El riesgo de desearte (Los Hunt nº 3) Prólogo #4
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Prólogo #4

—Él... dijo que se va a mudar. Me agradeció por mi tiempo y se fue. ¡Yo nunca fui parte del plan, Logan!

El desgraciado. Emma no le había contado lo que pasó con sus padres y, durante el entierro, fue a mí a quien buscó.

Nuestro vínculo era más fuerte que el que tenía con él, pero, aun así, Emma estaba enamorada de Ben.

Parecía derrotada por la decisión del idiota, pero, aunque no quisiera parecer feliz, yo lo estaba.

El imbécil había estado con ella durante los últimos años y, cada vez que me encontraba a solas, intentaba presumir por estar con ella.

—Oye, oye... ven aquí. —Me tumbé a su lado y la atraje hacia mis brazos.

—Es un imbécil. Si ha dicho eso, el problema es suyo.

Tienes un gran año por delante. Nuestro plan es el siguiente: hoy consigo alguna bebida ilegalmente, nos emborrachamos y hablamos mal de ese idiota. Si estás de humor, bailamos.

—Aún no he cumplido 18 años, Logan.

—¿Ningún carné falso?

—Ninguno.

—Vale, ya sabemos cómo celebrar tus 18: vamos a hacer uno. Ahora, vamos a beber y a dedicarnos a hablar mal de la vida. Y hay helado en la nevera, por si hace falta.

—¿Y cómo tienes una identidad falsa? —preguntó con una sonrisa entre lágrimas.

—Jason.

—¿Cómo que «Jason»?

—Somos el uno el calco del otro, Emms, y él ahora tiene 21. Si lo piensas bien, ni siquiera es falsa  la  identidad.

—¡Logan!

—¡Mira mi tamaño! Rara vez alguien pide verificar — completé  y le guiñé un ojo. Emma se puso seria, como absorbiendo mis rasgos, y de repente me vi atrapado en la misma onda magnética que siempre sentía a su lado.

—Te quiero, Logan. Eres el amigo más maravilloso que podría tener —confesó y escondió su rostro en mi pecho. Mi corazón se apretó por el «amor de amigo», pero no era el momento. Deslicé mis dedos sobre su cabello, queriendo consolarla.

—También te quiero, dientuda. Y por eso no quiero verte así.

—Él se va, y yo me siento atascada en el mismo lugar. Dentro de una semana cumplo 18 años y tengo una beca universitaria, pero me muero de miedo. ¿Cómo voy a mantenerme? ¿Y si el dinero de mis trabajos se acaba?

—Tengo una propuesta. Y antes de que te quejes, escúchala entera, ¿vale?

—¿Qué es?

—Ven a vivir conmigo.

—¿Estás loco? Tus padres...

—Cuando buscamos apartamento, quise algo de dos habitaciones ya esperando este momento. Pasé el último año en casa por eso. Lo sé, perdón por no decírtelo... Pero somos un equipo, Emma, y tú, más que nadie, deberías saberlo.

—¿Y crees que vamos a caber aquí?

—En las dos habitaciones caben camas de matrimonio. Solo la cama, pero es un comienzo. Si amontonamos todo lo demás en el salón, creo que cabe. —Me reí. —Vamos a apañárnoslas, señorita. Es una orden. Tú cuidas mis espaldas y yo las tuyas.

—Tienes muchas mujeres cuidando tus espaldas, Logan. No les va a gustar mi presencia aquí.

—¿Y qué les importa a ellas? Te juro que no me meteré con tus chicos, y tendrás una vida dulce como una cucharada de azúcar.

—No sé qué sería de mí sin ti, Mary Poppins.

—¡Ya verás quién es Mary Poppins! —amenacé y giré mi cuerpo, haciendo cosquillas a Emma.  Empezó  a gritar y reír al mismo tiempo, retorciéndose contra mí.

—¡Para!

—Solo si retiras lo que has dicho.

—¡Lo retiro, lo retiro! —dijo sin aliento, intentando apartarme mientras mis dedos aún pinchaban sus costillas.

—¡Y llamarme «señor pollón»!

—¡Looogan!

—«Señor pollón». ¡Dilo!

—¡Señor nariz de patata, quítate de encima! —Me empujó, apretando mis mejillas con fuerza, como sabía que hacía su abuela y yo odiaba.

—Vale, ¡paramos los dos! —Caímos cada uno a un lado de la cama, aún riendo sin aliento. Al menos Emma había dejado de llorar. Ese imbécil no merecía sus lágrimas.

—Si no me caso con nadie hasta los 30, ¿me darías el honor de ser mi esposo? —preguntó, mirándome.

—¿Qué? —¿De dónde salió eso?

—Es en serio. No quiero morir sola, y eres la mejor compañía que he tenido durante años. Sé qué esperar de ti, te quiero, quiero a tu familia. Sin contar que tendríamos hijos preciosos.

Mi sonrisa se congeló en mis labios y sudé frío. ¿De dónde salió eso? Hijos... Tendríamos que follar primero... Mierda, ¡no puede ver mi erección!

—Oye, alguien ha estado pensando mucho en esto —anuncié y cogí una almohada para ponerla en mi regazo, escondiendo la «zona estratégica».

—Piensa en ello. Sin sorpresas, sin dramas.

Tenía  sentido. Era la mujer más constante en mi vida que no  tenía  mi sangre en las venas. Conocíamos las manías del otro, lo que nos gustaba y no nos gustaba, lo que nos hacía felices.

—Creo que tenemos un acuerdo, chica.

—No va a pasar, lo sabes, ¿verdad? A los 30, espero ya haberte dado un sobrino.

—Lo recordaré, puedes estar segura. Incluso interrumpiré la ceremonia para anunciar nuestro acuerdo.

—¡Logan!

—Hora de la cerveza —interrumpí levantándome de la cama. Ya no tenía ánimo para discutir nuestro «futuro». —Y cuando vuelva, vamos a discutir cómo recoger tus cosas para que cuando tengas 18 años y un minuto ya estés viviendo aquí.

—Eso es un acuerdo,  tío .

—Vamos a ello, mujer.