Capítulo 70
CAPÍTULO
SETENTA
L a lluvia goteaba desde el dosel de hojas sobre su cabeza, salpicando suavemente junto a sus pies.
Estaba rodeado de oscuridad, situado en medio de un pequeño sendero en el bosque, en el mismo lugar donde Clementine Miller y las otras tres chicas se habían parado, en el límite del jardín de Michael Edwards unas semanas antes.
Intentó imaginar lo que habían hecho, cómo se habían sentido.
Animalescas, supuso. Una mezcla de furia, deseo y adrenalina.
Las imaginó escalando las zarzas, arrastrándose por la hierba, luego irrumpiendo y caminando de puntillas por la casa, tranquilas, silenciosas, decididas.
Y después el frenético, brutal y salvaje asesinato. De un extremo al otro.
Enmascaradas por la oscuridad y la tormenta eléctrica de arriba.
Tomek miró hacia el cielo. Pequeñas gotas de lluvia aterrizaron en su cara y en sus ojos. En el resplandor ambiental proveniente de la casa de los vecinos de Michael Edwards, vio las nubes gris oscuro que flotaban por encima.
Zeus estaba enfadado al parecer.
Tomek se rio. Ese imbécil creía que era un dios griego, que podía controlar el clima. Pero sí había controlado a Kasia. Y a Yasmin. Y a Clementine. Y a todo un escuadrón de mujeres y chicas similares con la misma mentalidad .
Era un hombre peligroso, y por eso necesitaba ser detenido.
Tomek había pensado en pedir refuerzos, que Nick o Sean bajaran con él para actuar como matones.
Pero quería pasar un tiempo a solas con Zachary.
Quería enfrentarse cara a cara con el hombre que había lavado el cerebro y secuestrado a su hija.
Quería ver al hombre suplicar por su vida frente a él, frente al lugar exacto donde había ordenado a sus Arpías matar a Michael Edwards.
Tomek salió de su ensimismamiento al oír el sonido de hojas y ramitas moviéndose bajo unos pies.
Y entonces escuchó los sonidos de risitas, de carcajadas salvajes y risas ahogadas.
Se giró hacia el sonido. Se quedó helado.
Se dio cuenta de que había cometido un error de juicio monumental.
Frente a él no estaban Zachary o Kasia, como había esperado. En su lugar, había diez chicas. Diez mujeres veinteañeras a las que no reconocía. Todas vestidas con los mismos vestidos blancos, su pelo rubio recogido en coletas. Y cada una llevaba una pistola eléctrica.
Sin cuchillos, sin armas.
Así que no estaban allí para matarle.
—¡Hola, demonio! —chilló una de las chicas mientras un trueno retumbaba a unos kilómetros de distancia.
—¡Satán! —gritó otra.
—¡Lucifer!
Las chicas comenzaron a emitir chillidos, siseos y ruidos de animales salvajes hacia él.
—Es hora de que vengas con nosotras —añadió la primera, calmando a las demás con un puño en alto.
Tomek examinó a cada hermana Arpía. Mirando sus rostros amenazantes. Las pistolas Taser en sus manos.
—No eres rival para nosotras —continuó la primera—. Esta vez no nos eludirás.
Levantó el brazo. El resto de las Arpías la imitaron y, de inmediato, diez puntos rojos apuntaban a varios puntos del cuerpo de Tomek.
En poco tiempo, la lluvia había aumentado y ahora caía desde arriba a un ritmo alarmante. Su pelo estaba empapado, su ropa completamente mojada.
Pero esa era la menor de sus preocupaciones.
Porque esto iba a doler una barbaridad.