31. Donde todo termina sin permiso #3
—Franz Pedersen conocía demasiados recorridos, demasiados nombres y demasiadas procedencias. Mientras todo permanecía oculto era un hombre útil. En el momento en que alguien empieza a seguir el rastro de las obras, deja de ser un custodio y se convierte en un riesgo.
Inés sintió un escalofrío.
—¿Y Santiago Millán?
Rodari dejó escapar una leve respiración.
—Santiago siempre creyó que bastaba con cumplir los encargos para quedar a salvo. Nunca comprendió que, dentro de una organización así, la eficacia no garantiza la supervivencia. Al contrario: quien sabe demasiado acaba convirtiéndose en el siguiente problema.
—Pero no tiene ninguna prueba...
Rodari negó lentamente.
—No la necesito.
Sus dedos recorrieron distraídamente el borde de la mesa.
—He visto desaparecer a demasiada gente. Siempre ocurre igual. Primero dejan de contestar al teléfono. Después alguien asegura que se han marchado al extranjero, que han cambiado de nombre o que han decidido empezar una nueva vida. Finalmente, nadie vuelve a pronunciarlos.
La claridad grisácea de la mañana comenzaba a filtrarse por las ventanas y el interior de la casa adquiría un aspecto todavía más miserable, revelando manchas antiguas sobre las paredes, grietas en los techos y acumulaciones de objetos cuya presencia ya no obedecía a ninguna lógica reconocible.
Rodari levantó la mirada.
—El verdadero talento de esa gente nunca fue robar cuadros. Fue borrar biografías.
Entonces ocurrió.
Un golpe seco resonó en algún lugar del piso inferior y fue seguido inmediatamente por otro todavía más violento, cuyo eco comenzó a propagarse lentamente por toda la estructura del edificio.
León alzó la cabeza de inmediato, mientras Inés sintió cómo la tensión volvía a endurecerle la espalda.
Rodari, en cambio, no se movió.
Permaneció sentado, observando la puerta del pasillo con una quietud extraña, resignada, la misma de quien lleva demasiado tiempo esperando un desenlace inevitable.
—Han llegado antes de lo que imaginaba —murmuró.
El ruido volvió a repetirse, acompañado ahora por el crujido inconfundible de madera astillándose en algún punto de la planta baja, mientras voces amortiguadas y pasos precipitados comenzaban a extenderse por el edificio con la lentitud de una grieta que avanza bajo un muro antiguo.
León dio un paso hacia el pasillo por puro instinto, pero Rodari levantó una mano con un gesto sereno.
—No.
La palabra apenas superó un susurro.
Después volvió la vista hacia el cuadro quemado.
—Ya no pueden hacer nada contra la verdad. Sólo pueden llegar demasiado tarde.
La voz había cambiado.
Ya no conservaba únicamente cansancio, porque ahora emergía en ella una lucidez desnuda y feroz que volvía todavía más inquietante la serenidad con que pronunciaba cada palabra.
Rodari se incorporó lentamente de la silla y caminó hacia uno de los armarios del fondo mientras abajo continuaban escuchándose golpes, pasos y órdenes deformadas por la distancia, y cuando finalmente abrió el mueble aparecieron en su interior varias carpetas sujetas con cordeles deshilachados y un pequeño paquete envuelto en tela oscura.
Entonces tomó el envoltorio y lo colocó cuidadosamente sobre la mesa frente a Inés.
—Lléveselo a Buenos Aires —dijo con una gravedad irrevocable—. Ahí dentro está lo único que todavía importa.
Inés observó el paquete sin tocarlo mientras el murmullo violento de la planta baja continuaba acercándose.
—¿Qué es?
Rodari sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—La parte que sobrevivió.
Abajo se escuchó entonces el estruendo definitivo de una puerta cediendo bajo la violencia de un golpe y el eco comenzó a propagarse por toda la casa igual que una vibración metálica y ominosa que hacía temblar levemente los vidrios de las ventanas.
León avanzó hacia la ventana intentando buscar una salida mientras las voces comenzaban a subir por la escalera.
Rodari, en cambio, permanecía inmóvil.
Extrañamente inmóvil.
Y en ese instante fue claro para León algo terrible: aquel hombre llevaba demasiado tiempo esperando exactamente ese momento.
—¿Quiénes son? —preguntó Inés mientras la tensión comenzaba finalmente a quebrarle la voz.
Rodari volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—La última capa.
Después sonrió apenas, con una tristeza fatigada que parecía pertenecerle más a la historia que al hombre, y mientras los pasos comenzaban finalmente a avanzar por el pasillo inferior que conducía a la escalera, la luz gris de Madrid terminó de entrar en la habitación iluminando por última vez el rostro fragmentado del cuadro apoyado contra la pared, donde las líneas violetas continuaban cerrándose sobre sí mismas con la obstinación infinita de una espiral que jamás había dejado realmente de existir.
Rodari permaneció inmóvil junto a la mesa mientras los golpes continuaban ascendiendo desde la planta inferior con una violencia cada vez menos disimulada, y aunque las voces seguían llegando deformadas por la distancia y el espesor de la casa, ya resultaba evidente que quienes avanzaban por la escalera conocían perfectamente la distribución del edificio, porque no dudaban, no se detenían y tampoco perdían tiempo revisando habitaciones vacías, desplazándose por aquella estructura antigua con la seguridad metódica de quienes habían entrado demasiadas veces en lugares semejantes.
León observó a Rodari intentando encontrar en su rostro alguna señal de vacilación o miedo, pero el viejo profesor permanecía extrañamente sereno, sosteniendo aquella quietud agotada de quienes conviven con la certeza de un desenlace inevitable.
Entonces Rodari giró lentamente hacia una puerta angosta situada al fondo de la habitación, casi oculta detrás de una biblioteca vencida por el peso de los libros, y durante unos segundos permaneció observándola en silencio antes de acercarse y apartar apenas el mueble con un esfuerzo fatigado que hizo crujir la madera contra el suelo.
Detrás apareció una escalera estrecha.
No descendía hacia un sótano, subía.
Una estructura angosta y mal iluminada que parecía añadida muchos años después a la construcción original del edificio, con escalones irregulares y paredes demasiado próximas entre sí donde la pintura desprendida dejaba ver capas anteriores de humedad y yeso revestido con moho pestilente.
—Las casas viejas de Madrid nunca terminan donde aparentan terminar —murmuró Rodari mientras tomaba el pequeño bastidor envuelto en tela oscura y lo colocaba cuidadosamente entre las manos de Inés—. Ésa fue siempre su mejor virtud.
El paquete pesaba más de lo que parecía.
Inés reconoció de inmediato la rigidez del bastidor debajo de la tela, pero fue otra cosa lo que terminó inmovilizándola: una gravedad difícil de explicar, esa clase de peso que excede la materia.
Sostener aquella pintura producía una impresión fastidiosa.
No parecía cargar únicamente madera, tela y pigmento.
Parecía sostener décadas enteras de trayectorias corregidas, nombres desplazados y restos arrancados de un origen para encajar, a la fuerza, dentro de otro relato.
Abajo volvió a escucharse un golpe seco, pero ahora mucho más cerca.
Rodari levantó apenas la cabeza hacia el techo.
—Ya se acercan.
León avanzó hacia la escalera mientras el interior de la casa comenzaba lentamente a llenarse de ecos, pasos y órdenes pronunciadas en voz baja cuya contención resultaba todavía más inquietante que cualquier grito.
—Venga con nosotros —dijo finalmente, girándose hacia Rodari.