El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 20. Tres y siete
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20. Tres y siete

El taller de la calle Honduras la recibió con una quietud espesa.

Inés ya no volvía exactamente al mismo espacio del que había salido unas horas antes ni había estado con esa persona que ella creía conocer.

Cerró la puerta con cuidado, dejó el bolso sobre la mesa y permaneció unos segundos inmóvil, sin encender la luz, dejando que la penumbra organizara los contornos mientras la conversación con Santiago regresaba en fragmentos, como una insistencia que no admitía evasión, una presencia que pedía ser aceptada en su contradicción.

Rodari no estaba muerto, al menos no en esa forma prolija y casi burocrática con la que se lo habían comunicado —“hace tres años y siete meses”, como si la precisión numérica pudiera sustituir la verdad—, porque ella lo había visto, había hablado con él en la universidad y luego había escuchado su voz al teléfono con una claridad que no admitía esa clase de certificados tardíos que tanto tranquilizan a quienes no quieren saber.

¿Y Santiago?

¿Qué buscaba realmente? ¿Qué esperaba obtener de ella, más allá de esa preocupación tan cuidadosamente dosificada, de ese tono grave que pretendía confundirse con sinceridad y que no era más que una máscara bien entrenada?

Aquella insistencia en que no estuviera sola, repetida con una delicadeza casi paternal, le resultaba ahora de una obscenidad difícil de tolerar, porque había algo profundamente indecente en esa forma de acercarse al borde del abismo ofreciendo compañía en lugar de respuestas.

—Qué hipócrita… —murmuró para sí, dejando escapar una sonrisa breve, áspera, más cercana al desprecio que a la sorpresa, mientras la escena del Tolón regresaba con una nitidez que ya no admitía indulgencias—.

Rodari no me mintió. Vos… simplemente dijiste lo que te convenía.

Ay, Santiago, sos de esa clase de hombres que nacen con el corazón en préstamo y lo devuelven sin haberlo usado.

La certeza había llegado como una revelación lenta, como una acumulación paciente de pequeños desajustes, de silencios mal colocados, de respuestas demasiado medidas, de miradas que se retiraban un segundo antes de tiempo, y ahora, una vez instalada, resultaba imposible de desplazar, porque Santiago ya no era el interlocutor ambiguo que jugaba a medias entre la información y la reserva, era algo mucho más incisivo, más irritante: una pieza dentro de aquello que decía observar desde afuera.

Se apoyó en la mesa con los dedos abiertos sobre la madera, dejando que la indignación se asentara sin intentar domesticarla, porque ya no se trataba únicamente de encontrar a Clemente Rodari ni de reconstruir una cadena de hechos que otros habían decidido fragmentar; se trataba de aceptar que la traición no siempre llega desde lejos ni se anuncia con violencia.

Muchas veces adopta la forma educada de alguien que se sienta frente a uno, pide un café y ofrece ayuda con la misma naturalidad con la que evalúa cuánto sabe su interlocutor y cuánto le falta para volverse peligroso.

—Qué decepción… —añadió en voz baja, aunque el tono no contenía tristeza, era más bien una lucidez menos feliz que cualquier desencanto—. Y pensar que todavía pretendía parecer útil.

La grieta ya no admitía explicaciones benignas ni refugios en la duda, porque lo que hasta ese momento había podido atribuirse a malentendidos o a omisiones prudentes se reorganizaba ahora en una estructura mucho más coherente, donde cada gesto de Santiago encontraba su lugar con una precisión inquietante, y en esa nueva configuración, lo único verdaderamente claro era que ya no había margen para la ingenuidad, ni siquiera como consuelo.

Luego, sacó de su bolso la tarjeta falsa que había preparado para el encuentro con Santiago y mientras se sonreía con sorna, leía el nombre del inexistente “Luiz Camena”.

Girando sobre sus talones, se dirigió a uno de los cajones de la cómoda y sustrajo la tarjeta con los datos de León.

Esta vez no había duda ni vacilación. Había una necesidad más profunda, más consciente, de retomar la conversación anterior desde un punto que ya no admitía reservas ni aproximaciones parciales.

Levantó el auricular con una decisión contenida, atravesada por la necesidad de ordenar lo que iba a decir, y marcó el número con una lentitud que respondía a la conciencia de que esta vez no podía permitirse imprecisiones.

La línea tardó en establecerse.

—Diga.

—Soy Inés.

—Lo imaginé —respondió León—. Hay cosas que no se interrumpen cuando uno decide colgar.

