Capítulo 5 #2
—¿Me besas?
—¿Cómo, Emms? —pregunté asustado, sin saber a dónde quería llegar.
—Nunca nos hemos besado. Como tú mismo dijiste, necesitamos sacar ese elefante de la habitación.
—Por los vídeos, hicimos hasta otras cosas, mi amor —comenté nervioso. ¿Cómo que quería un beso?
—Estás pensando en cómo podría haber sido, y esta es la mejor manera. Vamos... Puede que ni siquiera encajemos. Quizás eres un mal besador y... —no la dejé terminar y le di un beso rápido en los labios a mi amiga, apartándome segundos después.
—Listo.
—De verdad, Logan. Por favor...
Miré a Emma a los ojos y quedé hipnotizado.
La noche caía a nuestro alrededor, y sus ojos brillaban incandescentes para mí al mismo tiempo que acariciaba su cuello lentamente.
Recorté el espacio que nos separaba uniendo nuestros labios en un beso suave.
Mierda. Quería que fuera malo, pero no lo era.
Sentía el cosquilleo, el deseo, las ganas de atraerla más fuerte, y con un gemido mordisqueé su labio.
Emma apoyó su lengua en la mía, sondeando nuestro intercambio.
Estaba tan involucrada como yo. La atraje por la nuca y sentí que nuestro beso se aceleraba, la salvajada de la noche anterior encendiéndose dentro de mí como un recuerdo queriendo salir a la luz. Estaríamos perdidos si continuábamos.
Me aparté respirando con dificultad. Emma tenía confusión estampada en el rostro. Eso explicaba muchas cosas sobre la noche anterior. Era el mejor beso que había tenido en mi vida. El sabor, la excitación, todo acumulado, y quería más. Pero era Emma. Solo Emma.
—Fue una mierda —murmuré, bromeando.
—Sí, eres un pésimo besador. ¡Puaj! —dijo riendo y volviendo a acurrucarse. Nada debería cambiar.
Nos quedamos en silencio unos minutos más hasta que Emma decidió que nos fuéramos. Con la noche cayendo, el clima del desierto se volvía frío y los coches empezaron a dejar el parque. Siguiendo la estela de coches, conducimos durante unas horas más hasta prácticamente estar de vuelta en Las Vegas.
—¿Cenar? —pregunté mientras mirábamos los carteles de hoteles de la zona.
—Quiero dormir, vamos a tener un día largo mañana. ¿Quieres pedir algo en el hotel? ¿Pizza?
—¿Comida china? ¿Algo extravagante?
Paramos en un restaurante chino y compramos para llevar.
Nos alojamos en un hotel barato. Pedimos una habitación y nos tumbamos en la cama de matrimonio, robando comida el uno al otro: Emma siempre pedía pollo con verduras para lanzarme los anacardos.
Solía robar las verduras de cualquier cosa que yo pidiera.
Después de comer, intentamos ver un poco de televisión y fracasamos.
Tomados por el cansancio del largo día, dormimos casi enseguida.
A la mañana siguiente, volvimos a la carretera con la intención de ver Yosemite. Tomé el volante y la banda sonora mientras Emma seguía disfrutando de nuestras porquerías. Desayunamos con el resto de los Doritos gigantes y el refresco de uva al son de Emma cantando Coldplay a pleno pulmón.
—¿Qué vas a hacer con el resto de las vacaciones?
—¿La mentira emocionante o la verdad aburrida? —me preguntó.
—¿Qué vas a hacer realmente?
—Buscar un nuevo apartamento.
—No, no vas a dejar nuestro hogar.
—Es muy pequeño, Logan. Tengo tres meses más de contrato y quería buscar otras cosas, leer un poco, ver televisión.
—Eres muy aburrida, Emma. Ven a trabajar conmigo.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Tu trabajo es aburrido, tus vacaciones son aburridas. Necesitas que te alegre la vida.
—Ya hacía unas semanas que no me invitabas a trabajar con vosotros.
—No entiendo por qué nunca quisiste. Eres familia.
—Me habéis dado muchas cosas, ¡déjame ser una contable aburrida!
—Es un desperdicio de energía, mi amor. Cuando menos te lo esperes, vas a estar involucrada hasta el cuello con Hunt.
Sonrió para mí y se quedó callada. Unas horas más, vimos cómo la atmósfera cambiaba del desierto de Nevada a los árboles del parque de Yosemite.
Era todo tan impresionante y abrumador como el Gran Cañón, y Emma hacía fotos como loca igual que antes.
Mientras intentaba abrazar la secuoya centenaria, sonó mi móvil.
—¿Haciendo turismo con Emma? —preguntó Jason al otro lado de la línea.
—Sí, esta chica necesitaba a alguien que le diera emoción a sus vacaciones.
—No para de subir fotos, has cumplido el objetivo —explicó mi hermano con una risa.
—Llegamos hoy a pesar de todo.
—Vale. Los abogados han estado aquí ayer y hoy y he visto el contrato. Necesitamos resolver el tema del nuevo bufete, parecen gallinas sin cabeza hablando del caso. ¿Dieron mucho trabajo?
—Mucho, pero lo hablamos después. Ya basta de Emmett el misógino.
—¿Emmett el qué?
—Emma poniendo apodos a la gente, un clásico.
—Adiós, Logan. Manda un beso a Emma.
—¡Adiós!
En cuanto colgué, encontré a Emma mirándome y alargándome su móvil. Más fotos con secuoyas centenarias. Almorzamos en uno de los restaurantes del parque, bromeando sobre el Oso Yogui, y seguimos el viaje. Ya pasaban de las 18h cuando paré frente al edificio de Emma.
—Seis horas de carretera, ¿eh?
—Ha sido divertido, ¡tu Instagram está lleno de comentarios! —me defendí.
—Vale, tengo fotos para dar envidia.
—Y estás ronca de tanto cantar Maroon 5 en las últimas horas.
—Una chica tiene sus fijaciones. —Salió del coche con su mochila y me sonrió. Yo también salí del coche y la abracé fuerte. —Te quiero, nariz de patata.
—Yo también, dientuda. Hasta luego.
Entonces arranqué y dejé a mi «esposa» en su casa para volver solo a la mía.
En las semanas siguientes, seguí con nuestra rutina de ir juntos a todas partes, ayudando a Emma a buscar un nuevo apartamento.
Nada parecía lo suficientemente bueno, y así fue aplazando un poco las ganas de salir de nuestra casita, el pequeño apartamento en el que vivíamos juntos.
Mientras tanto, reuní los papeles para el proceso de nuestro divorcio.
Emma tenía razón: nadie sabría nunca sobre esos días locos que pasamos en Las Vegas, incluido ese beso que no salía de mi cabeza.