El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Una boda es el mejor sitio del mundo para ver a otra gente empezar a enamorarse, y yo, el día de la mía, aprovecho para hacer justo eso, porque llevo semanas planeando una pequeña travesura y hoy es el día de cobrármela.

La travesura tiene nombre y apellido: James Aldric, Conde de Casworth.

Lo he invitado yo, en persona, a mi propia boda, con una tarjeta redactada con toda inocencia y ninguna, y no le he dicho una palabra a Vivienne.

Ella cree que el conde está aquí por casualidad, porque los condes van a las bodas de sociedad y esta es la boda de la temporada.

No sabe que la casualidad la firmé yo con mi mejor pluma.

A veces, cuando una ha encontrado la felicidad, siente el impulso irresistible de arrastrar a los que quiere hacia la suya, aunque sea a empujones.

Considérese esto mi regalo de bodas a mi cuñada, uno que ella nunca me pidió y que me va a agradecer dentro de un año o me va a reprochar el resto de su vida.

Sé que corro un riesgo. Vivienne no es de las que agradecen que les organicen la vida; es de las que la organizan a los demás, y mal llevaría descubrir que le han hecho a ella lo que ella lleva años haciéndole a todo el mundo.

He calculado, aun así, que el riesgo vale la pena: porque llevo semanas viéndola mirar hacia puertas por las que no llama nadie, y sé por experiencia propia lo larga que se vuelve esa espera cuando una es demasiado orgullosa para ir a buscar lo que quiere.

Le acorto la espera. Es lo que hacen las hermanas, y yo, por primera vez en mi vida, tengo una.

Lo veo llegar a media tarde, cuando el banquete ya se ha soltado y los dos Londres se hablan.

Entra con la misma expresión que le vi en el almacén: la de un hombre con un interés sincero por todo lo que ocurre a su alrededor y una ignorancia total de las reglas que lo gobiernan.

Trae un regalo envuelto que, apostaría mi dote, es un libro, porque un hombre así no regala otra cosa.

Y busca con la mirada, entre trescientos invitados, no a los novios, que es a quienes se supone que uno busca en una boda, sino a una sola persona.

La encuentra. Por supuesto que la encuentra.

Vivienne está junto a una de las ventanas, con su copa y su elegancia de siempre, sosteniendo una conversación cortés con alguien a quien no escucha.

Y en el instante en que ve al conde cruzar la sala hacia ella, veo repetirse el milagro del almacén: veo a mi cuñada, la mujer más dueña de sí misma que conozco, perder durante medio segundo el dominio de su propia cara.

Lo recupera enseguida. Es rápida. Aunque yo lo he visto, y ella sabe que lo he visto, y me dedica desde el otro lado de la sala una mirada de advertencia que traduzco sin esfuerzo: «ni una palabra».

No pienso decir ni una palabra. Pienso mirar, que es mucho mejor.

—Señorita —dice el conde al llegar a su altura, con una reverencia impecable—. Vivienne, si no recuerdo mal. No me dijo su apellido la última vez. Estábamos, si mal no recuerdo, algo ocupados.

—Deveran —responde ella, y noto, porque la conozco, el esfuerzo que le cuesta que la voz le salga neutra—. Vivienne Deveran. Hermana del novio.

—Ah. —El conde asimila el dato con evidente placer—. Entonces el temible caballero de los muelles que hoy se casa es su hermano. Tiene sentido. Hay un aire de familia en la manera que tienen los dos de mirar a la gente como si le calcularan el peso.

—¿Y usted qué hace en la boda de un temible caballero de los muelles, milord? —Vivienne inclina la cabeza—. No parece de su ambiente.

—No lo es en absoluto —admite él, encantado—.

No conozco a los novios. Bueno, a la novia la conozco de una tarjeta muy amable que me invitó sin que yo entienda del todo por qué.

Sospecho una intriga que se me escapa, y he decidido que las intrigas que no entiendo son más divertidas si uno se deja llevar por ellas.

Además —añade, y por primera vez la mira a los ojos—, tenía la esperanza de volver a cruzarme con la mujer que me salvó de buscar un manuscrito en el almacén equivocado.

Le debo, en rigor, un hallazgo. Encontré el libro. Estaba justo donde usted dijo.

—Me alegro por el libro.

—¿Ha venido de verdad hasta aquí a decirme que encontró un tomo antiguo? —Vivienne enarca una ceja, recuperando terreno—. Podría haberme mandado una nota. Habría sido más eficiente.

—La eficiencia está sobrevalorada —responde el conde, sin inmutarse—. Y una nota no me habría permitido comprobar una hipótesis que llevo meses queriendo comprobar.

—¿Qué hipótesis?

—Si la mujer que me corrigió la geografía de un manuscrito en mitad de una guerra era tan interesante como me pareció aquel día, o si fue solo efecto de las circunstancias.

Las circunstancias exageran a la gente, ¿sabe?

Un almacén en plena batalla hace parecer fascinante a cualquiera.

Necesitaba verla en un sitio tranquilo para saberlo.

—¿Y bien? —Vivienne lo desafía, aunque la mano que sostiene la copa se le ha cerrado un poco—. ¿Cuál es su conclusión, milord?

