El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 22. ¿El comandante?
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22. ¿El comandante?

La frase, repetida con una prolijidad que no admitía réplica, descendió sobre la sala igual que una orden envuelta en terciopelo, y durante unos segundos nadie se movió; la inmovilidad colectiva persistió apenas un instante más de lo razonable, retenida en ese territorio ambiguo donde todavía existe la posibilidad de permanecer sentado, fingir distracción y aplazar, aunque sea por unos minutos, la decisión de levantarse y abandonar lo conocido.

Entonces comenzaron a alzarse las primeras figuras, arrastrando consigo valijas, dudas y pequeñas historias inconclusas, y el murmullo de pasos se convirtió en una corriente lenta que avanzaba hacia la puerta indicada, mientras las pantallas continuaban parpadeando con una frecuencia indiferente, ajena al peso invisible de los motivos que llevaban a cada uno de ellos a ese mismo destino.

Inés colgó su bolso del hombro e intento acercarse al portón de embarque lentamente, mezclándose con los demás pasajeros y rogando que la persona que haya de sentarse junto a ella sea agradable, no ronque durante el largo viaje, no tenga mal aliento y no esté constantemente pidiéndole el paso para ir a los lavabos del avión.

Su estado de ánimo algo indefinido se pavoneaba entre sus pensamientos. La ansiedad había emergido tiritando entre las dudas y el sacudón que le provocaba embarcarse en un vuelo hacia el otro lado del océano había dado señales de supremacía y autoritarismo.

Con el pasaporte azul en la mano, abanicando el humo del cigarrillo que exhalaba el pelirrojo parado justo delante de ella, se fue acercando cada vez más a la azafata que controlaba la entrada a la manga que conducía a la aeronave. Era un Boeing 747.

Las filas frente a los mostradores de embarque no respondían a un orden claro; obedecían a una lógica tácita, aprendida en la resignación: hombres con trajes que ya habían conocido mejores días sostenían carpetas contra el pecho con un cuidado excesivo, protegiendo en ellas algo que claramente excedía el valor del papel; mujeres con abrigos pesados —impropios para el clima madrileño que les aguardaba— observaban sus pasaportes con una atención desmedida; y entre ellos, algunos viajeros demasiado silenciosos evitaban cruzar miradas, conscientes de que ciertos desplazamientos no admiten testigos.

La fila a la que Inés se había entregado con una resignación casi litúrgica avanzaba con la velocidad de un arrepentimiento tardío, exhalando un hartazgo pegajoso que se adhería a la piel con más eficacia que el calor mismo, y que parecía alimentarse de cada segundo perdido con una voracidad burocrática; delante de ella, una mujer de unos sesenta y cinco años —edad que en ciertos aeropuertos equivale a una autoridad moral autoproclamada— había decidido transformar su bolso de mano en una suerte de arca portátil de todo aquello que la aviación moderna, en su infinita desconfianza, preferiría no ver a bordo.

Lo que comenzó como un control de rutina derivó, sin previo aviso, en una exhibición minuciosa de objetos que desafiaban el sentido común: una tijerilla de uñas que, a juzgar por su filo, parecía haber sobrevivido a varias generaciones de cutículas y quizá a algún episodio menor de autodefensa; un frasco de perfume cuyo aroma, liberado accidentalmente, se expandió por la fila con una persistencia casi militante; un encendedor de mecha acompañado de su inseparable cargador de queroseno, como si la señora contemplara seriamente la posibilidad de encender una hoguera en pleno Atlántico; una petaca de whisky que no admitía interpretaciones benévolas, destinada —según podía deducirse sin demasiado esfuerzo— a esos momentos en los que la realidad exige ser corregida con métodos líquidos; y, como pieza final de aquella colección inclasificable, una maquinilla de afeitar cuya presencia sugería una preocupación encomiable por la estética personal, aun cuando implicara la improbable eventualidad de que el vello decidiera rebelarse durante la travesía aérea.

Cada objeto era depositado sobre la bandeja con una solemnidad cercana a lo teatral, transformando la inspección rutinaria en una ceremonia privada donde aquella mujer parecía comparecer ante un tribunal invisible al que, por razones que sólo ella conocía, suponía obligado a reconocer su ingenio, mientras la fila, atrapada en aquel espectáculo involuntario, comenzaba a comprender que en ciertos viajes el verdadero peligro rara vez reside en aquello que uno transporta; suele aparecer cuando alguien adquiere la convicción inquebrantable de que resulta materialmente imposible excederse.

—Permiso, ese es mi asiento, justo al lado suyo.

—Si, por supuesto, ya la dejo pasar.

Inés se levantó y esbozó una sonrisa a la mujer que debía introducirse al espacio miserable que existía entre los asientos delanteros y las tres sillas minúsculas de la fila siguiente posterior.

De contextura corpulenta y cabellos sueltos y rizados, la mujer que le tocaba a Inés a su lado había comenzado una serie de contorsiones para acabar de un sentón en el segundo asiento de la fila.

