El rey sin rostro Capítulo 3. La mujer de negro
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Capítulo 3. La mujer de negro

La mañana siguiente amaneció sobre París con una lluvia fina que convertía las calles en una sucesión de charcos oscuros y reflejos deformados.

El cielo permanecía bajo, de un gris uniforme, y las fachadas de los edificios parecían más altas y estrechas bajo aquella luz sin sombras.

Étienne Mercier había dormido poco. Durante la noche había intentado convencerse de que el asunto podía terminar allí, reducido a un cadáver sin identificar y a una irregularidad administrativa que quizá alguien explicaría cuando se le exigieran responsabilidades.

Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el documento raspado, aquellas dos letras incompletas que podían pertenecer al nombre del muerto, y sobre todo recordaba la expresión de Laurent Dufour cuando le había ordenado que no continuara investigando.

Había conocido a hombres que ocultaban información por miedo y a otros que lo hacían por ambición, pero Dufour pertenecía a una categoría diferente.

Parecía un hombre que había descubierto algo que prefería no conocer y que temía que otro llegara hasta el mismo lugar.

Étienne llegó temprano a la oficina. Dejó el sombrero sobre la mesa, encendió una lámpara y abrió el registro que había copiado parcialmente el día anterior.

La hoja raspada seguía allí, intacta, y las dos letras apenas visibles parecían burlarse de él.

Intentó reconstruir el nombre utilizando los registros de detenidos anteriores y posteriores, pero no encontró ninguna coincidencia convincente.

La primera letra podía ser una «L», aunque también podía tratarse de una «I» deformada por el raspado.

La segunda podía ser una «M», una «N» o incluso parte de otra letra.

No había suficiente información. Lo único seguro era que la entrada había existido y que alguien había considerado necesario destruirla.

Étienne estaba todavía inclinado sobre el documento cuando escuchó tres golpes suaves en la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió. Era Vallin. El anciano entró llevando un pequeño paquete de documentos contra el pecho. Cerró la puerta con cuidado y permaneció unos segundos junto a ella antes de acercarse. Tenía el rostro más serio de lo habitual.

—He encontrado algo.

Étienne levantó la mirada.

—¿Sobre el prisionero?

Vallin no respondió directamente. Dejó los documentos sobre la mesa.

—No he encontrado su nombre. He encontrado una anotación sobre un traslado.

Étienne sintió una tensión inmediata en el pecho.

—¿De cuándo?

—De hace tres días.

—¿Quién lo ordenó?

—Ahí está el problema.

Vallin abrió el primer documento. Era una hoja de papel amarillento, con varias firmas y sellos administrativos. La tinta de algunas líneas estaba desvaída, pero el texto central todavía podía leerse.

—El hombre fue trasladado a la Conciergerie desde otra instalación.

—¿Cuál?

—No aparece.

Étienne lo miró.

—¿Cómo puede no aparecer?

—Porque la orden dice únicamente «traslado autorizado».

—¿Por quién?

Vallin señaló una firma.

—Por una autoridad que no figura en el encabezamiento.

Étienne acercó el documento a la lámpara. La firma era casi ilegible. No reconoció el nombre, pero sí observó el sello estampado debajo. Había sido parcialmente cubierto con tinta negra.

—¿Por qué?

—Eso no lo sé.

—¿Quién te dio este documento?

Vallin levantó los ojos.

—No me lo dio nadie.

La respuesta hizo que Étienne comprendiera que el anciano había asumido un riesgo considerable.

—Entonces, ¿cómo lo has encontrado?

—Buscando donde no debía.

Vallin cerró el expediente.

—Y precisamente por eso quiero que dejes de buscar.

Étienne no contestó. El anciano suspiró.

—He vivido demasiados cambios para no reconocer cuándo un papel trae desgracia.

Primero fueron los ministros, después la Asamblea, luego las calles, después los comités y ahora los tribunales.

