El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 40
78%

Capítulo 40

La nota llega a los muelles un martes, sin remite, escrita en un papel demasiado bueno para venir de nadie de por aquí, y la leo dos veces.

La primera, por lo que dice. La segunda, porque no me creo quién la firma.

La firma lord Cedric Ellerby. El padre de Isolde.

El hombre al que tuve por el cuello durante tres semanas con una deuda, el que elige el oporto antes que cualquier decisión, el que se ha pasado meses cruzando salones con la cara de quien ha decidido no enterarse de nada que ocurra en su propia casa.

Ese hombre, del que ni yo ni nadie esperaba un solo movimiento en toda su vida, acaba de hacer el más arriesgado de los que se pueden hacer en esta ciudad: ha mandado por escrito, de su puño y letra, una advertencia a un rey del hampa.

Y la advertencia es buena. Esa es la segunda sorpresa, mayor que la primera.

«Deveran —empieza, sin más cortesía, lo cual ya me dice que va en serio—.

Anteayer me visitó un caballero que decía representar intereses comerciales.

No dio su nombre verdadero, aunque sé de quién venía, porque un hombre que no menciona a Greave por su nombre y deja sin embargo que su sombra ocupe toda la habitación no engaña a nadie que haya jugado tanto a las cartas como yo.

Me ofreció saldar lo que aún resta de mis deudas, todas, y devolverle a mi familia el lugar que nos corresponde, a cambio de muy poco: de que convenciera a mi hija de aceptar al Marqués de Threnholm, y de que, mientras tanto, le hiciera llegar cuanto supiera de sus movimientos de usted. »

Me detengo ahí, la primera vez, porque ya veo la trampa entera.

Greave, sin dinero, sin rutas, sin la causa judicial que le archivaron, ha vuelto al único punto que cree blando: el padre.

El eslabón que todos, yo incluido, habríamos señalado como el más fácil de comprar.

Un lord arruinado, débil, aficionado a la botella, con una hija a la que entregar.

Sobre el papel, Cedric Ellerby es justo la clase de hombre que se vende.

Sigo leyendo, y es aquí donde leo la nota la segunda vez, despacio, para asegurarme.

«Le confieso, Deveran, que hace un año habría aceptado.

No por maldad, sino por agotamiento, que en un hombre cansado son casi lo mismo.

Habría firmado lo que me pusieran delante con tal de que mis problemas desaparecieran, y me habría dicho a mí mismo que lo hacía por el bien de mi hija, que es la mentira que mejor se me da.

Solo que ese caballero cometió un error de cálculo, el mismo que comete todo el mundo conmigo: dio por hecho que un hombre inútil es además un hombre sin lealtades.

Y se equivocó. No tengo muchas virtudes, lo sé mejor que nadie.

Resulta, sin embargo, que la última que me queda, la que no he conseguido ahogar en oporto, es que no vendo a los míos.

Y usted, Deveran, por raro que suene en mi boca, se ha convertido en uno de los míos.

Mi hija sonríe. No le digo más, porque no hace falta decirle más a un hombre listo. »

Bajo la nota. La casa de los muelles está en silencio, el Almirante dormita junto al fuego, y yo me quedo un momento sin saber qué hacer con lo que acabo de leer, porque no tengo un casillero para esto.

Llevo la vida entera clasificando a la gente por lo que se le puede sacar y por dónde se la puede romper.

Y Cedric Ellerby, al que clasifiqué hace meses como «inofensivo, débil, prescindible», acaba de hacer algo que no encaja en ninguna de esas etiquetas.

Acaba de elegir un bando que no le conviene, contra un enemigo que da miedo, por una razón que no le reporta nada: porque su hija sonríe.

He visto a hombres traicionar por mucho menos de lo que Greave le ofrecía: por la mitad, por la décima parte, por la simple promesa de dejar de tener miedo.

La lealtad, en mi experiencia, es la mercancía más cara y la que peor se conserva; casi todo el mundo la vende en cuanto el precio sube lo suficiente.

Llevo diez años apostando a eso y ganando.

Y aquí tengo, en un papel demasiado bueno, la prueba de que me dejé un caso fuera de la cuenta: hay hombres a los que no se les puede subir el precio, no porque sean santos, sino porque hay una cosa que de verdad no está en venta para ellos.

Cedric Ellerby acaba de descubrir, a los sesenta y un años, cuál era la suya.

Y resulta que es la misma que la mía: los que llevamos dentro.

La nota, sin embargo, no termina ahí, y la última parte es la que me levanta de la silla.

«Adjunto a esto lo que ese caballero dejó caer sin darse cuenta, convencido de que hablaba con un viejo borracho que no recordaría nada por la mañana.

Los viejos borrachos recordamos más de lo que conviene; es nuestra pequeña venganza.

Mencionó un nombre, un sitio y una fecha.

No sé lo que valen. Usted sabrá. Yo me limito a ponerlos donde puedan servir de algo, que es lo más útil que he hecho en bastantes años. »

Y debajo, en la letra cuidada de un hombre que aprendió caligrafía cuando los lores aún la aprendían, hay tres datos.

Un nombre: el del último banquero que le queda a Greave, el que no encontramos Isolde ni yo porque operaba a través de tres testaferros.

