Capítulo 13
A nnabelle no tenía ni idea de lo que había ocurrido. Un momento antes estaban bailando. Bueno, Arie bailaba y ella lo seguía a trompicones, intentando no perder el paso como podía.
Entonces empezó a comprender lo que hacía. Tal como le había dicho Arie, en cuanto dejó de pensar y empezó a sentir, todo cobró sentido.
El único problema era que, cuando dejó de concentrarse en los pasos, se sintió abrumada por el hombre que la envolvía con sus brazos. Él siempre se mostraba tan fuerte e intimidante en apariencia que ella no había logrado ver más allá de ese exterior, hacia lo que escondía en su interior.
Se había esforzado tanto y durante tanto tiempo por odiarlo, aunque iba contra su naturaleza sentir antipatía por alguien.
Sin embargo, ahora empezaba a ver una faceta distinta de él.
Una faceta que sugería que todas aquellas veces en que había parecido el villano, él había creído de verdad que hacía lo correcto.
Que velaba por aquellos a quienes amaba, aunque lo hiciera de la peor manera posible.
Sin embargo, la propia naturaleza de sus reacciones lo había dejado… solo. Probablemente ella era la persona más cercana a él en el mundo en aquel momento —tanto en sentido literal como figurado—, y resultaba triste teniendo en cuenta que había otras personas a las que amaba tan profundamente.
Oyó el temblor de su respiración al reclinarse contra él, sintió su barbilla rozarle la sien, percibió cómo la atraía apenas un centímetro más hacia sí…
pero un centímetro que lo significaba todo cuando su torso firme se apretó contra el de ella.
Eran muy distintos, en todos los sentidos posibles, y aun así parecían encajar, como un rompecabezas que todos consideran imposible de resolver hasta que llega la persona adecuada y lo mira con otros ojos.
Cuando su aroma almizclado y masculino le llenó los sentidos, pareció recorrerle el pecho, bajarle al estómago y luego hasta el mismo vientre, donde un deseo intenso empezó a bullir y a agitarla por dentro con una desesperación que la aterraba.
El resto del salón y todos los que lo llenaban parecieron desvanecerse mientras Annabelle alzaba la cabeza y lo miraba a los ojos, atrapada por el deseo que veía reflejado en ellos. Se quedó sin aliento cuando, por un instante, creyó que él iba a inclinarse y besarla de nuevo.
La música empezó a apagarse a su alrededor, el vals fue extinguiéndose, pero a Annabelle no le importó. Estaba atrapada en los brazos de Arie, con los pies clavados al suelo, y no se habría movido aunque alguien hubiera gritado su nombre y hubiera tirado de ella para apartarla.
—Annabelle —dijo él, y su nombre escapó de sus labios en un gruñido tan grave que ella casi no lo oyó.
—Arie, yo…
Tenía tanta curiosidad como él por saber qué iba a decir, pero antes de que pudiera continuar, unas voces junto a ellos rompieron la burbuja que los envolvía, rompiendo el hechizo que el vals había tejido.
—Señora Callas, parece que su tobillo se ha curado a la perfección.
Se volvieron hacia el señor Burns, que aguardaba de pie con el brazo extendido.
—Está mejor, señor Burns —dijo ella, aunque las palabras le salieron mucho más vacilantes esta vez mientras intentaba dominar sus emociones—. Sin embargo, no creo que pudiera soportar un baile más rápido.
—Y, por desgracia, mi esposa se encuentra bastante indispuesta —añadió Arie, con un tono tajante que no admitía discusión—. Vamos a tener que regresar a casa. No obstante, sé que nos veremos pronto, señor Burns. Transmítale mis respetos.
Empezó a guiar a Annabelle por la pista de baile hacia la puerta del salón, donde los interceptaron el duque y la duquesa de Breckenridge.
—¿Ya se marchan? —preguntó la duquesa, y su desagrado era tan evidente que a Annabelle le sorprendió que la mujer pareciera sincera.
—Sí, por desgracia no me encuentro bien —respondió Annabelle con una sonrisa que esperaba que pareciera auténtica, pero estaba claro que no engañaba a la duquesa, que miró a su marido con una sonrisa de complicidad.
—Lo entiendo perfectamente —dijo antes de inclinarse hacia Annabelle y añadir en un susurro teatral y confidencial—. Alastair y yo también hemos tenido alguna que otra velada que ha terminado temprano. —Suspiró—. Qué maravilla ver a otro matrimonio tan sinceramente enamorado.
Annabelle tuvo que contener un jadeo, desconcertada por las palabras de la duquesa.
¿Enamorados? ¿Ella y Arie? Era obvio que sentían un profundo deseo el uno por el otro, pero ¿ amor ?
De ninguna manera. Sin embargo, antes de que pudiera seguir dándole vueltas a la idea, él ya tiraba de ella hacia delante, franqueaban la puerta y bajaban las escaleras, con el corazón latiéndole más deprisa que el ritmo de sus propios pies.
Aunque, a decir verdad, no tenía ni idea de adónde se dirigían exactamente.
