Capítulo 35 #2
Obedecí. La penetré con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo, sintiendo cómo el placer se acumulaba en la base de mi columna, cómo mis testículos golpeaban contra ella con cada embestida.
Agarré sus muñecas y las levanté sobre su cabeza, inmovilizándolas contra el respaldo del sofá, dominándola completamente mientras mi miembro entraba y salía de ella con fuerza brutal.
—Eres mía —gruñí contra su cuello, mordiendo su piel, marcándola—. Dilo. Dime que eres mía.
—Sí —jadeó ella, con la cabeza echada hacia atrás, con la corbata todavía cubriéndole los ojos—. Solo tuya. Dios, Alexander, me voy a correr...
—Espera —ordené, aunque sabía que era imposible—. Espera un poco...
—No puedo... —gimió ella—. Es demasiado... estás demasiado dentro...
La penetré una última vez, profundo, brutal, hasta lo más hondo de ella, y sentí cómo explotaba.
Su orgasmo fue una contracción violenta alrededor de mi miembro, una succión que me arrastró con ella.
Grité su nombre, vaciándome dentro de ella con fuerza, con una intensidad que me dejó ciego durante varios segundos, viendo estrellas detrás de mis párpados cerrados.
Nos quedamos así, jadeantes, sudorosos, conectados de la forma más primitiva posible, durante minutos que parecieron horas.
Cuando finalmente recuperé el aliento, me separé de ella con una sensación de pérdida física. Saqué un pañuelo del bolsillo y limpié suavemente entre sus piernas, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes. Luego, con cuidado, le desaté la corbata de los ojos.
Emma parpadeó, adaptándose a la luz tenue. Sus ojos verdes estaban húmedos, vidriosos, llenos de una emoción que no sabía interpretar. La tomé en brazos y la senté en mi regazo, en el sofá, envolviéndola con mis brazos como si pudiera protegerla del mundo entero.
Estaba entre mis brazos, con la cabeza apoyada en mi hombro, con el pelo despeinado y el vestido todavía subido por la cintura. Nunca había visto nada más hermoso. Nunca había sentido esta paz, esta certeza de que estaba exactamente donde debía estar.
Besé su sien, inhalando el olor a sexo y a ella que impregnaba el aire.
—Emma —susurré, y mi voz tembló, cargada de emoción—. Mírame.
Ella levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron, y en ese momento supe que no podía esperar más. No podía seguir guardando esto. Necesitaba que lo supiera. Necesitaba que entendiera lo que ella significaba para mí.
—Hay algo que necesito decirte —dije, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. Algo que he querido decirte desde el momento en que te vi desaparecer por esa puerta hace un mes, dejando esa nota.
Emma se tensó ligeramente, pero no se apartó. Esperó.
—No solo te quiero —continué, buscando las palabras correctas, las únicas que importaban—. No solo te necesito. Eres... eres el centro de mi universo, Emma. Eres la razón por la que me despierto por las mañanas. Eres el hogar que nunca supe que estaba buscando.
Con la mano libre, metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta. Saqué la pequeña caja de terciopelo azul que llevaba allí desde hacía semanas, esperando el momento correcto. Ahora era el momento. Era el único momento posible.
Abrí la caja. El anillo brilló bajo la luz de las velas. Era una esmeralda rodeada de diamantes, antiguo, con un diseño art déco que databa de los años veinte. Había pertenecido a mi madre. Catherine Prescott lo había llevado en su mano izquierda durante cuarenta años, hasta el día en que murió.
—Este anillo —dije, tomando la mano de Emma y deslizando la caja hacia ella—. Perteneció a mi madre. Es lo único que tengo de ella, lo único que realmente importa. Y no hay nadie en este mundo, nadie en toda mi vida, que merezca llevarlo más que tú.
Emma se quedó inmóvil, mirando el anillo con los ojos abiertos de par en par. Vi cómo se le llenaban de lágrimas, cómo empezaban a caer por sus mejillas en silencio, sin sollozos, solo un río silencioso de emoción.
—Emma Sullivan —dije, y mi voz se quebró, pero seguí adelante—.
¿Te casarías conmigo? No porque sea fácil.
No porque no tengamos problemas. Sino porque contigo he aprendido que el amor no es controlar, ni proteger a distancia, ni ser perfecto.
Es simplemente... estar. Y yo quiero estar contigo.
Cada día. Cada noche. Hasta que seamos viejos y arrugados y todavía no me canse de mirarte.
Las lágrimas seguían cayendo. Extendí el pulgar y sequé una que resbalaba por su mejilla, luego otra. Estaba llorando en silencio, con una expresión de tal vulnerabilidad y tal felicidad que sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—No tienes que responder ahora —susurré, besando rápidamente sus labios, saboreando la sal de sus lágrimas—. Puedes pensarlo. Puedes...
—Alexander —me interrumpió ella, y su voz sonó firme a pesar de las lágrimas.
—¿Sí?
Ella sonrió, una sonrisa temblorosa pero luminosa.
—No es que sea suficiente —dije, buscando sus ojos, hundiéndome en ellos—. No es que seas suficiente para mí. Eres... eres todo cuanto necesito. Eres todo.
Emma soltó un sollozo que era mitad risa, mitad llanto. Y entonces me besó. No fue un beso suave ni tierno. Fue un beso que lo decía todo. Un sí sin palabras. Un compromiso sellado con lengua y aliento y promesas.
Cuando nos separamos, estaba temblando. Los dos estábamos temblando. Saqué el anillo de la caja y se lo deslicé en el dedo. Le quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho para ella, como si mi madre hubiera sabido, de alguna forma imposible, que un día esta mujer llevaría su anillo.
La abracé con fuerza, enterrando mi rostro en su pelo, sintiendo su corazón latir contra el mío.
Permanecimos así durante largos minutos, simplemente respirando el uno del otro, simplemente existiendo en ese pequeño reservado que olía a sexo y a amor y a futuro.
Emma jugueteaba con el anillo en su dedo, mirándolo como si fuera el tesoro más precioso del mundo. Yo la observaba, memorizando cada detalle de su rostro, cada destello de luz en sus ojos húmedos, cada curva de su sonrisa.
—¿Estás segura? —pregunté finalmente, porque necesitaba oírlo, necesitaba que las palabras existieran fuera de mi cabeza.
Ella me miró. Realmente me miró.
—Nunca he estado tan segura de nada —dijo—. Pero también tengo miedo, Alexander. Tengo miedo de que seamos demasiado rotos para hacer esto bien.
—Entonces seremos rotos juntos —respondí, besando su frente—. Y aprenderemos a curarnos el uno al otro.
Se acomodó más contra mí, con las piernas enredadas en las mías, con el anillo brillando en su mano izquierda como una promesa visible.
Y mientras la sostenía, mientras el jazz seguía sonando apagado al otro lado de la cortina y el mundo seguía girando indiferente a nuestra pequeña revolución, me encontré preguntándome algo.
Me pregunté si mañana, cuando despertara, esto seguiría siendo real. Si no sería un sueño del que despertaría solo y frío. Si ella realmente diría que sí cuando le hiciera la pregunta oficialmente, con testigos y papeles y todo lo que implicaba una vida compartida.
Pero luego sentí su mano en mi pecho, sobre mi corazón, y sentí el peso real del anillo en su dedo, y supe que no importaba.
Porque ella estaba ahí. Ahora. Conmigo.
Y mientras tuviera eso, podía enfrentarme a cualquier incertidumbre, a cualquier miedo, a cualquier mañana que pudiera traer.
La besé de nuevo, suave esta vez, como si fuera la primera vez.
Y en ese beso, encontré mi respuesta.