El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 48
94%

Capítulo 48

Me caso con Isolde Ellerby un sábado de septiembre, y ese día, por primera vez en su historia, los dos Londres que llevo toda la vida separando se sientan en la misma sala.

No hay dos ciudades más distintas que las que conviven en esta.

Está el Londres de arriba, el de los apellidos y los salones y las invitaciones, el que decide quién existe.

Y está el Londres de abajo, el mío, el de los muelles y los mercados y el río, el que hace funcionar todo lo que el de arriba se permite ignorar.

Llevan siglos dándose la espalda, cada uno fingiendo que el otro no existe, unidos solo por el dinero, que es lo único que cruza sin problemas la frontera entre los dos.

Y este sábado, en la iglesia que mi suegra ha elegido para que se hable de ella diez años, los dos Londres coinciden por culpa de una boda.

Es el espectáculo más raro que he visto, y he visto muchos.

A un lado del pasillo se sienta la aristocracia, la misma que hace un año me habría negado el saludo, ahora vestida de gala y sonriendo como si siempre hubiera aplaudido esta unión.

Condesas que cerraron puertas. Lores que me deben favores impronunciables.

La condesa de Halverne en primera fila, radiante, contándole a quien la escuche que ella «lo vio venir desde el principio».

Al otro lado, incómodos con sus mejores ropas, que no son gran cosa, se sientan los míos: Hale, con el cuello de la camisa asfixiándolo; Pike, que no ha entrado en una iglesia desde su bautizo y mira las vidrieras como si fueran a caerle encima; estibadores y prestamistas y hombres del río que han venido a ver casarse al jefe y que no saben dónde poner las manos.

Y entre las dos facciones, paseándose con la única dignidad genuina de la jornada, el Almirante, al que nadie ha conseguido convencer de que una boda no es sitio para perros.

Isolde entra del brazo de su padre, y lord Cedric, que ha bebido lo justo para estar valiente y no tanto como para estar tonto, la conduce por el pasillo con una solemnidad temblorosa, entregándome, con este gesto, lo único que de verdad le importó en su vida ociosa.

Cuando llega a mi altura, me la cede con una mirada que lo dice todo: «cuídala, o te las verás conmigo», amenaza risible en un hombre de su edad y su hígado, y sin embargo la más sincera que me han dirigido nunca.

—Cuídemela, Deveran —me murmura al oído al soltar su brazo, tan bajo que solo yo lo oigo—. Es lo único bueno que he hecho en la vida. No me lo estropee.

—Antes me estropeo yo —le respondo. Y los dos sabemos que es verdad.

La ceremonia la oigo a medias, porque estoy demasiado ocupado mirándola a ella y comprobando, como comprobaré durante años, que esto es real.

Digo lo que hay que decir cuando hay que decirlo.

Ella dice lo suyo con esa voz firme que no tiembla ni el día de su boda, porque Isolde Ellerby no tiembla, y me mira mientras lo dice con una certeza que vale más que cualquier juramento.

Y en algún momento, entre una fórmula y la siguiente, levanto la vista hacia la sala, hacia los dos Londres sentados a lado y lado sin matarse, y entiendo lo que está pasando de verdad, por debajo de la boda.

Londres ha decidido.

No sobre nosotros; sobre nosotros ya decidió, a su manera cobarde y aritmética, en cuanto le salieron las cuentas.

Ha decidido algo más grande y menos consciente: ha decidido, por una tarde, que sus dos mitades pueden compartir un techo.

Que el de arriba y el de abajo, que llevan siglos fingiendo no verse, pueden sentarse en los mismos bancos sin que se hunda el mundo.

No durará. Mañana cada uno volverá a su orilla y a su desprecio mutuo.

Hoy, en cambio, por culpa de un huérfano de Wapping y una solterona de Mayfair que no tenían ningún derecho a acabar juntos, la frontera se ha borrado durante una tarde, y las dos ciudades han descubierto que no se acaba el mundo por respirar el mismo aire.

Soy, entiendo mirándolos, el único hombre de esta sala que pertenece a los dos lados.

Nací abajo y me he ganado un sitio arriba, no por título, sino por fuerza.

Isolde nació arriba y ha bajado a los muelles por voluntad propia, no por caída, sino por elección.

Somos, los dos, gente de frontera, de esa que no encaja del todo en ninguna de las dos ciudades y que por eso puede moverse por ambas.

Y la boda que hoy escandaliza y fascina a Londres a partes iguales no es más que eso, visto de cerca: dos personas de frontera que han decidido construir su casa justo encima de la línea que separa los dos mundos, para que a partir de ahora nadie pueda decirles a cuál de los dos pertenecen.

Es la venganza más completa que podía imaginar, aunque no sabía que la quería hasta que la tuve delante.

No haber vencido a ninguno de los dos Londres, sino haberlos obligado a sentarse juntos.

El de arriba me despreciaba por venir de abajo; el de abajo habría desconfiado de mí por codearme con los de arriba.

