El riesgo de mirarte Capítulo 32
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Capítulo 32

Alexander

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Victor. Mi primo lejano. El hijo de un tío segundo de mi padre que había trabajado en la empresa durante quince años, desde que terminó la universidad hasta que yo heredé el control.

Un hombre al que había considerado familia, a quien había visto en Navidades, en funerales, en reuniones de accionistas donde siempre se sentaba en la última fila con una sonrisa amable y poco más.

—¿Está seguro? —pregunté, con la voz ronca por el sueño interrumpido.

—Totalmente seguro —respondió Morrison—. Hemos rastreado las transferencias bancarias. Hemos encontrado sus comunicaciones con Helen Vance. Y tenemos algo más: registros de que accedió a los archivos personales de su padre hace doce años. Justo antes de que muriera.

Colgué y me quedé mirando el techo durante largos minutos, procesando la información. Victor había creído siempre que la empresa debía haber sido suya. Mi padre y él habían crecido juntos, aunque con una diferencia de edad considerable.

Cuando mi padre fundó Prescott Technologies , Victor fue uno de los primeros empleados.

Cuando yo, a los veintitrés años, heredé el control tras la muerte de mi padre, Victor se había quedado en un segundo plano.

No había protestado. No había dicho nada.

Pero debió de guardar el rencor como quien guarda un cuchillo: afilado, oculto y listo para usar.

Emma se movió a mi lado, abriendo los ojos con esa claridad que siempre la caracterizaba, incluso recién despertada.

—¿Qué ocurre? —preguntó, y notó mi tensión de inmediato.

Se lo conté todo. Sobre Victor, sobre los años de resentimiento acumulado, sobre cómo la conspiración había comenzado como un simple intento de debilitarme profesionalmente, pero había mutado cuando descubrió la conexión entre nuestras familias.

—Encontró los archivos de mi padre —dije, con la voz quebrada—. Descubrió que mi padre había ayudado con tu adopción. Que había una... una especie de destino que nos unía antes de que nos conociéramos. Y decidió usar eso contra nosotros. Para destruirme emocionalmente, no solo profesionalmente.

Emma se incorporó en la cama, con las sábanas recogidas contra su pecho. Su rostro se había puesto pálido, y en sus ojos vi algo que temía más que cualquier otra cosa: culpa.

—Es mi culpa —dijo Emma, y su voz sonó plana, distante—. Si no hubiera aparecido en tu vida, si no tuviera este pasado, este vínculo con tu padre... Victor no habría tenido esa arma. No habría podido usarte de esta forma.

La tomé de los hombros, obligándola a mirarme. Su piel estaba fría bajo mis dedos.

—No digas eso —dije, con más fuerza de la que pretendía—. Emma, escúchame bien: tú no eres el problema. Nunca lo has sido.

—Pero mi historia... —insistió ella, con los ojos brillantes—. Mi pasado provocó todo esto. Si no fuera por mí, Victor solo habría intentado robarte la empresa, no... no destruirte emocionalmente.

La atraje hacia mí, la abracé con fuerza, sintiendo su corazón acelerado contra mi pecho.

—Eres la razón por la que finalmente descubrimos la verdad —dije contra su pelo—.

Si no fuera por ti, si no fuera por nuestra conexión, nunca habría revisado esos archivos antiguos.

Nunca habría encontrado la carta de mi padre.

Nunca habría entendido que Victor estaba detrás de todo.

Tú eres la pieza que hizo encajar el rompecabezas, Emma. No la causa del caos, sino la solución.

Ella se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Vi la lucha en su mirada, la batalla entre su tendencia a asumir la culpa y mi intento de liberarla de ella.

—Desde que aparecí —dijo, con la voz temblosa—, todo se ha complicado. Tu empresa, tu reputación, tu... tu paz.

La tomé de la cara, obligándola a mantener el contacto visual.

—Desde que apareciste —dije, y cada palabra era una promesa—, mi vida tiene sentido. Antes de ti, Emma, estaba solo en una torre de cristal, mirando el mundo sin formar parte de él. Tú no complicaste nada. Tú lo iluminaste todo.

La presión mediática explotó esa misma tarde.

Los periódicos digitales publicaron la noticia sobre Victor, pero la narrativa se había distorsionado.