El cinturón de seguridad no ofrecía facilidades y la correa le había resultado muy corta.

La mujer ya había adquirido un rubor alzado en sus mejillas y la vergüenza empezaba a exudar por sus poros.

Inés fingió indiferencia y, luego de haber vuelto a su sitio, tomó un libro de su bolso y lo abrió fingiendo leer para evitarle a su vecina de asiento el bochorno de no poder ajustarse el cinturón por exceso de carnes.

—Señoras y señores, bienvenidos al vuelo IB705 con destino final Madrid.

—Les rogamos tomen asiento y abrochen sus cinturones de seguridad.

—Por favor, asegúrense de que el respaldo de sus asientos se encuentre en posición vertical y que sus mesas plegables estén debidamente guardadas.

—El uso del cinturón de seguridad es obligatorio durante el despegue y el aterrizaje, y siempre que así lo indique la tripulación.

—Se permite fumar únicamente en las zonas habilitadas para ello.

…

—Este vuelo se encuentra bajo el mando del comandante…

Se produjo un acople en el altoparlante y un silbido punzante aguijoneó los oídos del pasaje.

—…del comandante Clemente Rodari.

Inés no reaccionó de inmediato. No hubo sobresalto ni gesto visible. Lo que ocurrió fue más lento y mucho más profundo: algo se detuvo dentro de ella, una pequeña interrupción íntima que inmovilizó el pensamiento durante unos segundos.

Porque aquel nombre no le resultaba desconocido.

Le resultaba inadmisible.

—Quien, junto con toda la tripulación de Iberia, les da la bienvenida a bordo y les desea un muy buen vuelo.

La voz continuó, impecable e indiferente, ajena al peso de lo que acababa de pronunciar, pero en Inés el efecto fue inmediato y devastador, aunque nadie a su alrededor habría logrado advertirlo, porque no apareció en forma de sobresalto ni dejó un gesto reconocible: ocurrió más abajo, en algún punto profundo y silencioso del cuerpo.

El calor que la había acompañado hasta ese instante desapareció de golpe.

Una corriente fría descendió por los brazos y terminó instalándose en las manos, obligándola a aferrar el libro con una fuerza desmedida, una presión nacida menos del acto de leer que de la necesidad urgente de retener algo estable, algo capaz de conservar todavía el mismo significado mientras todo lo demás comenzaba a desplazarse.

El nombre “Clemente Rodari” no apareció convertido en recuerdo ni llegó asociado a una deducción reconocible.

Irrumpió de otra manera: desplazó cualquier intento de pensamiento ordenado y ocupó su lugar con una certeza física, difícil de nombrar, mientras algo dentro de Inés comenzaba a reorganizarse alrededor de esa sola palabra.

La respiración perdió regularidad.

Durante unos segundos tuvo la impresión de que el cuerpo dudaba entre continuar obedeciendo a la normalidad que la rodeaba o detenerse exactamente allí, en ese punto donde algo acababa de fracturarse.

No giró la cabeza ni buscó confirmaciones en los rostros cercanos.

No las necesitaba. Hacerlo habría significado aceptar que aquello no pertenecía al territorio del error ni al de las distorsiones casuales del altoparlante.

Había existido una decisión detrás de ese nombre, alguien había elegido colocarlo allí, en ese instante preciso, y aunque todavía ignoraba el motivo, la amenaza ya había comenzado a ocupar espacio.

A su lado, la mujer dejó por fin de luchar con el cinturón y se acomodó en el asiento con un suspiro contenido que devolvió al entorno una apariencia de normalidad casi insultante, mientras Inés mantenía la vista fija al frente sin ver realmente lo que tenía delante, consciente de que lo que acababa de ocurrir no pertenecía a ese espacio ni a ese tiempo y, sin embargo, había sido pronunciado en voz alta, con una claridad irreprochable, ante todos.

La escala en el aeropuerto de Galeão, en Río de Janeiro, duraría cuatro horas y faltaban apenas unos minutos para aterrizar cuando la aeronave comenzó a descender con esa suavidad engañosa capaz de disimular la violencia real del aire atravesado a cientos de kilómetros por hora, mientras, detrás de las ventanillas, la ciudad empezaba a insinuarse entre brumas húmedas, reteniendo todavía parte de sus contornos, indecisa entre revelarse por completo o continuar protegida detrás de aquella capa espesa que parecía absorber edificios, avenidas y distancias.

Inés observó la costa fragmentarse bajo las nubes bajas y volvió a pensar, por un instante demasiado largo, en el nombre escrito sobre la tarjeta, en la voz telefónica, en la insistencia absurda de ciertas coincidencias que, cuando comienzan a acumularse, dejan de parecer accidentes.

Inés no reaccionó. Se quedó observándola con una concentración obstinada, repasando cada detalle del rostro —el uniforme impecable, los labios medidos, la mirada entrenada— con la esperanza absurda de encontrar una pequeña falla, algo fuera de lugar, cualquier indicio que le permitiera poner en duda aquello que acababa de oír. Pero no la hubo.