Capítulo 4. El sello real
Durante los dos días siguientes, Étienne Mercier procuró comportarse como si nada hubiera ocurrido.
Continuó revisando expedientes, firmando certificaciones y atendiendo las órdenes que llegaban desde las distintas dependencias administrativas, pero la normalidad se había convertido para él en una representación cuidadosamente sostenida.
Cada vez que abría un registro buscaba inconscientemente espacios raspados, cambios de tinta o anotaciones incompletas; cada vez que escuchaba pasos detrás de la puerta levantaba la cabeza y, cuando alguien mencionaba la Conciergerie, sentía aquella misma tensión que había experimentado al contemplar por primera vez el cadáver.
Madeleine Arnaud no había regresado, Dufour había evitado cualquier conversación posterior y el expediente oficial del muerto continuaba prácticamente vacío.
Sin embargo, Étienne sabía que la ausencia de acontecimientos no significaba que el asunto hubiera terminado.
En una ciudad como París, donde las noticias viajaban con una rapidez sorprendente y los rumores podían adquirir una vida propia, el silencio también podía ser una forma de actividad.
La tercera noche decidió volver a examinar las pertenencias del desconocido.
Había conseguido permiso para hacerlo bajo el pretexto de completar la identificación, aunque sabía que aquel permiso probablemente desaparecería en cuanto alguien comprendiera qué estaba buscando.
La prisión estaba más silenciosa que de costumbre cuando llegó.
El frío había aumentado y una niebla espesa cubría el Sena, de manera que las luces de los alrededores parecían pequeñas manchas amarillas suspendidas en el aire.
Los guardias lo dejaron pasar después de comprobar su autorización y Étienne descendió nuevamente hacia las dependencias inferiores.
El corredor parecía distinto bajo la luz escasa de las lámparas.
Las piedras húmedas brillaban en algunos puntos y el aire olía a humo, hierro y humedad.
Al pasar frente a las celdas ocupadas evitó mirar hacia dentro.
Había aprendido que los prisioneros observaban a quienes caminaban por aquellos pasillos con una atención casi animal, intentando adivinar en cada funcionario una noticia, una oportunidad o una sentencia.
La habitación donde habían depositado el cadáver estaba vacía.
Dufour había ordenado trasladarlo a una dependencia provisional mientras se decidía su destino, y sobre la mesa quedaban únicamente los objetos personales recogidos durante el registro.
Étienne cerró la puerta, encendió dos lámparas y extendió las pertenencias delante de él.
La llave continuaba escondida entre las páginas de su libreta.
Había revisado antes cada objeto, pero ahora quería observarlos sin la presión de una primera inspección.
Colocó las monedas en una fila, examinó la hebilla, desplegó el pañuelo y revisó la pequeña navaja.
Después tomó el botón que había encontrado entre las prendas.
Era de metal dorado, ligeramente oscurecido por el tiempo, y en su superficie podía distinguirse un dibujo que había pasado por alto.
No era una flor ni una simple decoración.
Parecía una pequeña corona sobre un escudo, aunque la imagen estaba tan desgastada que resultaba difícil afirmarlo.
Étienne acercó el botón a la llama. Entonces comprendió que no era un botón corriente.
La parte posterior mostraba señales de haber sido arrancada de una prenda con cierta violencia.
Había restos de hilo oscuro todavía adheridos al metal.
En el centro del reverso aparecía una pequeña marca de fabricación, apenas visible.
Étienne tomó una lupa y examinó el símbolo.
No conocía aquel fabricante, pero sí había visto objetos semejantes en uniformes y libreas pertenecientes a familias de la nobleza.
El descubrimiento no demostraba que el muerto fuera aristócrata.
Durante décadas, símbolos asociados a la monarquía habían circulado por toda Francia y podían encontrarse en prendas reutilizadas, objetos antiguos o pertenencias heredadas.
Sin embargo, unido a la llave y al medallón que Madeleine había mostrado, comenzaba a formarse un conjunto demasiado preciso para ser ignorado.
Sacó la llave de la libreta. La colocó junto al botón.
La pequeña corona parecía idéntica. No exactamente igual, pero lo bastante parecida para que Étienne sintiera un estremecimiento.
Giró ambos objetos bajo la luz y comprobó que el símbolo de la llave estaba más deteriorado, como si hubiera sido manipulado durante años, mientras que el del botón conservaba todavía algunas líneas.
Ambos parecían proceder del mismo entorno, quizá de una misma casa o de una misma institución.
La conclusión no podía considerarse una prueba, pero sí una dirección.
Y Étienne necesitaba desesperadamente una dirección.
Revisó nuevamente el pañuelo. No había bordados, pero una de las esquinas presentaba una costura diferente al resto.
Tomó una pequeña navaja y levantó cuidadosamente el hilo.
