El riesgo de mirarte Capítulo 35
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Capítulo 35

Alexander

Esa misma noche, después de dejar atrás el edificio de Prescott Technologies y el escándalo de los titulares, conduje hasta The Black Room con Emma a mi lado.

El coche se deslizaba por las calles de Boston envueltas en la oscuridad, pero el silencio entre nosotros ya no era el denso y amenazante de semanas atrás.

Ahora era un silencio cargado de electricidad, de posibilidades, de la promesa tácita de que algo había cambiado irrevocablemente.

El club apareció ante nosotros como siempre lo hacía: discreto, invisible desde la calle, accesible solo para quienes sabían dónde buscar. Derek nos recibió en la puerta con una sonrisa que intentaba ser casual pero no lograba ocultar la curiosidad.

—Joder, hermano —dijo, dándome una palmada en la espalda que me hizo tambalearme—. Hacía siglos que no te veía así. Relajado, quiero decir. Casi... feliz.

—Cállate —respondí, aunque sonreía mientras ayudaba a Emma a quitarse el abrigo.

Chloe apareció detrás de Derek, con un vestido rojo que brillaba bajo la luz tenue del vestíbulo. Abrazó a Emma con fuerza, susurrándole algo al oído que hizo que mi mujer se sonrojara y soltara una risa que resonó como campanillas en el espacio cerrado.

Nos sentamos en la barra, en nuestro rincón habitual.

Derek sirvió cuatro whiskies sin preguntar, con la familiaridad de quien conoce los gustos de sus clientes habituales.

La conversación fluyó fácil, llena de bromas y pullas que solo servían para disipar la tensión acumulada de las últimas semanas.

—En serio —insistió Derek, inclinándose hacia mí con el codo sobre la barra—. La última vez que te vi así fue... ¿cuándo? ¿Antes de que muriera papá? No, incluso antes. Cuando éramos críos y robasteis esas galletas de la despensa de mamá.

—Eras tú quien robaba las galletas —corregí, sintiendo cómo el whisky me calentaba la garganta y aflojaba los músculos tensos de la mandíbula.

—Pero tú te las comías —replicó Derek, guiñando un ojo a Emma—. Siempre fue un egoísta, este.

Emma se rio, y el sonido me recorrió la espina dorsal como un estremecimiento eléctrico.

La miré de reojo, observando cómo la luz ámbar del bar dibujaba sombras doradas sobre su piel, cómo sus dedos jugueteaban con el borde de su vaso, cómo su lengua humedecía sus labios antes de cada sorbo.

Estaba preciosa. Estaba viva. Y estaba conmigo.

Una hora después, Derek tuvo que atender a unos clientes VIP que habían llegado sin avisar. Chloe se ofreció a acompañarle, no sin antes lanzarnos una mirada cómplice que decía más que mil palabras.

—No hagáis nada que yo no haría —dijo Chloe, besando a Emma en la mejilla.

—Eso deja mucho margen —respondí, y por primera vez en años, me sorprendí a mí mismo haciendo un chiste en público.

Cuando nos quedamos solos, el ambiente cambió. La música de jazz que flotaba desde el escenario se volvió más íntima, más lenta. Nos miramos. Realmente nos miramos, con la intensidad de dos personas que han pasado por el fuego y han decidido que prefieren arder juntas que rescatarse solas.

—¿Recuerdas la primera vez que estuviste aquí? —pregunté, acercando mi mano a la suya sobre la barra de madera oscura.

Emma asintió. Sus dedos se entrelazaron con los míos, provocando una chispa que subió por mi brazo y se instaló en el pecho.

—Estaba aterrorizada —confesó—. Pensaba que eras un hombre peligroso.

—Lo soy —dije, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido—. Pero solo para quien intenta hacerte daño.

Se mordió el labio inferior. Ese gesto, tan suyo, tan vulnerable, me hizo perder el aliento durante un segundo.

—Alexander —susurró, y su nombre en mis labios sonó como una invitación—. ¿Alguna vez has...?

Se detuvo, ruborizándose. Nunca la había visto sonrojarse de esa forma, con esa mezcla de timidez y audacia que me volvía loco.

—¿He qué? —pregunté, acercándome más, hasta que nuestras rodillas se rozaban bajo la barra.

—Has utilizado los reservados —dijo, señalando con la cabeza hacia el fondo del local, donde cortinas de terciopelo negro ocultaban espacios privados—. Derek me contó que... que vienes aquí a veces. Para... eso.

Comprendí. Y en lugar de sentir vergüenza o el instinto defensivo de ocultar mi pasado, sentí una oleada de deseo tan intensa que me dejó sin aliento. Quería mostrarle ese lado de mí. Quería que viera que podía ser suyo completamente, sin reservas, sin máscaras.

—¿Quieres ver uno? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo habitual, cargada de una promesa oscura.

Emma no respondió con palabras. Solo asintió, con los ojos brillantes de una excitación que compartía.

Cogí su mano y la guie hacia el fondo del club. Derek nos vio pasar y sonrió, haciendo un gesto hacia uno de los reservados específicos, el más grande, el más alejado, el que sabía que estaría libre porque lo había reservado para nosotros sin que yo se lo pidiera. Mi hermano sabía demasiado.

