El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 19. Cita en el Tolón #2
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19. Cita en el Tolón #2

La palabra “sola” quedó depositada entre ambos como un hijo recién nacido, y Santiago la dejó allí, sin subrayarla, sabiendo que Inés no era una mujer fácil de conquistar por vanidad, pero que toda inteligencia aislada tiene una fisura secreta por donde puede entrar la necesidad de ser comprendida.

—No estoy sola —dijo ella.

—No del todo, quizá, pero trabajás sola, pensás sola, desconfiás sola y volvés cada noche a ese taller donde los objetos te hablan más honestamente que las personas, lo cual puede ser una virtud para una restauradora, pero es una condena para alguien que acaba de tocar una maquinaria que no distingue entre curiosidad y amenaza.

Inés frunció apenas el ceño. Lo que la incomodaba no era la frase, sino la facilidad con la que él había encontrado un lugar que ella prefería mantener cerrado.

—No me cites para hablar de mi vida.

—Te cito porque tu vida ya está metida en esto —respondió él, bajando apenas la voz—. Y porque sospecho que llevás demasiado tiempo haciendo algo que los demás suelen premiar porque les resulta cómodo.

Inclinó apenas la cabeza.

—Esa dignidad solitaria que todos elogian mientras te dejan sostener sola lo que debería repartirse.

—¿Seguís con eso de que estoy sola? — refunfuñó Inés.

El camarero pasó cerca de la mesa y Santiago interrumpió la frase que iba a comenzar, esperó a que se alejara y volvió a inclinarse apenas hacia ella.

—Rodari encontró marcas, patrones de intervención que no respondían a una restauración ni a un deterioro accidental, señales discretas que permitían reconocer las piezas dentro de una circulación clandestina incluso cuando el origen ya había sido borrado, y cuando empezó a relacionar esas marcas con ciertos inventarios provisorios, aparecieron nombres que nadie quería ver juntos.

—¿Qué nombres?

Santiago movió la cabeza con una lentitud que fingía pesar moral. Inés no era fácil de distraer ni confundir. Debía darle algo para que se satisfaga y deje de dudar, algo de material que la convenza.

—Pedersen, algunos intermediarios alemanes, viejas rutas hacia Sudamérica, depósitos que no figuraban como depósitos, colecciones privadas que nacieron demasiado completas después de la guerra, y personas que en público parecían custodiar patrimonio mientras en privado administraban el botín de quienes habían sido expulsados de la historia.

Inés sintió que la mención de Pedersen le tensaba algo en el pecho, pero decidió no revelarlo de inmediato.

Santiago no necesitaba que Inés le cuente que había llegado a Pedersen; ciertos datos, cuando interesaban a las personas adecuadas, encontraban siempre la manera de circular sin dejar huella.

Lo que necesitaba era medir cuánto había dilucidado ella en ese llamado a Eldorado, y empujarla con delicadeza hasta que pronunciara por su cuenta aquello que todavía podía intentar ocultar.

—Hay un hombre en Portugal —mintió—, alguien que quizá está viendo lo mismo desde otro punto.

Santiago dejó que sus dedos rodearan la taza sin beber, tratando de ocultar su abrupto pico de ansiedad.

—¿Un restaurador?

—No exactamente.

—¿Un coleccionista?

—No.

—Entonces alguien más peligroso todavía, porque quien entra en esto sin oficio ni pertenencia suele mirar donde los demás ya aprendieron a no mirar. — elucubró para medir la reacción de Inés.

Ella abrió el bolso, extrajo una tarjeta que no pertenecía a ningún archivo ni a ningún recuerdo verificable, y la sostuvo entre los dedos con una calma que respondía a una decisión reciente.

—Se llama Luiz Camena.

Santiago leyó el nombre desde donde estaba, con una serenidad que disimulaba el cálculo acelerado que acababa de ponerse en marcha dentro de él, porque ese nombre, aunque aún no ocupaba un lugar claro en su mapa, representaba una derivación no prevista.

No creyó en el nombre, al menos no del todo, pero entendió que incluso una mentira podía revelar la forma exacta de una defensa.

—¿Y qué cree saber ese hombre?

—No lo suficiente.

—Eso puede ser peor que saber demasiado —dijo Santiago—, porque quien sabe poco todavía cree que puede elegir hasta dónde avanzar.

—¿Por qué te preocupa tanto? —preguntó, permitiendo que la ironía apareciera apenas un instante antes de retirarla.

Él dejó la taza, buscó su mirada y acercó la voz hasta convertirla en algo peligrosamente cercano.

—Porque me preocupás vos, Inés. Y porque cuando hablás de ese hombre pasa algo raro.

Esperó apenas un segundo.

—No parece miedo.

Negó suavemente con la cabeza.

—Parece esperanza. Y la esperanza tiene un problema: vuelve confiables los mapas equivocados.

Inés guardó la tarjeta con un movimiento firme.

—No me conocés tanto— sentenció Inés.

