El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 22. ¿El comandante? #2
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22. ¿El comandante? #2

—¿Está usted en conexión? —continuó la azafata, recuperando el tono correcto con una eficacia que rozaba lo mecánico, acompañado de una sonrisa esculpida a martillazos— Si es así, le recomiendo el restaurante “Galo Vermelho” del aeropuerto para que disfrute su tiempo de espera. La oferta culinaria es extraordinaria.

La frase, pronunciada con una naturalidad ensayada, cayó en un lugar que ya no estaba disponible.

Inés asintió apenas, aunque el gesto no significaba acuerdo ni comprensión, y giró sobre sus talones con una lentitud nacida de otra dificultad: ordenar aquello que todavía permanecía disperso dentro de ella, mientras la aeronave terminaba de detenerse y el murmullo contenido de los pasajeros comenzaba a romperse en movimientos previsibles, cinturones liberados, bolsos descendiendo y conversaciones recuperando volumen.

Descendió por la escalerilla sin mirar atrás y sintió en el rostro el aire cálido y húmedo de Río.

La temperatura se adhirió a la piel de inmediato, pesada, persistente, incapaz de ofrecer consuelo, y aceptó que el exterior no funcionaría como una salida.

Apenas prolongaba el mismo desconcierto bajo otra luz.

Al mezclarse con la multitud —tránsitos apurados, voces superpuestas, anuncios que se desvanecían antes de ser comprendidos— tuvo una certeza que no necesitaba explicación: que la respuesta no estaba en ese avión.

Pero tampoco había quedado atrás.

La sala de tránsito de Galeão no ofrecía refugio; apenas ampliaba el mismo desconcierto que Inés había intentado dejar atrás al abandonar la aeronave, ahora multiplicado por luces, anuncios y cuerpos en movimiento.

Caminó sin rumbo definido, dejándose arrastrar por el flujo de pasajeros que avanzaban con la seguridad de quien conoce su destino, aunque en su caso cada paso respondía más a la necesidad de mantenerse en movimiento que a la certeza de un trayecto claro, y fue así como terminó frente a uno de los paneles de información, donde las letras cambiaban con una obsesión mecánica, componiendo y deshaciendo ciudades, horarios y números de vuelo con una indiferencia que rozaba lo impersonal.

Observó sin buscar nada en particular, o eso intentó, hasta que un detalle mínimo, apenas una disposición inesperada de caracteres, la obligó a fijar la mirada con una atención que ya no podía disimular, porque durante un instante creyó ver un nombre que no pertenecía a ese contexto, una palabra ajena a cualquier itinerario que, sin embargo, había ocupado un lugar entre destinos legítimos, integrada en el mismo orden que pretendía sostener la lógica del tránsito.

Parpadeó. El panel cambió.

Y lo que había creído distinguir, desapareció sin dejar rastro.

No se acercó. No intentó verificarlo.

En ese punto ya no intentaba confirmar una percepción.

El problema era otro: aceptar que algo comenzaba a moverse debajo de las reglas con las que hasta entonces había ordenado el mundo, y cualquier intento de comprobarlo habría significado volverlo demasiado real, concederle un lugar que todavía no estaba dispuesta a otorgarle.

Se alejó con una calma cuidadosamente sostenida, consciente de que cualquier gesto apresurado la expondría ante sí misma más que ante los demás, y terminó sentándose en una de las filas metálicas que bordeaban la sala, donde el frío del asiento le devolvió por un instante una sensación concreta, una referencia física que no dependía de interpretaciones.

Pensó en Madrid.

La ciudad apareció apenas un instante antes de deshacerse.

Lo que permaneció fue un nombre: León Cáceres.

Lo había pronunciado en voz alta hacía apenas unas horas, durante aquella conversación telefónica que ahora parecía pertenecer a otra secuencia de acontecimientos, a un momento en el que las palabras conservaban un peso estable y las decisiones podían sostenerse sin fisuras evidentes.

Ir a Madrid había sido entonces una elección. Ahora comenzaba a adquirir la forma de una consecuencia.

El llamado a embarque se integró sin énfasis en la sucesión de anuncios, apenas distinguible del resto, pero suficiente para poner en movimiento a los pasajeros, y cuando Inés se levantó y avanzó hacia la puerta correspondiente, sintió que ese trayecto, breve en apariencia, concentraba algo que excedía la simple continuación de un viaje interrumpido.

Se detuvo a unos metros de la fila. Sentía una resistencia interior que no encontraba una vía directa de expresión, una tensión que no podía resolverse en un gesto claro sin volverse absurda.

Podía no subir.

La idea apareció con una claridad inesperada.

Podía abandonar el trayecto, regresar, postergar, fingir que nada de lo ocurrido tenía relevancia y que el nombre pronunciado en la cabina no había sido más que una coincidencia.

Podía hacerlo. Pero no lo hizo.

Apartarse ya no la conduciría hacia atrás. Apenas conseguiría prolongar aquella incertidumbre, empujándola hacia una región todavía más confusa, sin dirección y sin respuestas.

Y entonces avanzó.

Entregó su tarjeta de embarque sin buscar la mirada del empleado, atravesó la manga que conducía nuevamente a la aeronave y, al ingresar, percibió que el aire de la cabina conservaba la misma densidad del tramo anterior, cargado de una presencia difícil de definir que no dependía de los pasajeros ni del espacio físico.

Se dirigió a su asiento.

La mujer seguía allí, ligeramente inclinada hacia el pasillo, con una inmovilidad que sugería una permanencia deliberada, y al verla regresar esbozó una sonrisa breve, cargada de una cercanía que no encontraba justificación en la brevedad del encuentro.

Se alegró de encontrar en esa mujer algo que la vincule con la realidad.

—Pensé que no volvía —dijo en voz baja.

Inés no respondió de inmediato, pero le resultó grato sentirse considerada.

Se sentó. Acomodó el bolso con un gesto austero para no molestar.

Y antes de abrocharse el cinturón dejó que la mirada recorriera la cabina con una atención distinta, más detenida, buscando algo que no podía definir, pero cuya ausencia tampoco resultaba tranquilizadora.

No encontró nada que pudiera señalarse, sin embargo, la sensación persistía.

El viaje no se había interrumpido en Río.

Había comenzado allí.