Ahora no era solo un primo resentido intentando sabotear una empresa.

Era un escándalo familiar, una historia de traición y venganza que vendía más ejemplares cuanto más dramática se volvía.

Y en el centro de esa tormenta estaba Emma. Su nombre aparecía en cada artículo, no como la profesional brillante que era, sino como «la amante del CEO», «la hija abandonada», «el punto débil de Alexander Prescott».

A las cuatro de la tarde, Harrison convocó una reunión de emergencia de la junta directiva.

Exigió mi presencia, y solo mi presencia.

Pero Emma insistió en acompañarme hasta la puerta de la sala de juntas, con la mandíbula tensa y los ojos desafiando a cualquiera que se atreviera a mirarla con condescendencia.

La reunión fue breve y brutal. Harrison hablaba en nombre de los accionistas mayoritarios.

—Alexander, la situación es insostenible —dijo, con su voz de siempre, pausada y gélida—. Los medios no hablan de la empresa. Hablan de tu vida privada. De tu... relación.

—Mi relación no es asunto de esta junta —respondí, con la voz tensa.

—Lo es cuando afecta al valor de las acciones —intervino otro miembro, una mujer llamada Patricia que nunca me había caído bien—. La empresa necesita estabilidad. Y ustedes dos... su historia, este escándalo familiar, está destruyendo la confianza de los inversores.

Harrison levantó una mano para silenciarla.

—No estamos pidiendo que termine la relación —dijo, aunque sus ojos decían que eso era exactamente lo que preferirían—.

Solo pedimos... un distanciamiento temporal.

Que la señorita Sullivan se aleje de la empresa durante unos meses.

Que usted aparezca solo, como un CEO profesional, sin... complicaciones emocionales.

Sentí que la rabia me invadía, caliente y ciega.

—Emma no es una complicación —dije, con los dientes apretados—. Es la directora ejecutiva de marketing de la mejor agencia de publicidad de este país. Y mi pareja. No voy a esconderla como si fuera un secreto vergonzoso.

—Entonces estará destruyendo su propia empresa —dijo Harrison, sin levantar la voz—. Porque mañana, si no hay cambios, presentaremos una moción de censura. Y esta vez, Alexander, no habrá discurso emotivo que la detenga.

Salí de la sala con las manos temblando. Emma estaba en el pasillo, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados. No dijo nada cuando me acerqué, solo me miró con esos ojos verdes que parecían ver demasiado.

—¿Lo has oído? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Asintió. Su rostro estaba pálido, pero sereno.

—Todo —dijo—. He oído todo.

Caminamos en silencio hasta el coche. El trayecto de vuelta a mi ático transcurrió sin palabras, con Emma mirando por la ventana y yo intentando encontrar la forma de arreglarlo, de solucionarlo, de protegerla de nuevo.

Pero cuando entramos en el apartamento, ella se detuvo en el centro del salón. No se sentó. No se quitó el abrigo. Solo se quedó allí, con la espalda erguida y una expresión que no supe interpretar.

—Alexander —dijo, y su voz era extraña, distante—. Necesito preguntarte algo. Y necesito que me respondas con honestidad.

—Siempre —prometí, acercándome a ella.

—¿Estoy destruyendo tu vida? —preguntó, y la pregunta me golpeó como un látigo—. No solo la empresa. Tu vida. Tu paz. Tu... futuro.

La tomé de los hombros, pero ella se apartó suavemente. No con rechazo, sino con una determinación que me aterró.

—Emma, no...

—Dime la verdad —insistió, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían—.

Porque estoy asustada, Alexander. Estoy aterrorizada de que mi antigua herida tenga razón.

De que amar a alguien, de que ser amada, signifique inevitablemente convertirse en una carga.

En un problema. En algo que el otro tiene que sacrificar.

Retrocedió un paso. Luego otro. Se acercó a la ventana, mirando la ciudad que se extendía bajo nosotros.

—Si amar a alguien pone su vida en peligro —dijo, casi para sí misma—, quizá debería marcharse. Quizá debería alejarme antes de que sea demasiado tarde. Antes de que termines odiándome por todo lo que has perdido por mí.

El silencio que siguió fue el más aterrador que había experimentado.

Porque por primera vez desde que estábamos juntos, vi en sus ojos algo que nunca había visto antes: la consideración real de irse.

