Capítulo 7
Logan
En cuanto volvimos de Las Vegas, me obsesioné.
No paraba de pensar en Emma y en todo el viaje.
Entre liarme con Emmett y luchar contra mí mismo, nunca envié los papeles del divorcio.
Sin que Emma lo supiera, ya llevábamos un mes de casados y ni señal de que la relación terminara tan pronto.
Las cosas se pusieron raras justo después, pero, pasados unos días, Emma y yo volvimos a nuestra relación de amistad — aunque yo hubiera enterrado profundamente cualquier otro sentimiento.
Creía que amaba a mi mejor amiga. Seguía amándola. Era un cobarde.
Intentando exorcizar las cosas, insistí en una cita doble — verla al lado de mi mejor amiga y ver a Emma con otro me ayudaría a superarlo y volver a olvidar —, pero no era lo que estaba pasando.
Treinta minutos de conversación sin sentido y ya no podía más.
Emma llegó sola y no ocultó su incomodidad.
Durante cinco segundos, tuve esperanzas, porque estaba frustrada por mi acompañante.
Emma no fue más que educada, pero los matices que conocía de mi amiga me contaban otra historia: estaba celosa.
Saludó, habló brevemente de su día y tenía los ojos fijos en mi brazo apoyado en el respaldo del sillón.
Morgana intentaba iniciar temas, pero ninguno llegaba muy lejos, dejándonos en un silencio incómodo.
Las cosas empeoraron aún más cuando llegó el alemán.
Un modelo nórdico, sin duda. Un hombre rubio, enorme, que amaba a los animales y no paraba de enseñarnos fotos de ellos en refugios mientras hablaba de su trabajo social.
Era obvio que, además de ser mucho más guapo y fuerte, el hombre tenía que tener buen corazón.
Emma necesitaba pisar mis sentimientos trayendo el ejemplo de virtudes para que notara que había superado nuestra noche en Las Vegas y estaba lista para otra con el rubio de dos metros.
—Fue un rescate terrible, pero tuvimos un final feliz. Ahora el perrito de tres patas tiene un nuevo hogar —comentó el hombre, enseñando fotos a Morgana y suspirando como si tuviera la voz entrecortada.
—Es un trabajo muy bonito el que haces, Daniel —afirmó Morgana, muy interesada. Demasiado interesada, diría yo. Mi acompañante había pasado la última media hora pendiente de cada palabra que el hombre decía, incluso ofreciéndose a ayudarlo en el refugio.
—Sí, Daniel, muy interesante —acepté con voz plana y observé a Emma, que parecía molesta con toda la situación. Había hablado poco durante los últimos minutos, dejando a nuestros acompañantes a gusto para conversar.
—¿Tienes algún animalito, Logan? —me preguntó, y negué con la cabeza, manteniendo los ojos en Emma. Daniel pareció buscar palabras para responder, pero desistió, volviendo su atención a Morgana.
Estaba celoso. Muerto de celos. Emma sentada al lado de ese hombre mientras mostraba lo bueno que era me estaba matando por dentro.
Di un sorbo a mi cerveza al mismo tiempo que ella golpeaba sus uñas contra el vaso de cerveza congelada frente a ella, impaciente.
Mi amiga se estaba irritando por mi profundo examen de sus expresiones y nuestro silencio incómodo.
Empezó a mirarme de la misma forma, los sonidos de conversación desapareciendo a nuestro alrededor.
Morgana y Daniel parecían entenderse bien y yo estaba irritado con mi propia idea.
Emma soltó el aire irritada y yo levanté la ceja interrogativamente, como si me hubiera cansado de nuestro pequeño juego.
—¡¿Qué demonios, Logan?!
—¿Qué he hecho?
—Deja de mirarme, vas a poner incómoda a la gente.
—¿Estás incómoda, Daniel? ¿Mor? —Emma se rió para sí misma cuando abrevié el nombre de Morgana. La Emma sarcástica casi nunca aparecía. Estaba celosa. ESTABA CELOSA.
—Está bien —dijo el gigante rubio con acento. —Estaba hablando con tu bella acompañante sobre mi trabajo.
—Perritos, lo sé.
—Sé más educado, Logan, por el amor de Dios. ¿Cuál es tu problema?
—¿¡Mi problema!? —Me levanté de la mesa, y todos me miraron. ¿Por qué diablos estoy haciendo esto? —Yo y tú. ¡Fuera! ¡Ahora!
En cuanto salimos a la calle, Emma me miró con dudas. Yo tampoco entendía mi reacción, pero verla con ese hombre rubio gigante estaba haciendo cosas extrañas en mí. Cosas que no entendía.
—¿Qué está pasando, Logan? —me preguntó.
—¿Cómo conociste a este Daniel?
—Podríamos haber hablado de esto dentro, no estoy entendiendo —afirmó, con voz tranquila mientras intentaba entender mis palabras.
—¡Seguimos casados!
—¿De verdad? —dijo, burlona. —Eso no fue un impedimento para la rubia reina de las tinieblas. «Mor» te está esperando.
—Morgana es diferente...
—Es una cita, es lo mismo.
—No es lo mismo. Es una amiga y...
—Claro que es lo mismo, ese cuento de calmarte y casarte y... —me interrumpió.
—¡No sé qué está pasando, joder! ¡Solo no quiero verte con él!
—¿Entonces qué? —Y así como no sabía por qué estaba montando esa escena, la besé. De verdad, como quería seguir haciendo en las últimas semanas.