EL SALÓN DE LOS ECOS PRIMERA PARTE (Cuentos, Teatro y Literatura Escénica nº 3) Capítulo 11 — La risa de los niños invisibles #2
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Capítulo 11 — La risa de los niños invisibles #2

Un niño de ocho años, tal vez el propio Nadrin, aunque Alira no podía verlo con total claridad, corría detrás de una rueda metálica por una calle baja.

Otros niños lo seguían. Alguien había dibujado con tiza un circuito imposible lleno de curvas, túneles imaginarios y obstáculos.

Cada vez que la rueda caía, todos fingían que había ocurrido un desastre monumental.

—¡Se ha hundido el palacio de los relojeros!

—¡Salvad al pez del alcalde!

—¡La reina del charco exige otra carrera!

La risa era plena.

Nadrin retiró la mano con rapidez.

Alira no habló.

Él miró el cristal como si lo hubiera traicionado.

—Yo no recordaba eso.

—¿No?

—Recordaba el hambre. Los guardias. Las goteras. La noche en que mi madre no volvió a tiempo. Recordaba las burlas del centro. Recordaba los inviernos.

—También estaba esto.

—No uses eso para equilibrar lo otro.

—No lo haré.

—No digas que, como también reíamos, entonces no fue tan grave.

—No lo diré.

Nadrin respiró con fuerza.

—Porque eso es lo que hacen muchas personas. Encuentran una risa en medio de una ruina y la usan para perdonarse por la ruina.

Alira sintió que aquella frase debía quedar escrita.

Selbia ya lo estaba haciendo.

Nadrin lo vio.

Esta vez no se quejó.

—Pero tampoco quiero perderlo —añadió él en voz más baja.

Alira lo miró.

—¿La risa?

—Sí.

El cristal plateado respondió con una luz tenue.

Nadrin volvió a tocarlo.

La imagen de la rueda regresó. El niño que tal vez era él tropezaba, caía, se manchaba la cara con barro mineral y permanecía un segundo muy serio. Luego se levantaba con solemnidad y anunciaba:

—El rey ha sobrevivido, pero exige pan.

Los otros niños gritaban de risa.

Esta vez Nadrin no retiró la mano.

—Ese era yo —dijo.

No había orgullo en la frase.

Tampoco vergüenza.

Había asombro.

Como si acabara de recuperar una prueba de que su infancia no había sido solo daño.

Alira comprendió entonces otra cosa: recordar la alegría no negaba la injusticia.

A veces impedía que la injusticia se apropiara de toda la memoria.

Si Vitrium había fallado al no mirar la pobreza, también habría fallado al reducir a esos niños únicamente a pobres.

Eran niños. Habían sufrido, sí. Pero también habían inventado, reído, cantado, amado, competido, soñado y dado nombres absurdos a los charcos.

La dignidad exigía recordar ambas cosas sin usar una contra la otra.

Selbia leyó en voz alta lo que acababa de escribir:

La risa no absuelve la carencia. La carencia no cancela la risa. Ambas deberán ser recordadas sin que una sea usada para ocultar la otra.

El corredor entero se iluminó.

Los cristales plateados comenzaron a cantar.

No con voces humanas.

Con el sonido de muchas risas antiguas entrando por fin en relación.

Nadrin apartó la mano del cristal y bajó la cabeza. No lloró. Pero Alira vio cómo sus dedos se cerraban sobre la manga, como si intentara sujetar una parte recuperada de sí mismo antes de que volviera a perderse.

—Mi madre conocía esas canciones —dijo.

—¿Las de los tubos?

—Las de los tubos, las de las ruedas, las de las goteras. Decía que en el barrio exterior un niño podía hacer una orquesta con cualquier cosa menos con la indiferencia. La indiferencia no suena.

Alira repitió la frase en silencio.

La indiferencia no suena.

Quizá por eso los cristales de los niños invisibles habían dormido tanto tiempo. No porque sus risas no existieran. No porque fueran débiles. Sino porque la indiferencia de la ciudad había creado alrededor de ellas una zona sin escucha.

—Tenemos que salir —dijo Nadrin.

—¿Adónde?

—Al barrio exterior.

—¿Ahora?

—Esas risas no deben quedarse aquí dentro. Si el Salón las devuelve solo como luz, el centro vendrá a mirarlas, dirá que son conmovedoras y luego volverá a sus casas.

Alira comprendió.

—Hay que devolverlas a quienes pertenecen.

—Y a quienes las heredaron.

Selbia cerró la lámina.

—El Salón puede proyectar una resonancia pública si el Cristal Mayor lo autoriza.

Nadrin la miró con desconfianza.

—¿Resonancia pública?

—Una devolución visible en el lugar de origen de la emoción.

—¿Y por qué no lo hizo antes?

Selbia sostuvo su mirada.

—Porque los guardianes no lo pidieron.

La respuesta era simple.

Y terrible.

El corredor de las risas bajó su brillo durante un instante, como si hubiera recibido por fin una confesión necesaria.

Alira se dirigió al círculo central. El Cristal Mayor permanecía agrietado, con la opacidad reducida pero todavía viva. Las luces verde, roja y ámbar de los ecos anteriores iluminaban parte de la fractura. Ahora, desde el ala norte, llegaban destellos plateados.

Alira apoyó la mano sobre el cristal.

—No queremos guardar estas risas como adorno —dijo—. Queremos devolverlas a su lugar.

El Cristal Mayor vibró.

La grieta se iluminó con una línea plateada.

