Epílogo
Logan
—He jugado mucho con Casey y estoy cansada —anunció Alice, y sonreí para mi hija y su bostezo desdentado.
—¿Es tu mejor amiga?
—De todo el mundo —afirmó Alice con una sonrisa y se acomodó en la cama. —¿Me cuentas una historia?
—En un reino no tan lejano, existía un príncipe que vivía en un castillo. Al lado de ese castillo había otro, donde una princesa de cabello rubio oscuro vivía encerrada en una torre —empecé y arreglé la manta de su cama al mismo tiempo que me sentaba a su lado.
—¿Rubio como el mío, papá?
—Sí, querida, como el tuyo. Igualita a ti, de hecho. Esa princesa huía todos los días de su torre para dormir en el castillo del príncipe. Se hicieron amigos, pero en el fondo, en el fondo, él amaba a su princesa por completo. Profundamente, con todo el corazón.
—¿Por qué no se lo dijo?
—Porque él era un cobarde y la princesa era muy valiente. Le restregó la cara en el barro solo porque él la llamó tonta —expliqué y sonreí con el recuerdo de la primera vez que vi a Emma, en aquella época tan pequeño como mi hija ahora.
—¡Las princesas no hacen eso!
—Hacen lo que quieren, amor. Y esa princesa lo hizo.
—¿Esta historia tiene final feliz?
—¡Claro que sí! El príncipe no podía más de amor por la princesa y la convenció de casarse con él, incluso sin confesar su amor —conté, buscando buenas palabras para explicarlo a mi hija de cinco años.
—¿Cómo?
—Con un... Ahhh... «líquido mágico».
—¿Era príncipe y brujo? ¿Puede ser las dos cosas?
—No. Solo quería tanto esa cosa que el líquido ayudó —justifiqué y me encogí de hombros.
—¿Y fin?
—No, la princesa se enfadó después de que pasara el efecto, pero se dieron cuenta de que no podían estar lejos el uno del otro.
—¿Y fin?
—No, discutieron mucho hasta que cedieron. Pero sí, hoy en día son felices —anunció Emma, parada en la puerta con una sonrisa abierta, observándonos.
—¿Tú también conoces esta historia, mamá?
—¡Claro! Tu padre no es creativo para inventar cosas. ¡Ahora, a dormir! —dijo Emma y dio un beso en la frente de Alice con una sonrisa suave.
—Te quiero, mamá. Te quiero, papá.
—Te quiero, corazón.
—Buenas noches, mi amor —respondí y entrelacé mis dedos con los de Emma. Apagué la luz y salí del dormitorio, dejando la puerta entreabierta.
—¿Un «líquido mágico»? —preguntó Emms en un susurro, mientras caminábamos hacia nuestro dormitorio.
—No me pareció correcto contarle a nuestra hija de cinco años que nuestro primer beso fue regado con tequila.
—Quizás cuando tenga unos 18 años, podemos hablar sobre cómo fue concebida en la noche en que Elvis nos casó en medio de un coma alcohólico.
—Me preguntó el otro día por qué nuestra foto de boda tiene a una persona disfrazada de vaca —completé con una risa.
—Estamos casi traumatizando a esa criatura, ¿sabes? La vida puede ser complicada, pobrecita.
—Al menos tiene a esa amiguita, Casey. No para de hablar de ella.
—Es un niño, es su mejor amigo. Viven pegados. Vive en la siguiente manzana —comentó Emma, y levanté la ceja con confusión, oyendo sobre el mejor amigo de mi hija.
—No sé si me gusta esa historia.
—Es su amigo, fuiste mi amigo durante veinte años antes de intentar nada. Está segura... estamos bien.
—Solo no sabía cómo —revelé con una sonrisa. —Esperemos que él tampoco lo sepa. No estoy preparado para eso.
—Con cinco años, solo va a restregarle barro en la cara, tranquilo.
—Así fue como me enamoré de ti —expliqué y toqué su nariz en una caricia ligera al mismo tiempo que apoyaba su boca en la mía. El sentimiento nunca cambió incluso después de los años. La deseaba como siempre, como nunca.
—Te quiero, nariz de patata.
—Te quiero desde siempre, dientuda.
FIM