* * *
Arie no sabía qué hacer consigo. Tenía que recuperar el control de la situación, eso lo tenía claro.
Lo que no sabía era si control significaba mantener las emociones a raya y asegurarse de que Annabelle Kennedy se mantuviera lo más lejos posible de él o llevársela a rastras a su casa y mostrarle lo que significaba estar con un hombre como él.
La miró de reojo y vio que ella tenía los ojos muy abiertos, pero no asustados. No, Annabelle era una mujer que parecía enfrentarse a todo con la cabeza alta y la mirada al frente. Incluso si era él quien se alzaba ante ella.
—Bueno —dijo, mordiéndose el labio de una forma que le provocó una sacudida de deseo que se le concentró en la entrepierna—, parece que les hemos convencido de nuestro matrimonio, aunque eso signifique que no hayamos ganado ningún amigo.
Arie no pudo decir nada. Le aterraba pensar que, si abría la boca, lo que saldría sería: Vente a casa conmigo, Annabelle .
En lugar de eso, en cuanto el carruaje llegó, le tomó el codo y la condujo al interior lo más rápido que pudo. Lo cual, por supuesto, solo empeoró las cosas, porque allí se quedó sentado, mirando por la ventanilla para no tener que mirarla a ella, pura tentación justo enfrente.
Permanecieron en silencio unos minutos hasta que la voz de ella atravesó la oscuridad.
—¿He hecho algo mal?
—No —masculló él. Había hecho todo bien. Era todo lo que siempre había deseado sin saber que lo necesitaba. Y no podía hacer nada al respecto.
—Entonces, ¿por qué actúas como si te hubiera insultado personalmente? —preguntó ella con voz indignada—. He hecho todo lo que me has pedido. Incluso bailar. Algo que no quería hacer, pero entonces tú…
Fue suficiente. Algo dentro de Arie estalló y, antes incluso de saber lo que hacía, alargó los brazos por el reducido espacio del carruaje y la rodeó con ellos. La alzó y la llevó hasta su asiento, la acomodó sobre su regazo y descendió los labios sobre los de ella.
Ella jadeó contra su boca y él se bebió su aliento, moviendo los labios sobre los suyos con todo el deseo reprimido que se le había ido acumulando desde el comienzo de la velada —demonios, desde el principio de todo este plan o incluso desde la primera vez que la conoció, cuando ella le desató las cuerdas de las muñecas durante el golpe para robar las joyas del barón—.
Cuando la besó por primera vez, había esperado que fuera suficiente, que saciara su deseo por ella y le permitiera seguir adelante.
Pero lo único que consiguió fue desearla aún más, y ahora no sabía si podría alguna vez tener suficiente.
Las manos le vagaron por el cuerpo, deslizándose por los brazos y bajo la capa, apretándola contra él.
Le rodeó la cintura con las manos y extendió los dedos justo bajo sus senos, y no pudo evitar deslizar los pulgares y rozarle los pezones.
Ella gimió en su boca mientras se arqueaba contra él, y a él se le aceleró aún más la respiración mientras luchaba por no tumbarla en el asiento y tomarla allí mismo.
Sin embargo, incluso entre la bruma del deseo, sabía que ella no era una mujer a la que hacer suya de ese modo, que no era la forma que merecía en su primera vez, aunque estuviera perfectamente dispuesta.
—Arie —susurró ella, echándose hacia atrás y apartándose de él, con la boca pegada a su oído mientras él aprovechaba para cubrir de besos la curva de los pechos asomando sobre el corpiño—, ¿qué estamos haciendo?
Sus palabras enfriaron un poco su ardor y él se retiró ligeramente.
—¿Quieres que pare? —logró decir con la respiración entrecortada—, pero ella negó con la cabeza.
—No —murmuró ella.
Fue todo el estímulo que necesitó para volver a apoderarse de sus labios, para levantarla de modo que se sentara a horcajadas sobre él, con su calor apretándose contra la erección que palpitaba tras la bragueta, a punto de liberarse y mostrarle exactamente cuánto la deseaba, cuánto la necesitaba .
Lo que era una locura, porque Arie Hondros nunca había necesitado a nadie.
Ella le estaba poniendo el mundo patas arriba y él no tenía ni idea de qué hacer al respecto.
El carruaje se detuvo con una sacudida y Arie tuvo la suficiente presencia de ánimo para mirar por la ventanilla y comprobar que habían llegado a la joyería y a los apartamentos de Annabelle.
Sopesó si debía ser un hombre mejor y dejarla allí, sola, mientras él seguía camino a casa para lidiar con aquel deseo desbordado.
Pero Arie no era ese hombre, y no pensaba disculparse por ello. Si Annabelle quería aquello, si lo quería a él… parecía que ya no tenía resistencia para decir que no.
La ayudó a bajar del carruaje, la acompañó hasta la entrada y se detuvo ante ella, con las manos de Annabelle entre las suyas.
Bajó la mirada antes de alzar la cabeza y se encontró con sus ojos. El deseo y otra emoción, una que él no supo nombrar, se agitaban en lo más hondo de su mirada.