Durante un instante, el rostro de Sira apareció muy débilmente en la superficie. No habló. Solo miró hacia Nadrin. Él inclinó la cabeza, apenas.

Después, la luz plateada salió del Cristal Mayor y atravesó los pasillos hacia el exterior.

Vitrium la vio.

Ya no era una sola línea como la promesa verde ni una gota pesada como el perdón ámbar.

Era una nube de chispas plateadas, rápida, juguetona, imposible de contener.

Salió por el muro sin puertas, cruzó la plaza central, rodeó la Fuente de las Siete Gotas y empezó a descender hacia los barrios bajos.

Los niños fueron los primeros en seguirla.

Siempre lo eran.

Algunos dejaron sus cuadernos. Otros soltaron las manos de sus madres.

Otros salieron de los talleres donde ayudaban a ordenar piezas.

Los adultos intentaron llamarlos, pero las chispas plateadas ya habían empezado a reír, y no hay orden adulta capaz de competir con una risa antigua que conoce el camino de vuelta.

Alira, Nadrin y Selbia siguieron la nube.

Al pasar por el puente de Lúmina, las cintas rojas y verdes atadas a la baranda se movieron sin viento.

Algunas risas se enredaron entre ellas, como si Elia y Mara también hubieran jugado alguna vez antes de la separación.

Alira sintió que los ecos no regresaban aislados.

Cada voz antigua tocaba a las demás. La promesa abría paso al perdón.

El perdón permitía la risa. La risa recordaba canciones.

Las canciones quizá despertarían algo más profundo.

Al llegar al barrio exterior, la nube plateada se dispersó por varias calles.

La gente salió a las puertas.

Nadrin caminaba cada vez más despacio.

Aquello ya no era una misión para él. Era una invasión íntima. Su propia infancia, la de sus vecinos, la de niños muertos o envejecidos, la de juegos que nadie había registrado, empezaba a proyectarse sobre paredes, suelos, conductos y plazas.

En la primera calle, las chispas mostraron la carrera de la rueda.

Varios adultos reconocieron el juego.

Un hombre soltó una carcajada.

—¡El palacio de los relojeros!

Una mujer mayor se cubrió la boca.

—Mi hermano jugaba a eso.

Dos niños actuales miraron la escena con fascinación. Uno de ellos tomó una tapa redonda de un cubo y la hizo rodar. El otro gritó:

—¡Salvad al pez del alcalde!

La risa antigua y la risa presente se tocaron.

El aire se llenó de luz plateada.

En la segunda calle, los tubos de los conductos comenzaron a sonar solos. Primero uno grave. Luego otro hueco. Después una botella estriada vibró contra la pared. Una melodía irregular, nacida de objetos pobres y manos inteligentes, volvió a recorrer el barrio.

Un anciano salió apoyado en dos bastones.

—Esa canción la tocaba Rima —dijo.

—¿Quién era Rima? —preguntó Selbia.

—Una niña que hacía música con todo. Decían que no tenía instrumento. Mentira. Tenía oído.

La luz plateada rodeó al anciano.

Selbia escribió el nombre.

Rima.

Al hacerlo, un cristal del Salón respondió desde la distancia.

Un nombre recuperado.

En la tercera calle, sobre una pared húmeda, aparecieron sombras de manos formando criaturas.

Los niños actuales se acercaron y empezaron a imitarlas.

Un adulto intentó decirles que no tocaran la pared sucia, pero se detuvo antes de terminar la frase.

Miró a Alira, luego a Nadrin, luego a los niños.

Bajó la mano.

A veces la reparación empezaba así.

No con discursos.

Con una interrupción que no se produce.

Nadrin observaba todo en silencio.

Alira se acercó.

—¿Estás bien?

—No hagas preguntas imposibles.

—Tienes razón.

—No estoy mal.

—Eso ya es algo.

Él miró a unos niños que jugaban con la tapa redonda.

—Pensé que si recordaba las risas, traicionaría lo que nos faltó.

—No.

—Ahora lo sé. Pero saberlo no lo hace sencillo.

—No.

—Mi madre se reía mucho.

Alira guardó silencio.

—A veces me enfadaba con ese recuerdo —continuó Nadrin—. Me parecía injusto que pudiera recordar su risa cuando había tantas cosas por las que debía llorarla.

—Quizá la risa también era parte de lo que no querías perder.

Nadrin no respondió.

Una chispa plateada se posó sobre su hombro.

Él la miró de reojo.

—No empieces.

La chispa saltó hacia su muñeca y encendió los fragmentos de espejo.

Durante un instante, cada fragmento reflejó una risa distinta de su infancia.

La rueda. La olla-corona. Los tubos. Las sombras.

Una niña robándole una manzana y devolviéndole la mitad.

Sira riendo mientras intentaba arreglar una lámpara que parpadeaba a propósito, como si también quisiera participar del juego.

Nadrin cerró los ojos.

Cuando los abrió, no parecía menos herido.

Pero sí menos solo dentro de su herida.

Selbia se acercó a una pequeña plaza donde las chispas se habían reunido. Allí no había monumento, ni fuente, ni placa. Solo un espacio irregular entre tres edificios, con suelo gastado y conductos visibles. La nube plateada comenzó a girar sobre el centro.

—Aquí hubo fiestas —dijo Alira.

Nadrin asintió.

—Las fiestas sin permiso.

—¿Qué eran?

—Cuando alguien cumplía años y no había dinero para nada. Cuando una familia recibía una buena noticia. Cuando un niño aprendía a silbar. Cuando dejaba de llover dentro de una casa. Cualquier cosa servía.

—¿Y por qué sin permiso?