La tela se abrió unos centímetros y dejó al descubierto un espacio estrecho entre dos capas.
Étienne introdujo la punta de la navaja y encontró un pequeño fragmento de papel doblado varias veces.
Lo sacó. Era tan pequeño que apenas ocupaba la mitad de la yema de un dedo. Desdobló el papel con cuidado. Solo contenía una figura. Una corona. Debajo había tres letras: S. C. R.
Étienne permaneció inmóvil. Había visto aquellas iniciales en documentos antiguos.
No eran una firma personal, sino una fórmula vinculada a la autoridad soberana.
En determinados documentos de la monarquía, aquellas letras podían aparecer relacionadas con expresiones latinas que hacían referencia al poder real.
No significaban necesariamente que el portador perteneciera directamente a la familia real, pero sí indicaban una relación con estructuras que habían desaparecido oficialmente con la caída de la monarquía.
Guardó el fragmento. Después abrió su libreta y escribió las tres letras. Durante unos segundos se preguntó si debía informar de aquel hallazgo, pero claramente no era el momento, no todavía. Había aprendido demasiado en los últimos días como para entregar una prueba sin saber quién la recibiría.
Guardó el papel y salió de la habitación. Al subir hacia las dependencias administrativas encontró a Dufour en un corredor. El jefe de vigilancia estaba solo, apoyado contra una pared, y parecía esperarlo.
—¿Qué ha encontrado?
La pregunta no fue una sorpresa para Étienne.
—Nada nuevo.
Dufour lo observó.
—No mienta.
—No estoy mintiendo.
—Entonces está ocultando algo.
Étienne sostuvo su mirada.
—¿Qué quiere que le diga?
Dufour se acercó.
—Quiero que me diga si ha encontrado algún símbolo.
El silencio fue suficiente. Dufour cerró los ojos durante un instante.
—Dios mío.
—¿Qué significa?
—Nada que le concierna.
—Eso ya no puede decidirlo usted.
Dufour lo agarró del brazo y lo llevó hacia una zona más apartada del corredor.
—Escúcheme bien. Hay cosas que desaparecieron con la monarquía y que deben permanecer desaparecidas.
—¿Por qué?
—Porque hay personas que todavía viven gracias a ello.
Étienne sintió que aquellas palabras abrían una posibilidad mucho más peligrosa de la que había imaginado.
—¿El hombre era miembro de la familia real?
Dufour lo soltó inmediatamente.
—No vuelva a decir eso.
—Entonces dígame quién era.
—No lo sé.
—Usted sabe algo.
—Sé que ese hombre debía permanecer sin nombre.
—¿Quién lo ordenó?
Dufour bajó la voz.
—No fue una sola persona.
Antes de que Étienne pudiera preguntar más, una puerta se abrió al fondo del corredor. Dufour se apartó y recuperó su expresión habitual.
—Váyase.
—No hemos terminado.
—Sí.
—No.
Dufour lo miró con una mezcla de cansancio y preocupación.
—Mercier, usted todavía puede marcharse de esto. Yo ya no.
Aquella frase persiguió a Étienne durante todo el camino de regreso.
Al día siguiente decidió acudir a los archivos antiguos de la administración real.
La mayor parte de aquellos documentos habían sido trasladados, clasificados o confiscados desde 1789, pero algunos fondos todavía permanecían bajo custodia de funcionarios que habían sobrevivido a la reorganización institucional.
Étienne conocía a uno de ellos: Charles Renard, antiguo escribiente de una dependencia vinculada a la Casa del Rey.
Renard había conseguido conservar su puesto gracias a su extraordinaria capacidad para mantenerse invisible.
Era un hombre de unos sesenta años, delgado, pálido y siempre vestido con una levita gastada que parecía pertenecer a otra época.
Vivía en una habitación cercana al antiguo barrio administrativo y rara vez hablaba de su pasado.
Sin embargo, poseía una memoria excepcional para nombres, sellos y procedimientos.
Étienne llegó a su casa al anochecer. Renard abrió después de escuchar dos veces la contraseña que utilizaban antiguos empleados para reconocerse.
—No deberías haber venido.
—Necesito preguntarte algo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Lo dejó entrar.
La habitación estaba repleta de libros y cajas. Sobre una mesa había documentos apilados hasta casi alcanzar la altura de una lámpara. El aire olía a papel viejo y cera. Renard cerró las cortinas antes de encender otra luz.
—¿Qué buscas?
Étienne sacó el fragmento de papel. Renard lo tomó. Al ver las iniciales, su expresión cambió.
—¿Dónde has encontrado esto?
—En las pertenencias de un hombre muerto.
—¿Qué hombre?
—Uno sin nombre.
Renard levantó los ojos.
—Entonces no deberías haberlo encontrado.