—Te conozco lo suficiente para saber que confundís lucidez con resistencia, y que cuando algo te importa preferís convertirte en instrumento antes que admitir que necesitás a alguien al lado.

Ella se quedó callada y con semblante enigmático, y Santiago aprovechó ese silencio sin invadirlo, porque sabía que toda seducción eficaz consiste en dejar que la otra persona complete la frase que uno no se atreve a decir.

Esto no ocurrió y sintió una leve frustración al ver que Inés no reaccionaba.

—No vine sólo por Rodari —añadió después—, vine porque no quiero que esto te devore, y porque quizá, aunque sea tarde para decirlo con elegancia, me gustaría estar cerca antes de que decidas que no necesitás a nadie.

Inés lo observó con una mezcla de irritación e incredulidad, percibiendo que la conversación se había desplazado hacia un terreno que no había autorizado.

—¿Eso forma parte de la confesión?

—Tal vez sea la única parte verdadera —respondió Santiago.

La frase permaneció unos segundos flotando entre ambos.

Y por primera vez él mismo dudó de su origen, porque había aparecido demasiado rápido y había encontrado su lugar con una facilidad que resultaba inconveniente.

La tarde avanzaba detrás de los ventanales del Tolón, y el murmullo del café seguía envolviendo la escena con una indiferencia casi obscena, mientras Inés intentaba ordenar lo que acababa de oír sin advertir que Santiago había logrado exactamente lo que buscaba: confirmar cuánto había comprendido de su llamada con Franz, enterarse de la existencia de Luiz Camena, medir el estado de su vínculo con Rodari y sembrar en su ánimo la idea de que la soledad podía ser un riesgo tan grande como la investigación.

—Necesito que me contestes algo con claridad, —dijo ella finalmente—sin frases cuidadas, sin protegerme y sin intentar colocarme en el lugar de una mujer que necesita ser salvada. Pero, sobre todo, sin mentirme.

Santiago inclinó la cabeza, aceptando el golpe con una humildad teatral.

—Preguntá.

—¿Sabés dónde está Rodari?

La respuesta debía parecer dolorosa y no demasiado rápida.

—No lo sé— mintió— pero sé que no está donde debería estar, y sé también que quienes lo apartaron del circuito visible no improvisaron, porque una desaparición mal hecha deja cadáveres, mientras una desaparición bien administrada deja versiones.

Inés palideció apenas.

—¿Y de eso estás completamente seguro, Santiago? Porque pareciese que entonces alguien lo intenta mantener fuera del mundo y Rodari se las ingenia para contactarme.

—¿Que si estoy seguro? ¿Pero qué clase de pregunta es esa, Inés? —levantando el tono con un dejo de ofuscación provocada— Tal vez alguien permite que el mundo crea que ya no debe ser buscado.

Ella apoyó las manos sobre la mesa.

—Voy a encontrarlo. De eso podés estar seguro. Y cuando eso ocurra, veré todas las cartas sobre la mesa, las cartas de este jueguito nefasto que ya me está cansando.

Santiago sintió que esa frase era una condena más que una amenaza.

—No lo hagas sola.

—No estoy pidiendo compañía.

—No, Inés, vos nunca pedís nada, ése es justamente el problema.

La miró con una ternura falsa tan bien construida que incluso contenía un resto de deseo verdadero, porque Santiago no era inmune a ella, y quizá por eso resultaba todavía más peligroso.

—Dejame ayudarte —dijo—, aunque sea por una vez, aunque sea hasta que sepamos qué lugar ocupa Camena en todo esto y quién lo empujó hacia la misma puerta que vos acabás de abrir.

Inés no respondió de inmediato, y en esa demora Santiago creyó percibir una victoria mínima, no definitiva, pero suficiente para continuar.

—Voy a pensarlo —dijo ella al fin para postergar súplicas. Se levantó con una calma que no le permitió leer del todo su decisión y se dispuso a salir.

Él no intentó detenerla.

—Pensalo, pero no tardes demasiado, porque hay personas que llevan décadas viviendo de la paciencia de los demás.

Inés dejó dinero sobre la mesa, guardó el monedero y salió del Tolón sin despedirse, atravesando la luz áspera de la tarde con la sensación de haber recibido más información de la que podía ordenar y menos verdad de la que necesitaba, mientras Santiago permanecía sentado, inmóvil, siguiendo su figura hasta que desapareció entre los transeúntes de la avenida Santa Fe.

Sólo entonces retiró del bolsillo interior de su abrigo un pequeño papel doblado, anotó el nombre de Luiz Camena con una letra mucho menos elegante que la de la misiva que había dejado en el buzón de Inés, y debajo escribió una frase breve que no necesitaba adornos: “Ella dice menos de lo que sabe y sabe más de lo previsible.”

El café se había enfriado. Santiago lo bebió igual, guardó el papel en el bolsillo interior del abrigo y abandonó el Tolón con la serenidad práctica de quien acaba de confirmar que una amenaza no desaparece por ser ignorada.