—Que las circunstancias no exageraban nada. —Lo dice sin coquetería, con la simple satisfacción de un hombre de ciencia que confirma un dato—. Es usted, en efecto, la persona más interesante que he conocido en una década. Perdone la franqueza. No sé decir las cosas de otro modo.

—El libro es lo de menos. —Le tiende el paquete envuelto que, en efecto, es un libro—.

Esto es para los novios, aunque sospecho que lo elegí pensando más en usted que en ellos.

Es un tratado sobre puentes. Sobre cómo se construyen las estructuras que unen dos orillas que no deberían poder unirse.

Me pareció... apropiado, dadas las circunstancias de esta boda.

Y dado —una pausa mínima— que usted parece una mujer que vive en un puente.

Vivienne se queda callada. Otra vez. El segundo de más, que ya no es medio segundo, sino uno entero, larguísimo, delator.

Y desde mi sitio, del brazo de mi flamante marido, asisto al espectáculo con una satisfacción que ni me molesto en disimular.

Porque conozco esa clase de silencio. Lo viví yo.

Es el ruido que hace una mujer blindada cuando alguien encuentra, sin proponérselo, la grieta que ni ella sabía que tenía.

Vivienne, que desmonta imperios y no pierde jamás la compostura, acaba de quedarse sin réplica ante un académico despistado que le ha regalado un libro sobre puentes.

No hay batalla que la haya derrotado. Este hombre la desarma con un tratado de ingeniería.

Me llena de una alegría difícil de explicar, esta escena.

En parte porque quiero a Vivienne y le deseo lo que yo he encontrado.

En parte, la parte menos noble, porque hay una justicia deliciosa en ver a la mujer que se pasó meses pinchándome sobre su hermano —«¿te preocupa él o el negocio?

», me soltó una vez, dejándome tres segundos colgando de mi propia respuesta— recibir por fin su dosis de la misma medicina.

La rueda gira. Hoy me toca a mí verla tartamudear a ella, y pienso disfrutar cada segundo, con la paciencia de quien llevaba tiempo esperando el momento.

—Gracias —dice ella al fin, y es la palabra más insegura que le he oído pronunciar nunca.

Marcus, a mi lado, sigue mi mirada hasta la escena de la ventana, y noto cómo entiende, despacio, lo que está viendo.

—¿Eso que le pasa a mi hermana —murmura— es lo que creo que es?

—Depende de lo que creas que es.

—Creo que es lo que me pasó a mí contigo. —Me mira—. La cara de quien acaba de descubrir que su vida se le va a complicar de una manera que no puede permitirse y que va a permitirse igual.

—Entonces crees bien. —Le aprieto el brazo—. Y no, no vamos a intervenir. Yo ya hice mi parte con la tarjeta. El resto es cosa de ellos, y va a llevar tiempo, porque tu hermana es más terca que tú, y tú tardaste meses. Prepárate para una temporada larga de fingir que no te das cuenta de nada.

—Se me da bien fingir que no me doy cuenta —dice Marcus—. Lo aprendí de mi suegro.

—Va a necesitarlo —añado—. Porque esto, si sale como creo, va a ser un espectáculo de meses. Dos personas que llevan la vida entera sin dejar entrar a nadie, chocando cada una contra el muro de la otra, negándose las dos a dar el primer paso. Nos va a recordar mucho a alguien.

—A nadie que yo conozca —responde Marcus, con la cara más seria del mundo.

—A nadie en absoluto —confirmo—. Desde luego, no a un rey del hampa que ensayó su declaración ante un perro.

—Ese hombre no existe. Es una calumnia. —Me besa la sien—. Y si vuelves a mencionarlo, negaré conocerlo bajo juramento.

Vivienne y el conde siguen hablando junto a la ventana, ajenos ya a los trescientos invitados, enredados en una conversación sobre puentes que los dos saben que no va de puentes.

No sé qué va a pasar con ellos. Nadie lo sabe, y menos que nadie ellos dos.

Sé que hoy, en mi boda, ha empezado algo, igual que empezó lo mío una mañana en unos muelles, y que va a ser difícil, y lento, y a buen seguro espectacular.

Aunque esa ya es otra historia, y no me toca a mí contarla. A mí me toca disfrutar de la mía, que hoy se ha vuelto para siempre, y volver con mi marido a un baile que mi madre ha organizado para que se hable de él diez años.

Habrá tiempo, en los meses que vienen, de ver cómo se enreda esta segunda historia.

Habrá encuentros en apariencia casuales que Vivienne jurará no haber buscado.

Habrá libros que aparezcan sin remite, que es como aprendimos en esta familia a decir lo que no nos atrevemos a firmar.

Habrá, conociéndola, una resistencia feroz, porque mi cuñada no se rinde a nada, ni siquiera a lo que quiere; sobre todo a lo que quiere.

Y habrá, al final, si el conde es tan terco en el amor como con sus manuscritos, un momento en que Vivienne descubra, como descubrí yo, que el muro no era la fortaleza que creía, sino la celda.

Miro una última vez hacia la ventana antes de dejarlos. El conde ha dicho algo. Vivienne, contra todo pronóstico, se está riendo. Y esa risa suya, tan rara, tan poco frecuente, es lo último que necesito ver para saber que el Libro de mi cuñada acaba de abrirse por su primera página.