Epílogo
E l sol se colaba entre las nubes y derramaba su luz a través de las ventanas, posándose sobre las estatuas que los rodeaban.
Las figuras, que habían existido durante miles de años y habían cruzado el océano de Grecia a Inglaterra y de vuelta, estaban en casa.
La familia Hondros al completo deambulaba por la sala, asimilándolo, disfrutando del momento juntos después de que su anfitrión los hubiera dejado.
No había dicho nada —se había limitado a enseñar el museo a los visitantes—, pero estaba ahí, tácito, en sus ojos.
Sabía quiénes eran. Lo que habían hecho.
Y cuando les hizo un gesto de asentimiento y estrechó la mano de Arie, había gratitud en su mirada, una gratitud que significaba para Arie más de lo que jamás podría explicar.
—Son increíbles —dijo Annabelle, recorriendo la sala con la mirada hasta que sus ojos se posaron en Arie.
Y lo eran, era cierto. Allí, de vuelta en Grecia, donde pertenecían, las estatuas parecían en paz.
No las habían colocado en su hogar original porque había habido demasiada destrucción y habrían corrido demasiado riesgo.
Pero ellas, junto con otras piezas rescatadas de los escombros, se exhibían en un museo cercano, en una sala construida expresamente para ellas con piedra de su templo original.
Era perfecto.
Incluso el duque parecía impresionado, aunque juró que, si alguien preguntaba, él jamás había pisado esa sala, no tenía nada que ver con aquellas estatuas ni con su paradero.
—Me gustaría daros las gracias a todos —dijo Arie, contemplando a su familia; apenas alzó la voz lo suficiente para que los demás abandonaran cualquier conversación y escucharan—. Nada de esto habría sido posible sin vosotros, de eso no hay duda.
Gracias a que Hargreaves había intercedido por él ante el duque de Breckenridge, al caso que Pine había preparado y a que Arie se había ocupado activamente de que no saliera a la luz ninguna prueba que pudiera vincularlo con el robo, había logrado evitar que prosiguiera el proceso judicial.
El magistrado le había dicho que lo vigilaba, pero Arie se las estaba arreglando poco a poco para ganárselo, proporcionándole algún que otro favor de vez en cuando.
—Hay algo de lo que me he dado cuenta, sin embargo —dijo, rascándose la sien, bastante incómodo por compartirlo, pero consciente de lo mucho que significaría para su familia que lo hiciera—.
Por mucho placer que me produzca ver estas estatuas aquí, aún más importantes son todas las personas que están en esta sala.
Sé que no se lo puse precisamente fácil a la mayoría para que estuvierais juntos…
Hubo algunos resoplidos y risas ahogadas al oír eso.
—Pero el hecho de que lucharais los unos por los otros a pesar de mi intromisión demuestra cuánto os queréis, lo importante que es que fueseis capaces de superar cualquier obstáculo y permanecer juntos —continuó Arie—. No creo que jamás hubiera llegado a entenderlo de no ser por Annabelle.
Rodeó con el brazo a su esposa, que le sonrió radiante. Llevaban unos meses casados y la vida era mejor de lo que jamás habría imaginado. Seguía preocupándose por el futuro, pero Annabelle lo había convencido de que era mejor que no se preocupara tanto por el futuro.
—Soy un hombre afortunado, y todos vosotros me habéis hecho aún más afortunado. Hemos construido esta vida juntos y necesito que sepáis lo mucho que significa para mí que todos forméis parte de ella.
Arie tuvo que detenerse entonces, porque algo se le había atascado en la garganta, una bola de emoción que desde luego no podía permitir que aflorara.
—Hemos creado una vida maravillosa, Arie —dijo Annabelle en voz baja, solo para sus oídos—. Y el que estemos todos aquí juntos es gracias a ti.
—¿Incluso cuando intenté impedir la mayoría de estos matrimonios antes de que llegaran a producirse?
—preguntó, sin mirarla a ella sino por encima de su cabeza.
Ahora se sentía un idiota por casi todo lo que había hecho.
Todos habían seguido adelante, superando cualquier obstáculo que él les hubiera puesto en el camino—.
A veces… —suspiró, sin querer admitirlo, pero podía hacerlo, por Annabelle—.
A veces apenas puedo creer que todavía quieran tenerme cerca después de todo lo que he hecho.
—Arie —dijo ella con una risa—. Te quieren. Aunque hayas sido un idiota.
Él se rio entonces, y era un sonido del que ella decía no cansarse nunca.
—Sabes cuánto te quiero, ¿verdad?
—Lo sé —dijo ella—, pero puedes seguir diciéndolo.
—Muy bien —dijo él, inclinándose y depositando un beso en sus labios—. ¡Si insistes!
Y la complació.
* * *