—¿Quieres pasar? —preguntó ella.
Él no dijo nada, pero asintió. Ella empujó la puerta, le tomó la mano y lo guió escaleras arriba. El corazón le latía más deprisa que nunca, más incluso que cuando ejecutaba sus golpes más ambiciosos.
¿Qué tenía aquella mujer que lo convertía en otro hombre por completo?
Dejaron atrás la puerta que daba a la joyería, la que Arie sabía que estaba cerrada con tranca.
Pensó que la puerta trasera también tendría que estarlo, porque aquellas escaleras conducían a la habitación de Annabelle, donde se guardaba la joya más valiosa de todo el edificio: la propia Annabelle.
Ella se detuvo al final y rebuscó en el bolsillo hasta encontrar la llave.
Pero cuando la acercó a la cerradura, no hizo falta introducirla: la puerta se abrió con solo tocarla.
—¿Pero qué demonios…? —empezó Annabelle, disponiéndose a entrar, pero Arie la tomó de los hombros y la detuvo.
—Primero entro yo —dijo, aunque tampoco quería dejarla sola—. Quédate justo detrás de mí.
Ella asintió y él se agachó para sacar la pequeña pistola que siempre llevaba en la bota, antes de adentrarse en la habitación con pasos lentos y cautelosos, alerta por si quedaba alguien dentro.
Miró entre las sombras, a un lado y a otro, sin encontrar nada en la penumbra, hasta que Annabelle se inclinó y encendió un farol.
La estancia cobró vida y reveló el caos, pero ni rastro de persona alguna.
Annabelle dejó escapar un sonido a medio camino entre un jadeo y un gemido al ver que todas sus cosas —los muebles y los cuadros en los que tanto había trabajado— estaban destrozados o, como mínimo, volcados por toda la habitación.
La observó mientras se acercaba a una mesa auxiliar y dejaba caer la cabeza, abatida, al comprobar que estaba vacía.
—¿Qué era?
—Una pulsera en la que estaba trabajando —dijo con un suspiro—. Debería haberla dejado abajo, pero quería terminarla anoche. Ya no está.
—¿Algo más?
Negó con la cabeza.
—Aquí no había nada más de valor. ¿Quién haría algo así? —preguntó, alzando la vista hacia Arie con los ojos muy abiertos.
Él negó con la cabeza, sombrío, incapaz de responderle, aunque de algo sí estaba seguro: cuando averiguara quién había sido, ese alguien desearía no haber pisado jamás la propiedad de Annabelle Kennedy.
—La joyería —dijo ella, y echó a correr hacia la puerta, bajando las escaleras a toda prisa antes de que él pudiera detenerla. Arie salió tras ella y se aseguró de llegar junto a ella al mismo tiempo. Le sujetó el brazo mientras se acercaban con cautela a la puerta y se detenían justo delante.
—¿Tienes las llaves? —murmuró, y ella asintió, mientras él alzaba el farol para iluminar la puerta. Alrededor de la cerradura se veían arañazos y profundas marcas en la madera, pero, por lo que alcanzaba a distinguir, no habían llegado a forzarla.
Ella le pasó la llave. Él la introdujo en la cerradura, empujó la puerta y entró con cautela. Miró a un lado y a otro, manteniendo el farol en alto, pero todo parecía intacto.
—Que yo sepa, aquí no ha entrado nadie —dijo, y volvió la vista hacia ella. Annabelle aún tenía una mano apoyada en la cintura de él—. ¿Ves algo fuera de lugar?
—No —respondió ella, negando con la cabeza—. Nada.
—Habrán intentado forzar la entrada y, al no conseguirlo, habrán subido a ver si encontraban algo —dijo, y se pasó una mano por la frente—. Maldita sea, Annabelle, no estás segura aquí.
Ella retrocedió un paso y se plantó con las manos en las caderas.
—Llevo más de un año viviendo aquí y es la primera vez que pasa —dijo—. No va a pasarme nada.
—¡Annabelle! —exclamó, y el miedo que sentía se desbordó en sus palabras. No le gustaba aquel miedo, detestaba lo que le provocaba, cómo le recordaba lo que se sentía al amar con todo el ser para luego perderlo todo—. Una vez ya es una vez de más. ¿Qué habría pasado si hubieras estado en casa?
—Seguro que los habría oído intentando entrar y entonces podría haber… no sé… ¿buscado un arma? ¿Escondido?
Pero, incluso mientras intentaba explicarse, él vio cómo el pánico le cruzaba el rostro al comprender la situación tan grave en la que podría haberse encontrado. Arie negó con la cabeza mientras se acercaba a ella.
—Es un riesgo demasiado grande —dijo—. Tienes que irte.
La furia ardía ahora en sus ojos al alzar la vista hacia él.
—Eso es muy fácil de decir. ¿Adónde sugieres que vaya?
Habló antes de pensar bien lo que estaba a punto de proponer. Era una locura, pero, en aquel momento, no había otra opción.
—Te vienes a casa conmigo.