31. Donde todo termina sin permiso #4
El viejo profesor dejó escapar una sonrisa cansada cuya tristeza parecía provenir de un lugar demasiado antiguo para seguir perteneciendo únicamente a un hombre.
—Yo nunca iba a salir de aquí.
La frase descendió sobre la habitación con una serenidad devastadora mientras el ruido de pasos comenzaba a propagarse ya por el pasillo inferior.
Inés observó a Rodari durante unos segundos y supo que no existía nada que pudiera persuadirlo, porque aquel hombre llevaba demasiado tiempo viviendo en la oscuridad, demasiado tiempo desplazándose entre capas falsas, nombres alterados y memorias enterradas como para imaginar siquiera la posibilidad de una vida distinta fuera de aquel encierro.
Rodari volvió entonces la vista hacia León y durante un instante pareció observarlo con una atención extraña, casi melancólica.
—Retter decía que las superficies nunca olvidan del todo aquello que sostuvieron alguna vez —murmuró mientras el eco de las voces seguía aproximándose—. Incluso después del fuego siempre queda un resto adherido debajo de la capa nueva.
Entonces levantó lentamente la mano y señaló el reverso del bastidor envuelto en tela.
—Cuando lleguen a Buenos Aires miren detrás del marco.
León frunció el ceño.
—¿Qué hay ahí?
Rodari sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—La clasificación original.
Abajo se escuchó entonces el estruendo definitivo de una puerta cediendo bajo un golpe violento y la casa entera pareció estremecerse alrededor de ellos mientras una voz masculina pronunciaba algo ininteligible desde el piso inferior.
Rodari dio un paso hacia atrás.
—¡Ahora váyanse!
La tensión terminó de quebrarse.
León tomó a Inés del brazo y ambos comenzaron a subir rápidamente por la escalera angosta mientras detrás de ellos la figura de Rodari permanecía inmóvil junto a la lámpara amarillenta cuya luz fatigada comenzaba a empequeñecerse lentamente a medida que ascendían hacia los niveles superiores de la casa.
Rodari cerró finalmente la escena colocando nuevamente la estantería de libros frente a la entrada de la escalera para volver a desaparecerla.
La escalera desembocaba en un corredor estrecho donde el olor agrio de detergente barato y comida recalentada impregnaba el aire espeso de aquella construcción envejecida, y mientras avanzaban atravesando pasillos imposibles, patios interiores cubiertos de cañerías y pequeñas terrazas donde colgaban sábanas agitadas por el viento frío de la madrugada, León entendió que Strappo había utilizado durante largo tiempo aquel laberinto vertical para entrar y salir de la casa sin dejar rastros visibles…
y evidentemente, Rodari había estado ahí también con él.
Las voces continuaban escuchándose abajo, pero nadie parecía seguirlos todavía.
Inés avanzaba sujetando el bastidor contra el pecho mientras sentía cómo el peso del paquete comenzaba lentamente a endurecerle los brazos, y al atravesar una pequeña galería abierta hacia el patio interior percibió fugazmente el rumor distante de Madrid despertando bajo la claridad grisácea de la mañana, autobuses iniciando recorridos, persianas metálicas elevándose y radios encendidas detrás de ventanas invisibles donde la vida cotidiana continuaba desarrollándose con absoluta indiferencia.
Finalmente alcanzaron una puerta de servicio que desembocaba en otra calle más estrecha y sombría que la anterior.
León salió primero, después ayudó a Inés.
El aire gélido golpeó inmediatamente sus rostros mientras la ciudad comenzaba a aclararse lentamente alrededor de ellos.
Nadie corría. Nadie gritaba.
La calle permanecía casi vacía bajo aquella luz gris y fatigada donde los edificios parecían todavía suspendidos entre la noche y el amanecer. Entonces Inés levantó involuntariamente la vista hacia las ventanas superiores de la casa y allí vio a Rodari.
La silueta inmóvil del viejo profesor permanecía apenas visible detrás de una cortina amarillenta mientras la lámpara proyectaba sobre el vidrio una luz mortecina que deformaba ligeramente el contorno de su cuerpo.
Simplemente permaneció allí observándolos desde aquella penumbra agotada donde parecía haberse confundido definitivamente con la propia casa.
Después la luz se apagó y la ventana volvió a convertirse en un rectángulo oscuro perdido entre las fachadas húmedas de Lavapiés.
León permaneció inmóvil unos segundos sosteniendo la mirada sobre aquella oscuridad recién cerrada, mientras Inés ajustaba el bastidor contra el pecho, y sólo entonces ambos comenzaron a caminar calle abajo, llevando consigo la única pieza del inventario que había conseguido sobrevivir al fuego, a las desapariciones y al paso devastador del tiempo. Ninguno de los dos volvió la vista.
Madrid terminaba de despertar.
Detrás de ellos, la casa recuperó la apariencia anónima de cualquier edificio viejo de Lavapiés.
Oculto bajo sucesivas capas de cartón ennegrecido, tela encolada y polvo acumulado durante más de treinta años, permanecía todavía un número que ninguno de los dos había visto.
Un número escrito con tinta violeta.
3/7.
FIN