Entramos. El espacio era pequeño pero lujoso: paredes tapizadas en terciopelo negro, un sofá de cuero oscuro, una mesita baja con velas, y una iluminación tan tenue que apenas permitía distinguir los rasgos.

La puerta se cerró con un clic suave, y el silencio nos envolvió. Estábamos solos. Completamente solos.

Emma se quedó de pie en el centro, mirando a su alrededor con una mezcla de nerviosismo y curiosidad.

La observé, permitiendo que mis ojos recorrieran su cuerpo con la libertad que me había negado durante semanas.

El vestido de color vino se adhería a sus curvas de una manera que me hacía querer arrancárselo con los dientes.

—Ven aquí —ordené, y no fue una petición.

Ella obedeció, dando dos pasos hasta quedar frente a mí. Podía oler su perfume, esa mezcla de vainilla y algo más oscuro que ya había asociado con ella. Podía sentir el calor que irradiaba su piel, la tensión de su respiración agitada.

—Confías en mí —dije. No era una pregunta.

—Sí —respondió ella, con la voz apenas un susurro.

Lentamente, sin prisa, me desabroché la corbata. Era de seda negra, cara, una de esas que llevaba para las reuniones de negocios donde necesitaba sentirme armado. Pero ahora la quería para otra cosa.

—Te voy a tapar los ojos —dije, y vi cómo su respiración se aceleraba, cómo sus pechos se elevaban con la excitación contenida—. No porque no quiera que me veas. Sino porque quiero que sientas. Solo sientas.

Emma asintió, con los labios entreabiertos.

Me acerqué a ella, rodeándola con mis brazos, y le coloqué la corbata sobre los ojos, atándola suavemente detrás de su cabeza.

No apreté demasiado. Solo lo suficiente para que la oscuridad fuera absoluta, para que sus otros sentidos se agudizaran, para que dependiera de mí completamente.

—¿Puedes ver algo? —pregunté, comprobando que la tela no le hiciera daño.

—No —respondió, y su voz temblaba de anticipación—. Estoy completamente a oscuras.

—Bien —gruñí contra su oído, sintiendo cómo se estremecía—. Ahora, vas a sentir todo lo que he querido hacerte durante este mes de tortura. Vas a sentir cuánto te deseo. Cuánto te necesito.

La cogí en brazos. Ella chilló sorprendida, pero se aferró a mi cuello, entregándose completamente. La deposité sobre el sofá de cuero, que crujió bajo nuestro peso. Estaba boca arriba, vulnerable, con los brazos extendidos sobre la cabeza, confiando en que yo cuidaría de ella.

Me arrodillé junto al sofá. Empecé por sus tobillos, besando cada centímetro de piel expuesta, subiendo lentamente por sus pantorrillas, sus rodillas, el interior de sus muslos.

Cada beso era una marca, una declaración de posesión.

Emma gemía, arqueándose, intentando ver a través de la tela que le impedía el paso de la luz.

—Alexander... —susurró, con la voz ronca.

—Shhh —la callé, mordisqueando el interior de su muslo hasta dejar una marca roja—. No hables. Solo siente.

Subí por su cuerpo, arrastrando la lengua por su vientre, deteniéndome en su ombligo, luego subiendo hasta sus pechos.

El vestido era un obstáculo que necesitaba desaparecer.

Lo levanté por encima de su cintura, dejando al descubierto su ropa interior de encaje negro.

Gemí al verla, al saborear su piel con la lengua, al sentir cómo sus pezones se endurecían bajo mi boca a través de la tela fina.

—Por favor... —suplicó ella, moviendo las caderas buscando fricción.

—¿Qué quieres? —pregunté, torturándola con mi aliento caliente contra su sexo, todavía cubierto por la tela—. Dime exactamente qué quieres.

—Te quiero dentro —gritó ella, sin vergüenza, sin reservas—. Ahora, joder. Necesito sentirte.

Me aparté el cinturón y la cremallera con movimientos frenéticos. Mi miembro saltó libre, dura, palpitante con la necesidad de estar dentro de ella. Bajé sus bragas de un tirón, dejando al descubierto su sexo húmedo, brillante, esperándome.

La penetré de una sola embestida. Emma gritó, un sonido que resonó en el pequeño espacio insonorizado, un grito de placer y sorpresa. Estaba tan húmeda, tan preparada, que entré hasta el fondo sin resistencia, sintiendo cómo sus paredes internas me acogían, me apretaban, me reclamaban.

—Joder, Emma —gruñí, con los dientes apretados—. Eres perfecta. Tan jodidamente perfecta.

Empecé a moverme con fuerza, sin piedad, sin suavidad.

Esta no era una unión tierna. Era una reclamación.

Era el mes de abstinencia haciéndose sentir, era el miedo a perderla transformándose en posesión física.

Cada embestida hacía que el sofá se moviera, que sus pechos rebotaran, que ella gritara mi nombre una y otra vez.

—Más fuerte —suplicó ella, con las uñas clavándose en mi espalda—. Alexander, por favor, más fuerte...