Los nombres cambian, las banderas cambian, los hombres que dan las órdenes cambian, pero siempre hay alguien que termina necesitando que determinados hechos nunca hayan ocurrido.

—¿Y crees que este hombre es uno de esos hechos?

Vallin tardó en responder.

—Creo que alguien ha gastado demasiado esfuerzo en convertirlo en nadie.

Antes de que Étienne pudiera continuar, escucharon voces en el corredor. Vallin guardó inmediatamente los documentos bajo el brazo.

—No has visto esto.

—Antoine...

—No me hagas arrepentirme de habértelo enseñado.

El anciano salió.

Étienne permaneció sentado, pensando en las últimas palabras.

Había algo en aquel documento que le preocupaba más que la ausencia del nombre: el traslado.

Si el hombre había sido llevado hasta la Conciergerie bajo una identidad que no aparecía en ningún registro, entonces la operación había sido preparada con antelación.

No había muerto simplemente en una prisión.

Había llegado allí después de pasar por manos de personas que conocían su existencia y que habían decidido ocultarla.

La pregunta ya no era quién había borrado su nombre, sino quién había necesitado que desapareciera.

A media mañana recibió una nueva orden para acudir a la prisión. Esta vez nadie le explicó el motivo.

Cuando llegó a la Conciergerie, encontró una actividad inusual en el patio interior.

Dos carros acababan de entrar y varios guardias descargaban cajas de documentos.

Los funcionarios iban y venían con rapidez, llevando paquetes de papeles hacia las dependencias administrativas.

La tensión era visible incluso en aquellos hombres acostumbrados a ocultarla.

Étienne preguntó por Dufour, pero le dijeron que estaba reunido con un funcionario enviado desde otro comité.

Esperó unos minutos y finalmente decidió dirigirse al corredor inferior.

No llegó a entrar. Una mujer lo esperaba.

Estaba de pie junto a una de las ventanas estrechas del corredor, completamente vestida de negro.

Llevaba un vestido sencillo, sin adornos, cubierto por una capa oscura que le caía hasta los tobillos.

El cabello, también oscuro, estaba recogido bajo un pequeño tocado que dejaba visible parte del rostro.

Parecía tener unos cuarenta años, aunque la expresión severa de sus facciones podía hacerla parecer mayor.

No tenía el aspecto de una aristócrata que intentara conservar sus antiguas formas de vestir, ni tampoco el de una mujer humilde.

Había en ella una sobriedad cuidadosamente mantenida, como si hubiera aprendido a no revelar mediante la ropa nada que pudiera utilizarse en su contra.

Cuando Étienne pasó frente a ella, la mujer pronunció su nombre.

—Ciudadano Mercier.

Étienne se detuvo.

—¿Nos conocemos?

—No personalmente.

—Entonces, ¿cómo sabe quién soy?

La mujer lo observó con calma.

—Porque usted es el hombre que intentó identificar al prisionero.

Étienne sintió que la prudencia le aconsejaba no continuar la conversación allí.

—¿Quién es usted?

—Una persona que busca a un muerto.

—¿El hombre de la celda inferior?

Ella asintió.

—Quiero verlo.

—Eso no depende de mí.

—Me han dicho que sí.

Étienne la estudió detenidamente. No parecía nerviosa.

Tampoco mostraba la ansiedad que habría esperado en alguien que acababa de descubrir la muerte de una persona cercana.

Sus ojos eran oscuros y firmes, y había en ellos una expresión difícil de interpretar.

No era exactamente tristeza. Era algo más parecido al cansancio de quien lleva demasiado tiempo esperando una respuesta.

—¿Quién le ha dicho que está muerto?

—Alguien que todavía vive.

—¿Quién?

La mujer negó con la cabeza.

—No puedo decírselo.

—Entonces no puedo permitirle verlo.

—No he venido a pedir permiso.

Étienne la miró fijamente.

—Está usted en una prisión.

—Lo sé.

—Y estamos en 1793.

—También lo sé.