Inés apoyó la mano sobre la mesa.

—Necesito retomar lo que hablamos —dijo—, pero ahora con algo que debo mencionar.

León no interrumpió.

—La otra vez le hablé de un archivo, de una clasificación, de marcas —continuó—. No le dije de dónde venía eso.

—Lo supuse —respondió León—. Usted no estaba llamando por curiosidad.

Inés dejó pasar un instante para atravesar una capa más antes de llegar al núcleo.

—Viene de alguien —dijo finalmente—. De una persona con la que hablé hace unos días. Alguien que trabaja en restauración… o trabajaba. Fue profesor mío en la universidad.

León guardó silencio, atento.

—Hace unos días me dijeron que ese hombre estaba muerto desde hace algunos años —añadió Inés—, pero no siendo suficiente el dato, esta persona me ha contactado telefónicamente.

La frase quedó suspendida tomando la forma de una afirmación que no encontraba todavía su revelación completa.

—¿Y qué vivió exactamente y de qué trató la conversación telefónica? —preguntó León, procurando no exceder el límite de su propia inquietud.

Inés no respondió de inmediato; se apartó de la mesa y caminó unos pasos por el taller, para que el movimiento pudiese ordenar aquello que no se dejaba organizar en palabras.

—Lo vi —dijo finalmente—. Hablé con él. Me mostró algo. Me advirtió. No fue un encuentro ambiguo ni una impresión dudosa. Fue concreto. Y también escuché su voz al teléfono. Fue él quien me llamó.

Luego de una pausa, Inés retomó su relato.

—Me insinuó que alguien cercano a mí había colaborado para que su desaparición pareciera otra cosa.

León apoyó la mano sobre la mesa.

—Y usted le ha creído.

—Sí. Así es. Fueron demasiados datos que confirman que lo que me ha dicho tiene sentido.

El silencio se sostuvo unos segundos, cargado de una tensión que no pedía resolución inmediata.

—Querría que me aclare algo, Inés ¿Quién le dijo que esta persona estaba muerta? —preguntó León.

—Llamé a la universidad—respondió Inés—. Pregunté en la secretaría, y me aseguraron que Clemente Rodari figuraba en la lista de profesores fallecidos. Me llamó la atención que me hayan precisado el tiempo de su fallecimiento: tres años y siete meses.

León dejó ver en su rostro una leve tensión, como si esa exactitud hubiera tocado un punto que no pertenecía únicamente a la conversación.

—¿Clemente Rodari? ¿Tres y siete?

Inés no comprendió de inmediato sus preguntas.

—¿A qué se refiere?

—¿Usted no acaba de decir que al tal Clemente Rodari lo dieron por fallecido hace tres años y siete meses? —respondió León—. No parece una coincidencia… aunque lo mío pueda parecer una simple superposición.

Inés frunció apenas el ceño.

—¿A qué se refiere?

—Tengo una foto de Clemente Rodari, la recibí de una manera extrañísima y datada en 1970.

El papel de la fotografía era de un blanco envejecido y la imagen mostraba una habitación austera con una cama estrecha de hierro.

Sobre ella, un hombre tendido y tapado. No había en él ningún rasgo que haya servido para identificarlo; la cabeza hacia un lado y la mano derecha estaba vendada.

En el reverso, escrito con tinta azul, había una única línea:

Clemente Rodari, 1970. Buenos Aires.

Hizo una pausa ínfima dejando a Inés sin posibilidades de comentar, y luego continuó, dudando de la pertinencia de lo que iba a decir.

—Además hay un detalle que tal vez sea una tontería, pero cuando mencionó lo de los tres años y siete meses, recordé algo que pueda sea una menudencia —murmuró—, pero mi reloj de péndulo se detuvo a las tres horas y siete minutos, y desde entonces no volvió a moverse.

Por un reflejo casi involuntario, Inés giró la cabeza hacia el reloj de pared de su taller y advirtió aquello que, en otro contexto, habría pasado inadvertido, pero que en ese instante adquiría un peso inquietante: las agujas marcaban las tres y siete.

Calló para juntar datos y procesar el caudal de información que había acabado de recibir.

—Ahora todo parece desordenarse aún más… —dijo Inés, sin apartar la mirada de la pared—. ¿Usted recibió una fotografía de Rodari? ¿Qué clase de juego es este?

—No lo sé, Inés. Lo único que puedo asegurar es que hay una o varias personas que desean ponernos en conocimiento de los acontecimientos que se han venido dando y de las personas a las que están intentando callar.

