.

—El jueves estoy ahí —dijo—. Hablamos el jueves.

La comisaría de Gävle era un edificio bajo de ladrillo junto al río.

Un agente joven le tomó la bolsa, la fecha, la hora, el nombre de Anneli Berg y el suyo, y le dio un recibo impreso que Maja dobló y guardó en la agenda, en la página del 42.

Antes de que ella dijera de dónde venía, el agente ya sabía de qué se trataba: Luleå había llamado.

Tardó veinte minutos, y quince fueron de esperar a que la impresora quisiera imprimir.

Cuando salió, el coche tenía otra capa de nieve.

El lunes por la noche, en el piso, escribió la segunda petición.

Una página: los cuatro nombres, los cuatro códigos, las tres cartas de las que tenía noticia y la que temía, y la misma frase del jueves anterior sobre las treinta y ocho personas restantes, con una línea más: que la fundación pedía que ninguna consulta del libro, si se autorizaba, se hiciera sin que constara quién, cuándo y para qué.

Ingrid la leyó por teléfono a las once de la noche, cambió dos palabras y dijo que la mandara. La mandó a las once y diez.

El martes fue de sede. Contestó a los dos patronos, uno por teléfono y otro en persona, y a los dos les dijo lo mismo: que la fundación había verificado a Elsa Nyberg en 2019 conforme al protocolo aprobado por ese patronato, que lo había comunicado a la fiscalía, y que el lunes siguiente, en la reunión convocada por la presidenta, les daría todos los detalles que la investigación permitiera.

Ninguno de los dos preguntó por el protocolo; los dos preguntaron por Helena.

Maja dijo que Helena estaba en el lago y que hablaría por sí misma.

Elin subió a las cinco con una propuesta de comunicado de tres páginas y Maja le devolvió una de media, sin fecha, con una sola frase nueva: que la fundación colaboraba con la fiscalía en una investigación relativa a su sistema de protección de identidades y que no haría más comentarios hasta que la fiscalía lo permitiera.

—¿Qué investigación? —preguntó Elin.

—La que dice ahí.

—La gente va a pensar lo peor.

—La gente va a pensar lo que piense. Lo que no va a hacer es leer un nombre que no tiene que leer porque nosotras hemos dicho de más.

Elin se llevó la media página sin decir nada más.

Tomas llamó a las siete desde el lago. Helena había pedido a la investigadora, por teléfono, que le dijera si alguien había visto a Elsa en el pueblo el martes trece, y Vikander le había dicho que estaban en ello.

Helena había cenado. Helena había preguntado si Britt seguía en su casa.

Tomas no había dicho ni que sí ni que no.

—Ayer un fotógrafo llegó hasta el jardín por detrás —añadió, como de paso—. He puesto una cuerda en los setos. No sirve de nada, pero se ve.

—Bien.

El miércoles, a las once, Vikander la llamó a la sede.

—Ha llegado lo primero de España —dijo—. Poco. Se lo leo tal cual y no le añado nada, porque no sé más de lo que hay aquí.

—Léalo.

—Elsa Nyberg consta con residencia en la isla de Gran Canaria desde febrero de 2001. Alta laboral en un hotel del sur de la isla, de gestión sueca, de marzo de 2001 a abril de 2004. Después de 2004 no hay nada todavía; lo han pedido aparte. Es todo lo que dice.

Maja apuntó las dos fechas. Febrero de 2001: cinco semanas después de la orilla. Un hotel sueco en el sur de la isla.

—Gracias.

—Se lo digo porque me lo pidió. No es mío ni lo entiendo. Cuando llegue lo demás, se lo leo igual.

Colgó. Maja se quedó con el bolígrafo sobre la agenda.

Había dado por supuesto, sin pensarlo, que su hermana se había escondido.

Era lo que hacía la gente que se iba: esconderse, cambiar de nombre, evitar a los suyos.

Y su hermana había ido, a las cinco semanas, a un hotel de suecos, a recibir suecos en la recepción, a hablar sueco de ocho a cuatro con gente que leía periódicos suecos en la piscina, con su retrato de diecinueve años en la primera página de esos periódicos durante todo aquel invierno.

No se había escondido de los suecos. Se había escondido de una casa.

No sabía qué hacer con eso. Lo escribió en la agenda, debajo de las fechas, y lo tachó, porque no era un dato.

Esa tarde llamó Sundell, breve. La policía había hablado con las cuatro.

La de Karlstad se había ido de la ciudad por su cuenta en noviembre y no quería nada.

La de Umeå no quería nada tampoco, y lo había dicho de una manera que Sundell no repitió.

Anneli Berg había confirmado la carta y el recibo.

Lovisa Ek había contestado al teléfono en su salón, había escuchado, había preguntado dos cosas, y había dicho que quería hablar con la fundación, no con la policía, y que no pensaba mudarse.

—Le he dicho que la fundación la llamaría —dijo Sundell—. No le he prometido cuándo.

—La semana que viene. Después del patronato.

—Antes, si puede.

—Antes.

—Ha preguntado dos cosas —añadió Sundell, antes de colgar—. Si su hermana era la mujer que la visitó en 2021. Y si la fundación sabía quién había mandado el papel. A lo primero no le he contestado. A lo segundo le he dicho que no.

—Es verdad.

—Ya lo sé. Se lo digo para que sepa qué le va a preguntar a usted.

Colgó y miró el calendario de la pared, que Elin cambiaba cada mes y que ese enero tenía una fotografía del lago tomada en verano, con la casa al fondo. El jueves, Luleå. Britt. El lunes, el patronato. El martes o el miércoles, Örebro, una mujer con una niña y un salón que no pensaba mudarse.

Sacó el móvil y reservó el vuelo del jueves. Había cosas que a Britt no se le decían por teléfono, y una de ellas era que dejaba de ser la gestora del protocolo que llevaba ocho años guardando.