Aquella respuesta, pronunciada sin alteración alguna, hizo que Étienne sintiera una extraña inquietud. La mujer no parecía ignorar el peligro. Al contrario, parecía conocerlo demasiado bien.

—¿Cómo se llamaba?

Ella bajó ligeramente la mirada.

—No puedo decirle su nombre.

—¿Por qué?

—Porque quizá ese nombre sea precisamente lo que ha provocado su muerte.

Étienne guardó silencio. La mujer levantó de nuevo los ojos.

—Pero puedo decirle quién era.

—¿Y quién era?

La mujer miró alrededor antes de responder.

—Un hombre importante.

Étienne frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Significa que su muerte importa.

—Miles de personas han muerto.

—No hablo de su importancia para la República.

—¿Entonces para quién?

La mujer permaneció callada.

—¿Era aristócrata?

No respondió.

—¿Militar?

Silencio.

—¿Sacerdote?

Nada.

—¿Funcionario?

La mujer negó finalmente con la cabeza.

—Ninguna de esas cosas.

Étienne sintió que la conversación se convertía en un juego peligroso.

—Entonces dígame algo que pueda comprobar.

Ella metió una mano dentro de la capa. Étienne reaccionó instintivamente y dio un paso atrás. La mujer se detuvo.

—No llevo armas.

Sacó un pequeño objeto envuelto en un pañuelo y lo sostuvo entre los dedos. Era un medallón. Lo abrió. En el interior había un retrato diminuto, demasiado desgastado para reconocer inmediatamente el rostro. Étienne se acercó.

—¿Quién es?

—No el hombre que usted ha encontrado.

—Entonces, ¿quién?

—Su padre.

Étienne observó el retrato. Era el rostro de un hombre joven, vestido con una indumentaria que pertenecía claramente a otra época.

No llevaba corona ni símbolos evidentes, pero había algo en el corte del cuello, en la forma del cabello y en la expresión del retratado que recordaba a los retratos oficiales de décadas anteriores.

—¿Cuándo fue pintado?

—Hace mucho tiempo.

—¿Antes de la Revolución?

—Sí.

La mujer cerró el medallón.

—Quiero ver el cadáver.

—¿Para reconocerlo?

—No.

—Entonces, ¿para qué?

—Para asegurarme de que está muerto.

Aquella respuesta sorprendió a Étienne.

—¿Cree que podría no estarlo?

—No.

—Acaba de decir que quiere asegurarse.

—Quiero asegurarme de que el hombre que está ahí es el hombre que estoy buscando.

Étienne comprendió entonces que aquella mujer podía saber más de lo que había dicho.

—¿Cómo se llamaba?

Ella cerró los ojos durante un instante.

—No puedo decírselo.

—¿Ni siquiera a mí?

—Especialmente a usted.

—¿Por qué?

—Porque usted registra nombres.

La frase lo golpeó con más fuerza de la esperada.

Étienne había dedicado toda su vida profesional a registrar nombres. Aquella era precisamente su función. Pero en la prisión había empezado a descubrir que un nombre escrito podía ser una condena y un nombre borrado podía ser una protección.

—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo.

La mujer lo miró durante varios segundos.

—Me llamo Madeleine Arnaud.

Étienne esperó.

—¿Y qué relación tenía con él?

—La suficiente para buscarlo durante veinticinco años.

Étienne sintió que el corredor se volvía repentinamente más estrecho.

—¿Veinticinco?

—Sí.

—Eso significa que lo conocía antes de la Revolución.

—Mucho antes.

—¿Entonces sabía dónde estaba?

—Durante un tiempo.

—¿Y lo perdió?

—Todos perdemos a alguien alguna vez.

—No estoy hablando de eso.

Madeleine volvió a mirar hacia la puerta que conducía a las celdas inferiores.

—Usted quiere saber quién era.

—Sí.

—Entonces empiece por descubrir quién quería que desapareciera.

Étienne dio un paso hacia ella.