—Así parece. Yo vengo de un pequeño encuentro con una persona que me ha mostrado su doble juego. Rodari me habló de él, me dijo que estuvo involucrado en su desaparición. Ahora, con este dato que me proporciona, todo empieza a tomar forma.

—¿Qué clase de persona es esa? Para tener amigos así, no se necesitan ya enemigos —comentó soltando una risita burlona.

—Un colega y alguien que consideré más que eso —dijo—, el mismo que al principio me había confirmado la defunción de Rodari, y que luego me confesó que se trataba de una desaparición, que alguien se encargó de que nadie lo buscara.

León no respondió de inmediato.

—Eso cambia el punto de partida —dijo finalmente.

—Sí —respondió Inés—, pero no resuelve lo principal.

—¿Lo principal? —dudó León.

—Exacto. ¡Saber dónde está Rodari! Yo lo vi con mis propios ojos en un lugar donde no debería haber estado.

—Tal vez su paradero no sea lo primero que deberíamos resolver.

No en este momento. Si Rodari está vivo, o si alguien está usando su nombre, entonces nos está llegando por fragmentos: llamadas, fotografías, advertencias.

Eso es evidente. Nos advierte, nos anticipa.

Lo importante es saber quién es quién en esto.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez como un espacio donde ambas experiencias comenzaban a rozarse sin encajar del todo.

—Durante la fiebre —dijo León lentamente—, lo que apareció tampoco desapareció al despertar.

Inés sostuvo el auricular con más firmeza.

—Strappo.

—Sí —respondió León—, pero no como algo que vuelve. Es más bien algo que continúa.

La coincidencia no necesitó ser explicada. Ambos estaban ante algo que se sostenía más allá de sus propias experiencias.

—Entonces no estamos frente a errores —murmuró Inés—, estamos frente a algo que se mantiene… algo que sigue un trazo.

—Algo que no terminó —corrigió León.

—Las marcas —añadió Inés—. Siguen apareciendo.

—No aparecieron ahora —respondió León—. Se están dejando ver.

Inés dejó que la corrección se asentara. Se trataba de una revelación tardía.

—Entonces llegamos tarde… ¿o me equivoco?

—No llegamos tarde —dijo León—. Llegamos cuando el entramado empieza a hacerse visible.

El reconocimiento fue inmediato, aunque ninguno lo nombrara.

—Tenemos que vernos —dijo Inés finalmente, pero la frase careció de forma de una decisión cerrada. Tuvo el matiz de una posibilidad que aún necesitaba sostenerse.

León no respondió de inmediato.

—No sé si eso va a aclarar algo —dijo—. Lo que usted tiene está allá. Lo que yo vi ocurrió aquí.

—Pero es lo mismo —replicó Inés—. O parte de lo mismo.

León dejó pasar unos segundos.

—Puede ser —admitió—, pero trasladarse no garantiza entender mejor.

Inés guardó silencio.

—Quedarme tampoco —dijo finalmente.

—¿Qué espera encontrar si viaja?

Inés apoyó la mano sobre la mesa.

—Un punto común —respondió—. Ver si lo que tengo y lo que usted vio responden a la misma lógica… o si estamos forzando una relación que no existe.

León inclinó levemente la cabeza.

—Y si responden a lo mismo…

—Entonces no es una coincidencia.

El silencio se prolongó.

—Viajar no es menor —añadió León—. No es sólo una decisión práctica.

—Lo sé.

—Y no sabemos si es prudente.

—Tampoco sabemos si lo es seguir así.

La pausa se volvió más densa.

—Antes de movernos —dijo Inés—, necesitamos cruzar lo que tenemos. Usted me dice exactamente qué vio. Yo le paso todo lo que tengo. Sin omitir nada.

León asintió.

—Eso tiene sentido.

—Si sigue encajando —añadió Inés—, entonces vemos si viajar es necesario.

León dejó pasar unos segundos más.

—Y si lo es…

Inés no respondió de inmediato.

—Entonces no voy a quedarme acá.

León sostuvo el silencio un instante más.

—Entonces tampoco yo voy a quedarme quieto.

La frase no fue una promesa.

Fue una consecuencia.

La conversación alcanzó su límite sin necesidad de señalarlo, y cuando Inés dejó el auricular en su lugar, lo hizo con una lentitud distinta, más consciente del peso de lo que acababa de ponerse en marcha, y al recorrer el taller con la mirada se preguntó hasta dónde estaba dispuesta a seguirlo.

Y esa respuesta, todavía, no la tenía.