Y hoy los dos están aquí, en mis bancos, aplaudiendo la misma cosa, porque Isolde y yo hemos construido algo que ninguno de los dos mundos sabía hacer solo: un puente.

No una escalera, para subir. Un puente, para cruzar en los dos sentidos.

Y el que construye el puente deja de tener que elegir orilla.

—Puede besar a la novia —dice el sacerdote, y por primera vez en toda la ceremonia sé por fin qué hacer.

La beso, en una iglesia llena de dos Londres que contienen el aliento a la vez, y en ese beso hay más victoria que en la caída de Greave, más reino que en todos mis muelles, más futuro que en cualquier plan que haya trazado nunca.

Los de abajo rompen a aplaudir primero, porque los míos no tienen la contención de fingir compostura, y su aplauso arrastra al de arriba, que se une con medio segundo de retraso y algo de alivio, y por un instante irrepetible las dos mitades de Londres aplauden lo mismo al mismo tiempo.

El banquete que mi suegra ha organizado para cerrarle la boca a Londres es, en efecto, capaz de cerrársela.

Y en algún momento, entre plato y plato, ocurre lo que ninguno preveíamos: los dos Londres empiezan, con cautela primero y con vino después, a hablarse.

Veo a Pike, mi hombre de los mercados, explicándole a un conde asombrado cómo se fija de verdad el precio del pescado en esta ciudad, y al conde escuchándolo como si le revelaran un secreto de Estado.

Veo a la condesa de Halverne interrogando a Hale sobre las casas de juego con un brillo en los ojos que su marido haría bien en vigilar.

Veo a lord Cedric, por fin en su elemento, presentando a estibadores y a pares del reino con la misma soltura, como si llevara toda la vida derribando esa frontera en lugar de bebiendo a este lado de ella.

—Oiga —le suelta Pike a un marqués, ya entrado en vino y en confianza—, ¿es verdad que ustedes los lores no saben ni atarse los cordones sin ayuda?

—Del todo cierto —responde el marqués, con una flema que le gana el respeto inmediato de Pike—. Para eso tenemos gente, igual que ustedes tienen gente para partir cabezas. La civilización consiste en repartirse las tareas ingratas.

—En eso —concede Pike, alzando su jarra— no le falta razón.

Cuando llega el momento de los brindis, mi suegro se levanta, copa en mano, y se hace un silencio nervioso, porque nadie sabe qué va a salir de la boca de lord Cedric Ellerby en una ocasión así.

—Voy a ser breve —empieza, lo cual arranca alguna risa de quienes lo conocen—.

Hace un año, mi hija estaba arruinada, sola y decidida a no necesitar a nadie, y yo era un viejo inútil que elegía el oporto antes que cualquier decisión.

Miradnos ahora. Ella se casa con el hombre más temido de Londres, que resulta cocinar mejor que mi cocinera, y yo he descubierto, a los sesenta y uno, que aún me quedaba una decisión buena por tomar: la de darle la bienvenida a este hombre a mi familia en lugar de negársela.

—Levanta la copa—. No os diré que sea la boda que soñé para mi hija.

Es mejor. Yo soñaba con un yerno respetable, y me ha tocado uno leal, que es mucho más raro y mucho más difícil de encontrar.

Por Marcus y por Isolde. Que su casa tenga siempre tanto ruido como esta noche.

Bebemos todos, los dos Londres a la vez, y veo a Isolde apartar la vista un instante para que nadie la sorprenda emocionarse, porque Isolde Ellerby no se emociona en público; aunque hoy, por una vez, le tiembla algo cerca de los ojos que no piensa admitir jamás.

Más tarde, en un rincón, robamos un momento los dos, lejos del ruido que hemos causado.

—¿Arrepentida? —le pregunto, medio en broma.

—De muchas cosas de mi vida. De esto, de ninguna. —Me mira—. ¿Y tú? Acabas de casarte con la mujer que te metió en un juzgado y en un escándalo, y que va a seguir metiéndote en líos el resto de tu vida, porque es lo que se me da bien.

—Cuento con ello. —Le cojo la mano—. Un hombre que se aburre es un hombre peligroso. Tú te aseguras de que no me aburra nunca. Es lo más generoso que ha hecho nadie por mí.

—Recuérdalo dentro de treinta años, cuando te tenga harto.

—Dentro de treinta años seguiré comprobando cada mañana que sigues ahí. Y me seguirá dando el mismo miedo y la misma alegría que esta mañana. Con eso también cuento.

Cuando nos giramos hacia la sala, cogidos de la mano, marido y mujer, veo a Vivienne en primera fila, entre los dos bandos como siempre, aplaudiendo con una sonrisa que rara vez se permite.

Y veo, un par de bancos por detrás de ella, a un caballero de levita impecable que aplaude también, con un libro asomándole del bolsillo hasta en su propia ropa de gala, mirando no a los novios, como todos los demás, sino a mi hermana.

Aunque esa, otra vez, no es mi historia. Yo hoy solo tengo ojos para la mía, que me aprieta la mano y me mira con la cara de quien acaba de ganar la única guerra que de verdad le importaba: la de dejar de estar sola.