No como amenaza, no como drama. Como una opción lógica.

Como la única forma de salvarme que ella creía posible.

—¿Es eso lo que quieres? —pregunté, y mi voz sonó rota, vulnerable—. ¿Irte?

Ella se giró. Las lágrimas ahora caían libremente.

—No —dijo, con la voz quebrada—. Es lo último que quiero. Pero tampoco quiero ser la razón por la que pierdas todo lo que has construido. Tu empresa, tu reputación, tu...

—¿Mi soledad? —interrumpí, acercándome a ella a pesar de que se apartaba—. ¿Mi vida vacía en una torre de cristal donde nadie me conoce realmente? Emma, escúchame. Escúchame bien.

La tomé de la cara, obligándola a mirarme. Sus mejillas estaban húmedas bajo mis dedos.

—¿Y si te destruyo? —susurró ella—. ¿Y si al final, después de todo esto, termino siendo tu ruina?

Sonreí, aunque no había nada de humor en el gesto. Era una sonrisa de resignación, de verdad finalmente dicha.

—Ya estaba destruido antes de conocerte —dije, y las palabras salieron con la honestidad que me había costado décadas encontrar—.

Destruido por el miedo, por el control, por la creencia de que si no necesitaba a nadie, nadie podría abandonarme.

Tú no me destruyes, Emma. Tú me reconstruyes.

Pieza a pieza, día a día, me estás enseñando a ser humano.

Ella cerró los ojos. Un sollozo escapó de su garganta, y la atraje hacia mí, la abracé con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se rendía contra el mío.

—No te vayas —susurré contra su pelo—. Por favor. No hagas lo que crees que es mejor para mí. Quédate. Elige quedarte. Aunque sea difícil. Aunque sea complicado. Elige quedarte.

Ella se aferró a mi chaqueta, con los puños blancos, temblando.

—Tengo miedo —confesó—. Tengo tanto miedo de ser una carga. De que un día despiertes y te des cuenta de que no valía la pena.

—Ese día no llegará —prometí—. Y si llega, si alguna vez sientes que estás siendo una carga, hablaremos. Lo resolveremos. Juntos. Pero no tomes decisiones por mí, Emma. No me robes la opción de elegirte a ti.

Permanecimos así durante largos minutos, en el centro del salón, con la ciudad brillando indiferente a nuestros pies.

Y cuando finalmente se apartó, cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi que algo había cambiado.

El miedo seguía ahí, pero ahora compartía espacio con algo más fuerte: la esperanza.

—Me quedo —dijo, y fue una promesa—. Pero necesito que me prometas algo.

—Lo que sea.

—Que si alguna vez sientes que estoy destruyendo tu vida... me lo dirás. No me dejarás adivinar. No me dejarás descubrirlo cuando ya sea demasiado tarde.

—Lo prometo —dije, y besé su frente, su nariz, sus labios—. Te lo prometo.

Esa noche, la presión mediática seguía arreciando fuera, pero dentro del ático, en nuestra burbuja de cristal, encontramos una paz frágil. Emma se durmió en el sofá, agotada por las emociones del día, y la llevé en brazos hasta la cama, la arropé con cuidado, me senté a su lado a vigilarla dormir.

Pensé en Victor, en su rencor acumulado durante décadas, en cómo había permitido que el odio lo consumiera hasta el punto de destruir a quienes una vez consideró familia. Pensé en mi padre, en su silencio sobre la ayuda que había prestado a Emma, en su forma de proteger sin controlar.

Y pensé en nosotros. En lo frágil que era esto que estábamos construyendo, y en lo fuerte que podíamos llegar a ser si dejábamos de tener miedo.

Emma se movió en sueños, murmurando algo ininteligible. Le acaricié el pelo, y ella se calmó, se aferró a mi mano incluso dormida.

No había resuelto nada. La junta seguía exigiendo su sacrificio, y yo seguía negándome a hacerlo. Victor seguía libre, aunque Morrison aseguraba que la detención era inminente. El escándalo seguía creciendo.

Pero por primera vez, no me sentía solo frente a todo ello.

Tenía a Emma. Y ella se quedaba.

Y mientras la ciudad dormía y nosotros resistíamos, supe que eso era suficiente para empezar.