—¿Qué significan estas letras?
El anciano dejó el papel sobre la mesa.
—No es solo una marca.
—¿Qué es?
—Una referencia a la autoridad soberana.
—¿De quién?
Renard no respondió.
—Charles.
—No me preguntes eso.
—Necesito saberlo.
—No necesitas saberlo. Necesitas seguir vivo.
Étienne se acercó.
—Hay un hombre muerto en la Conciergerie cuya identidad ha sido borrada. Han destruido su registro. Lo trasladaron sin nombre. Una mujer lleva veinticinco años buscándolo y Dufour parece saber algo. Ahora encuentro esto.
Renard lo miró durante un largo instante.
—¿Has visto el sello?
—¿Qué sello?
—El que debería acompañar a esa marca.
Étienne sacó la llave. Renard la tomó. Cuando vio la pequeña corona, palideció.
—¿Dónde estaba?
—Con el muerto.
Renard permaneció inmóvil. Después caminó hacia una de las estanterías y sacó un libro grueso encuadernado en cuero. Lo abrió por la mitad y pasó varias páginas hasta encontrar un dibujo antiguo. Étienne se acercó. Era un sello. La forma coincidía con la de la llave.
—¿Qué es? —preguntó Étienne.
Renard tardó en responder.
—Un sello utilizado por una rama menor de la administración de la Casa Real.
—¿Para qué?
—Para documentos privados.
—¿De quién?
El anciano cerró el libro.
—De personas que no debían aparecer en documentos públicos.
Étienne comprendió entonces que estaba ante algo mucho más complejo que una simple reliquia de la monarquía.
—¿Podría pertenecer a alguien de la familia real?
Renard lo miró directamente.
—Podría.
—¿A quién?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?
Renard se volvió hacia la ventana.
—Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Que si no lo sé, soy ignorante. Si no quiero decírtelo, quizá esté protegiéndote.
Étienne guardó silencio. El anciano abrió de nuevo el libro y señaló una página concreta.
—Mira esto.
Había una anotación fechada varios años antes de la Revolución. No contenía un nombre completo, sino una referencia codificada y una fecha.
—¿Qué significa?
Renard señaló una palabra.
—«Traslado».
Étienne sintió un escalofrío.
—¿De una persona?
—Sí.
—¿A dónde?
Renard negó con la cabeza.
—Eso no aparece.
—¿Y quién era?
El anciano cerró los ojos.
—No puedo decírtelo.
Étienne comprendió que no obtendría más información aquella noche. Guardó la llave y el papel. Cuando se disponía a marcharse, Renard lo detuvo.
—Mercier.
Étienne se volvió.
—¿Sí?
—Si el hombre que encontraste llevaba ese sello, no intentes descubrir solamente quién era.
—¿Qué debo descubrir?
Renard lo miró con una gravedad que hasta entonces Étienne no había visto en él.
—Por qué alguien ha esperado hasta 1793 para matarlo.
Étienne salió a la calle. La noche había cubierto París y la lluvia había comenzado de nuevo.
Caminó durante varios minutos sin rumbo definido, con la llave escondida en el bolsillo interior del abrigo.
Las palabras de Renard se repetían en su cabeza.
No intentes descubrir solamente quién era.
Descubre por qué alguien ha esperado hasta 1793 para matarlo.
Hasta entonces Étienne había pensado que la Revolución era el origen de aquel misterio.
Ahora empezaba a comprender que quizá fuera únicamente su última etapa.
El hombre sin rostro podía haber vivido durante años bajo otro nombre, protegido por personas que habían tenido razones para ocultarlo.
Tal vez la Revolución había destruido aquella protección y obligado a quienes conocían su secreto a tomar una decisión definitiva.
Tal vez su muerte no había sido consecuencia del Terror, sino una consecuencia tardía de algo mucho más antiguo.
Al llegar a su casa encontró la puerta entreabierta.
Se detuvo. No recordaba haberla dejado así.
No entró inmediatamente. Miró hacia la calle.
Nadie parecía observarlo. Después empujó lentamente la puerta y entró.
La habitación estaba en silencio. Nada parecía haber sido robado.
Los muebles seguían en su sitio. Los documentos también.
Pero sobre la mesa había algo que no estaba allí cuando se marchó. Un pequeño trozo de papel.
Étienne se acercó. Solo contenía una frase escrita con tinta negra: deje al rey enterrado.
Étienne permaneció inmóvil. No sabía quién había escrito aquellas palabras.
Tampoco sabía todavía si la palabra «rey» debía entenderse literalmente.
Pero por primera vez desde que había encontrado el cadáver comprendió que alguien sabía exactamente qué estaba buscando.
Y que, a partir de aquella noche, ya no era el único que conocía el secreto del hombre sin rostro.