3
La niña mayor era llevada hacia el distrito central.
La pequeña permanecía al otro lado del puente, sujetando la cinta roja que la mayor había logrado atarle a la muñeca antes de separarse.
La pequeña intentaba correr tras ella, pero una mujer la sujetaba por los hombros.
No con crueldad. Con desesperación. Tal vez su madre.
Tal vez una vecina. Tal vez alguien que sabía que cruzar en ese momento era imposible.
El puente se cerraba.
No con una puerta.
Con una orden.
Alira sintió cómo la promesa se estiraba entre ambas orillas.
No se rompía.
Se quedaba suspendida.
Durante años.
Durante generaciones.
Hasta ese amanecer.
La visión desapareció.
Selbia estaba pálida.
—Eran hermanas —dijo Alira.
—Quizá.
—No. Lo eran. El Salón no me dio sus nombres, pero sí el vínculo.
La luz verde se dividió de nuevo.
Un hilo apuntaba hacia el distrito central.
Otro hacia los barrios exteriores.
El tercero descendía hacia el canal, como si buscara algo bajo el agua.
Alira se puso de pie.
—La promesa no sabe cuál de las dos sobrevivió.
Selbia miró los tres hilos.
—O quizá busca tres cosas: quien prometió, quien esperó y el objeto que conservó la unión.
—La cinta roja.
—Es posible.
Un grupo de personas se había reunido en ambos extremos del puente. Nadie se atrevía a acercarse demasiado. Entre ellos apareció Nadrin, empujando su carro de espejos rotos. Tenía el rostro serio y los ojos clavados en la luz verde.
—Podrías haber avisado —dijo al llegar.
—No sabía que iba a salir del Salón.
—Eso empieza a ser una frase habitual en tu oficio.
Selbia observó al muchacho con incomodidad.
Nadrin la miró.
—Tranquila. Hoy intentaré no romper ningún protocolo que no se haya roto solo antes.
Alira señaló los hilos de luz.
—La promesa se divide. Uno va hacia el centro, otro hacia el barrio exterior y otro hacia el canal.
Nadrin se inclinó sobre el borde del puente.
—El canal bajo Lúmina conecta con los depósitos viejos.
—¿Podría haber conservado algo?
—El agua conserva más de lo que la gente del centro cree. Sobre todo lo que cae cuando nadie quiere recogerlo.
—La cinta roja —dijo Selbia.
Nadrin la miró.
—¿Qué cinta?
Alira le contó la visión.
Él escuchó sin interrumpir. Al terminar, su expresión había cambiado.
—Mi madre cantaba una canción sobre una niña con una cinta roja.
Selbia dio un paso hacia él.
—¿Recuerdas la letra?
—Fragmentos.
—Necesitamos oírlos.
Nadrin soltó una sonrisa amarga.
—Hace tres días me habríais pedido que rellenara una solicitud para cantar.
—Nadrin —dijo Alira.
Él suspiró.
Miró la luz verde sobre el puente.
Después cantó.
No tenía una voz hermosa en el sentido común de Vitrium. No era pulida, ni clara, ni educada por maestros de canto. Era una voz áspera, de mercado, una voz que había aprendido a defenderse antes que a adornarse. Pero llevaba dentro algo que el Salón reconoció de inmediato.
Verdad.
La melodía era sencilla:
Niña del hilo encendido,
no sueltes la luz del brazo,
si el puente cierra su boca,
yo volveré por tus pasos.
La luz verde se intensificó.
Bajo el puente, el agua del canal empezó a brillar.
La gente reunida murmuró.
Selbia llevó una mano a la boca.
Alira sintió que la promesa, la canción y la memoria del agua acababan de tocarse.
Nadrin dejó de cantar.
—Eso es todo lo que recuerdo.
—No —dijo Alira—. Eso es lo primero que ha regresado.
El hilo que descendía hacia el canal se hundió en el agua.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, desde el fondo, subió una pequeña burbuja de luz roja.
No era la cinta.
Era su memoria.
El agua devolvió la imagen de una cinta roja atrapada durante años entre piedras transparentes, deshaciéndose poco a poco, pero dejando en el canal una huella de color que ninguna limpieza había borrado del todo.
La promesa encontró el rastro.
La luz verde y la luz roja se entrelazaron.
Y entonces, desde algún lugar lejano del Salón, llegó una respuesta.
No la voz de la niña mayor.
No todavía.
La voz de la pequeña.
Esperé.
Una sola palabra.
Esperé.
Alira sintió que el puente entero vibraba.
Nadrin bajó la mirada.
Selbia empezó a llorar en silencio.
La multitud no entendía todo, pero entendía lo suficiente: algo antiguo, algo infantil, algo que la ciudad había convertido en expediente, división temporal o necesidad de organización, estaba regresando como verdad viva.
Alira cerró los ojos.
Comprendió entonces que la recuperación de Sira había abierto una corriente que nadie podría cerrar sin volver a romper el Salón. Las voces antiguas no regresaban para adornar la memoria de Vitrium. Regresaban para completar lo interrumpido.
Promesas.
Perdones.
Risas.
Canciones.
Todo aquello que la ciudad había tratado como pequeño, secundario o inconveniente volvía ahora con una luz que atravesaba muros, registros y generaciones.
La línea verde se elevó desde el puente y volvió a dividirse.
Un hilo permaneció junto a Alira.
Otro rodeó la muñeca de Nadrin.
El tercero avanzó hacia los barrios exteriores.
—Quiere que sigamos —dijo él.
—Sí.
—¿Al barrio exterior?
—Sí.
Nadrin miró a Selbia.
—Allí vuestros títulos brillan menos.
La guardiana de registros se secó las lágrimas.
—Entonces será más fácil ver.
Nadrin la observó, sorprendido.
—Eso ha sonado casi decente.
—No sé si tomarlo como elogio.
—No lo hagas todavía.
Alira miró hacia el barrio exterior.
La luz verde avanzaba por las calles como una promesa que, después de muchos años, había recordado que todavía tenía camino.
Detrás de ellos, en el puente de Lúmina, la gente permanecía en silencio.
No un silencio de negación.
Un silencio de escucha.
Y bajo el agua clara, donde la cinta roja había dejado su huella, una pequeña canción empezó a sonar sin voz:
Niña del hilo encendido,
no sueltes la luz del brazo...
El primer eco antiguo había regresado.
Y con él, la certeza de que el Salón ya no estaba despertando solo cristales.
Estaba despertando deudas.
Estaba despertando vínculos.
Estaba despertando promesas que la ciudad había dejado demasiado tiempo al otro lado del puente.
Alira siguió la luz verde.
Nadrin caminó a su lado.
Selbia los acompañó con la lámina de registro abierta, dispuesta por primera vez no a clasificar una verdad desde lejos, sino a caminar detrás de ella.
En lo alto, las torres de Vitrium reflejaban el amanecer.
Pero el brillo de aquella mañana no venía de las torres.
Venía de una promesa pronunciada por una niña muchos años atrás.
Volveré a buscarte.
Y el Salón, al fin, había empezado a buscar.