—¿Sabe quién borró su nombre?

Madeleine no respondió.

—¿Sabe quién ordenó su traslado?

Silencio.

—¿Sabe quién lo mató?

La mujer levantó lentamente la mirada.

—No estoy segura de que lo hayan matado.

Étienne quedó inmóvil.

—Yo lo he visto.

—También yo.

—Está muerto.

—Eso parece.

—¿Qué quiere decir?

Madeleine se acercó un poco más y bajó la voz.

—Que un rostro irreconocible puede ocultar mucho más que una identidad.

Antes de que Étienne pudiera responder, se escucharon pasos en el corredor. La mujer se apartó. Dufour apareció al fondo acompañado por dos hombres vestidos de oscuro. Al ver a Madeleine, su expresión cambió inmediatamente. No fue una sorpresa normal. Fue reconocimiento.

Étienne lo vio y Madeleine también. Durante un instante los tres quedaron unidos por una mirada silenciosa que parecía contener una historia anterior a aquella mañana.

Dufour se detuvo. Uno de los hombres que lo acompañaban preguntó qué ocurría, pero el jefe de vigilancia no respondió.

Sus ojos permanecieron fijos en Madeleine.

—Usted —dijo finalmente.

Madeleine no retrocedió.

—Yo.

—Le ordené que no volviera.

—Nunca me dio esa orden.

—Se la estoy dando ahora.

—Ya es demasiado tarde.

Dufour apretó los labios.

—Salga de aquí.

Madeleine miró a Étienne.

—Él puede ayudarme.

—No —respondió Dufour—. Él no sabe nada.

Madeleine sostuvo la mirada de Étienne durante unos segundos.

—Todavía.

Después se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

Étienne quiso detenerla, pero Dufour se interpuso.

—Déjela marchar.

—¿Quién es?

—No importa.

—Usted la conoce.

—Mercier...

—¿Quién era el muerto?

Dufour bajó la voz.

—Olvídelo.

—Ella ha dicho que llevaba veinticinco años buscándolo.

—No sabe lo que dice.

—Y usted sí.

Dufour lo miró fijamente. Durante unos segundos Étienne pensó que finalmente hablaría. Que rompería aquella barrera de silencio que parecía envolver al cadáver, al expediente y a la mujer de negro. Pero el jefe de vigilancia solo negó lentamente con la cabeza.

—Hay nombres que pueden matar a quien los pronuncia.

Después se apartó. Étienne vio a Madeleine desaparecer por el corredor.

No volvió a verla aquel día. Pero cuando regresó a su oficina, abrió la libreta, sacó la pequeña llave que había encontrado junto al cadáver y la colocó sobre la mesa.

Después recordó el medallón, el retrato de un hombre muerto muchos años atrás, la frase de Madeleine y la expresión de Dufour al verla.

Veinticinco años. El cálculo era sencillo.

La búsqueda de aquella mujer había comenzado mucho antes de que Luis XVI fuera ejecutado, antes de que la República se proclamara y antes incluso de que París aprendiera a vivir bajo el miedo del Terror.

Eso significaba que la historia del hombre sin rostro no había nacido con la Revolución.

La Revolución únicamente había abierto una puerta que llevaba años cerrada.

Étienne volvió a mirar la llave. Por primera vez se preguntó qué puerta podía abrir.

Y, mientras la lluvia comenzaba a golpear los cristales de la oficina y el ruido distante de la ciudad se mezclaba con el rumor de los carros que avanzaban hacia el centro de París, comprendió que ya no estaba investigando una muerte.

Estaba siguiendo las huellas de una identidad que alguien había intentado destruir durante años, una identidad que parecía estar vinculada a secretos anteriores a la República y cuyo último testigo había aparecido vestida de negro para decirle, sin decirlo realmente, que el cadáver de la Conciergerie no era el principio de la historia.

Era solamente el lugar donde la historia había vuelto a encontrar un cuerpo.