EL SALÓN DE LOS ECOS PRIMERA PARTE (Cuentos, Teatro y Literatura Escénica nº 3) 2
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Entonces dijo la frase.

Volveré a buscarte.

El cristal verde brilló con más intensidad.

Alira sintió que las palabras no eran un consuelo improvisado. La niña mayor las dijo con toda la verdad que cabía en su edad. No sabía cómo volvería. No sabía cuándo. No sabía si los adultos se lo permitirían. Pero en aquel instante, su alma entera se convirtió en promesa.

La imagen se quebró.

Alira abrió los ojos.

Estaba de nuevo en el corredor del Salón. El cristal ovalado seguía brillando, pero la luz verde ya no estaba quieta. Había salido de él y se dividía en tres hilos que avanzaban en direcciones distintas.

—No sabes a quién buscar —murmuró Alira.

La promesa había despertado.

Pero no sabía dónde encontrar su destino.

La joven retrocedió hasta el corredor central y corrió hacia la sala de registros.

Necesitaba a Selbia. Necesitaba los archivos antiguos.

Necesitaba saber si Vitrium había vivido una separación de niños junto al puente de Lúmina, una crisis en los primeros tiempos, una promesa interrumpida que había permanecido siglos sin cumplimiento.

Al llegar a la sala circular, encontró a Maeron.

El anciano estaba solo, sentado ante una mesa de vidrio, con varias láminas extendidas a su alrededor. Parecía no haber dormido. Sus ojos estaban hundidos y el bastón de cristal negro descansaba a su lado, como si incluso él hubiera perdido autoridad durante la noche.

Al ver a Alira, no preguntó por qué corría.

—Ha despertado algo.

—Sí.

—¿Antiguo?

—Muy antiguo.

Maeron cerró los ojos un instante.

—Era cuestión de tiempo.

Alira se acercó.

—Un cristal del ala norte despertó sin que lo tocara. La luz viajó por varios pasillos y llegó a un corredor que mi abuela llamaba el de las promesas que no supieron dónde terminar.

Maeron abrió los ojos.

—¿Qué frase?

—Volveré a buscarte.

El anciano bajó la mirada hacia las láminas.

Su silencio confirmó que la frase no le era completamente desconocida.

—¿Quién la dijo? —preguntó Alira.

—No lo sé.

—Maeron.

—No lo sé con certeza.

—Entonces dígame lo que sospecha.

El anciano pasó una mano sobre una lámina antigua. La tinta blanca despertó lentamente.

—Durante la primera expansión de Vitrium hubo una crisis de cristalización. Las montañas de sal dejaron de producir materia estable. La ciudad no podía alojar a todas las familias que habían llegado buscando trabajo en los hornos y en los canales. Se estableció una división temporal.

—¿División?

—Algunas familias fueron trasladadas al distrito alto, donde estaban los talleres principales. Otras quedaron en los asentamientos exteriores.

Alira sintió que la palabra temporal contenía una mentira vieja.

—¿Y esa división se corrigió?

Maeron no respondió.

La joven comprendió.

—No.

—No del todo.

—¿Separaron familias?

—En algunos casos.

—¿Niños?

El anciano apoyó los dedos sobre la lámina. Su voz salió más baja.

—Los registros son imprecisos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la forma en que la ciudad escribió su vergüenza.

Alira miró la lámina.

Aparecieron nombres incompletos, edades, asignaciones de vivienda, sellos administrativos, anotaciones sobre productividad de talleres, distribución de alimentos, estabilidad de los puentes provisionales. Todo era frío, ordenado, razonable. Demasiado razonable.

—¿Cómo pudo el Salón guardar la promesa si la ciudad no quiso recordar la separación?

—Porque el Salón no obedece por completo a los registros.

—Pero la promesa quedó sin destino.

—Sí.

—¿Por qué despierta ahora?

Maeron levantó la vista hacia ella.

—Porque Sira ha regresado parcialmente. Y cuando una voz excluida encuentra camino, otras voces excluidas reconocen la abertura.

Alira sintió que el Salón entero se volvía más grande y más grave.

Sira no era el final de una reparación.

Era el comienzo de una corriente.

—Entonces habrá más.

—Sí.

—¿Cuántas?

Maeron no respondió.

Porque nadie podía saberlo.

El Salón guardaba miles, quizá millones de emociones.

Si una parte de ellas había quedado incompleta, desviada, interrumpida o sin destino, su regreso podía durar semanas, meses, años.

Y cada eco antiguo podía traer luz, pero también exigir una verdad que Vitrium no estuviera preparada para admitir.

Alira miró hacia el pasillo.

Los hilos verdes seguían moviéndose.

—Tengo que seguirlos.

—No sola.

—Nadrin no está aquí.

—No pensaba en Nadrin.

Maeron tocó una pequeña campana de mesa.

No produjo sonido audible, pero la lámina que tenía delante se iluminó.

Pocos segundos después, Selbia entró en la sala.

También parecía haber pasado la noche despierta.

Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y varias manchas de tinta blanca en los dedos.

—Lo he sentido —dijo antes de que nadie hablara—. Una promesa antigua.

—“Volveré a buscarte” —indicó Alira.

Selbia se quedó inmóvil.

—Entonces era real.

—¿La conoces?

—No como historia. Como hueco.

Alira frunció el ceño.

Selbia se acercó a una estantería baja y extrajo una lámina casi transparente, tan vieja que los bordes parecían niebla sólida.

—Hay archivos que no conservan lo que ocurrió, sino el espacio de lo que fue eliminado. Durante años encontré una ausencia repetida en los registros de la primera expansión. Dos nombres borrados. No tachados. Borrados. Y, junto a ellos, una marca verde.

—¿Una promesa?

—Eso sospechaba Elionor.

El nombre de su abuela volvió a entrar en la sala con una delicadeza dolorosa.

—¿Mi abuela lo investigó?

—Tu abuela investigó muchas cosas que el Consejo consideró cerradas.

—¿Por qué no me lo contó?

Selbia la miró con tristeza.

—Quizá porque esperaba que primero aprendieras a escuchar los cristales hermosos. Nadie debería empezar su oficio solo con las heridas.

Alira no estuvo segura de aceptar esa respuesta, pero no discutió.

Todavía no.

—¿Podemos saber a quién iba dirigida la promesa?

Selbia extendió la lámina sobre la mesa.

La tinta tardó en aparecer.

Primero surgieron líneas incompletas.

Después una fecha antigua.

Después dos iniciales.

E.

M.

Nada más.

—Dos niñas —dijo Alira.

Selbia levantó la mirada.

—¿Las viste?

—Sí. Una mayor. Una pequeña con una cinta roja en la muñeca.

La guardiana de registros palideció.

—La cinta roja aparece en otro archivo.

—¿Dónde?

Selbia buscó entre las láminas con rapidez creciente. Maeron la ayudó. Durante unos minutos solo se oyó el roce del vidrio flexible sobre la mesa. Finalmente, Selbia encontró una pieza estrecha, de color azulado.

—Registro de objetos recuperados en el puente de Lúmina después del cierre provisional del distrito exterior.

Alira sintió un escalofrío.

Selbia leyó.

—Una cesta rota. Un zapato infantil. Tres cuentas de vidrio. Una cinta roja.

La luz verde que recorría el pasillo exterior aumentó de intensidad.

El Salón había escuchado.

—Tenemos que ir al puente —dijo Alira.

Maeron asintió.

—Iréis tú y Selbia.

—¿Y Nadrin?

—Si el eco cruza hacia los barrios exteriores, lo necesitarás.

—Entonces debo buscarlo.

—Primero sigue la promesa. Las promesas antiguas no permanecen despiertas mucho tiempo si nadie las acompaña.

Alira salió de la sala con Selbia.

La luz verde se había dividido en tres hilos, pero uno de ellos era más intenso que los otros.

Avanzaba hacia la salida del Salón, atravesando pasillos sin detenerse.

Los cristales que rozaba respondían con pequeñas resonancias: una risa infantil, un grito de advertencia, una canción de juego, el alivio de una mano encontrada entre la multitud.

El Salón estaba recordando infancia.

No la infancia ideal de las fiestas, los cuentos y las canciones oficiales.

La infancia real.

La que tiene miedo cuando los adultos deciden demasiado rápido.

La que promete porque no tiene otra herramienta.

La que cree que volver es posible incluso cuando no sabe dónde la llevarán.

Alira y Selbia cruzaron el muro sin puertas.

La luz verde salió con ellas.

Aquello no debería haber ocurrido.

Las emociones del Salón rara vez atravesaban sus límites. Podían influir en la ciudad, sí, podían despertar sueños, intuiciones, impulsos de reparación. Pero salir como una línea visible, avanzar sobre la plaza y cruzar las losas transparentes era algo que Alira jamás había visto.

Varias personas se detuvieron.

Un vendedor de frutas claras dejó caer una bandeja.

Dos niñas señalaron la luz.

Un guardia dio un paso atrás.

La ciudad, que empezaba su rutina matinal, contempló en silencio cómo una promesa antigua salía del Salón y se dirigía hacia el puente de Lúmina.

Selbia murmuró:

—Ya no podremos ocultarlo.

Alira miró la línea verde avanzando por la plaza.

—Quizá ese es el principio.

Caminaron tras ella.

La luz recorría Vitrium sin prisa, pero sin vacilar.

Pasó junto a la Fuente de las Siete Gotas, cuyo agua ascendió con más fuerza al sentirla.

Cruzó la avenida de las Cúpulas Claras. Se deslizó bajo los arcos de los relojes transparentes.

En cada lugar, alguien se detenía. Algunos miraban con asombro.

Otros con miedo. Otros con disgusto, como si una emoción antigua desplazándose por la calle fuera una falta de orden público.

Una mujer mayor se santiguó con dos dedos sobre la frente.

—Los ecos han salido —susurró.

Alira la oyó.

La frase se extendió entre los presentes.

Los ecos han salido.

Pronto toda la plaza lo repetiría.

Llegaron al puente de Lúmina.

La luz verde se detuvo en el centro.

El puente actual era estrecho y elegante, una lámina arqueada de cristal blanco que unía el distrito central con los barrios intermedios.

Bajo él, el canal corría limpio, cubierto por reflejos azules.

Nada quedaba del puente provisional de la visión.

Nada, salvo quizá una memoria enterrada en la materia.

Alira se arrodilló.

Apoyó la mano sobre el suelo del puente.

La luz verde rodeó sus dedos.

Y la escena regresó.

Las dos niñas.

La mayor y la pequeña.

Los adultos llamando.

La cinta roja.

La promesa.

Volveré a buscarte.

Pero esta vez la imagen continuó.