Un sitio: un almacén en Rotherhithe que no figuraba en ninguno de mis mapas.

Y una fecha: la de pasado mañana, cuando, según dejó caer el caballero, «el señor que ustedes saben pondría las cosas en su sitio de una vez por todas».

Leo los tres datos una tercera vez, ya sin disimulo. Cedric Ellerby, el hombre inútil, borracho y prescindible, acaba de entregarme, en una sola nota, lo que llevo semanas sin conseguir: el hilo que me lleva directo al centro de Greave.

Voy a Mayfair esa misma tarde. No mando recado. Voy yo.

Lo encuentro en su estudio, con la copa de costumbre, fingiendo leer un periódico que sospecho que sostiene del derecho solo porque hay visita. Cuando me ve entrar, no se levanta, aunque algo en su cara cambia: la cautela de un hombre que ha hecho algo grande y todavía no sabe si lo ha hecho bien.

—Recibió mi nota —dice.

—La recibí.

—¿Y?

—Y la he leído dos veces. —Me quedo de pie, porque para esto no sé sentarme—. La primera, por lo que decía. La segunda, porque no me creía que la hubiera escrito usted.

—Yo tampoco me lo creo del todo. —Deja el periódico, por fin del derecho—.

Llevo cincuenta años siendo un hombre que no sirve para nada, Deveran.

Es cómodo, ¿sabe? Cuando nadie espera nada de ti, nunca decepcionas.

Me instalé en eso muy joven y me quedé. Y de pronto, hace unos meses, mi hija empezó a tratar con un criminal de los muelles, y ese criminal, contra todo lo que yo creía saber del mundo, resultó ser la primera persona en cinco años que la trataba como a una igual en lugar de como a un premio.

—Da un sorbo—. No sabe usted lo que es ver a una hija apagarse despacio durante un lustro y volver a encenderse de golpe.

Yo no podía darle eso. Usted se lo dio. Lo menos que puedo hacer, por una vez en mi inútil vida, es no dejar que un canalla se lo quite.

—Podría haberme avisado y ya está —observo—. No hacía falta que jugara usted al espía con un hombre de Greave. Es peligroso. Si se le llega a notar...

—No se me notó. —Y hay, por primera vez desde que lo conozco, un orgullo genuino en su voz—.

¿Sabe por qué? Porque llevo cincuenta años perfeccionando una cosa que nadie valora: parecer más tonto de lo que soy.

Es un arte, Deveran. Un hombre al que subestiman lo cuenta todo delante, porque no te cree capaz de retenerlo.

Ese caballero habló conmigo como se habla delante de un mueble.

Y el mueble lo recordó todo. —Da un sorbo, satisfecho—.

Toda la vida me han tratado de inútil. Por una vez, ha resultado ser mi mejor disfraz.

—Es la jugada más astuta que he visto hacer a nadie en meses —admito, y lo digo en serio—. Y me la ha hecho el hombre del que menos la esperaba.

—De ese hombre nadie espera nada. —Sonríe—. Es la única ventaja del oficio. Aprovéchela usted también, si alguna vez le hace falta desaparecer. No hay mejor escondite que la baja opinión ajena.

No sé qué responder. En mi oficio, a la gratitud no se la ve venir, y cuando llega no traigo nada preparado para devolverle.

—Eso que ha hecho es peligroso —digo al fin, que es lo más cerca que sé estar de las gracias—. Si Greave llega a saber que me ha pasado esto, no le va a perdonar que lo haya jugado.

—Tengo sesenta y un años, una hija que ya no me necesita y un hígado que me odia.

—Lord Cedric levanta su copa hacia mí, con una sonrisa que por una vez no esconde nada—.

Es la primera vez en mucho tiempo que hago algo lo bastante importante como para que merezca la pena el riesgo.

No me la quite usted también. Déjeme ser útil. Hace años que no me dejan.

—Le voy a dejar más que eso. —Las palabras me salen antes de medirlas, lo cual en mí no pasa nunca—.

Le voy a hacer una promesa, lord Ellerby, y yo no hago promesas a la ligera, porque las cumplo todas.

Su hija no va a volver a apagarse. No mientras yo respire.

Puede usted seguir bebiendo su oporto tranquilo: el sitio que ocupaba la preocupación por ella en su cabeza, démelo a mí. Yo me ocupo a partir de ahora.

El viejo me mira un largo rato, y veo cómo se le humedecen los ojos y cómo finge, por pudor, que es cosa del oporto.

—Eso —dice al fin, con la voz tomada— ha sonado demasiado parecido a pedirme la mano de mi hija, Deveran.

—Ha sonado a lo que ha sonado. —No lo niego—. Aunque hay un orden para estas cosas, y todavía me falta hablar primero con ella. Si se entera de que lo hablé antes con usted que con ella, me mata. Y con razón.

Salgo de ese estudio con tres datos que van a terminar con Greave y con algo más que no esperaba traerme: el respeto, nuevo y entero, por un hombre al que llevaba meses despreciando sin molestarme en mirarlo.

Resulta que el eslabón que Greave creyó más débil de la cadena era el único que no se podía comprar.

Greave ha cometido su último error. Ha ido a comprar a un hombre que, por fin, después de toda una vida, ha decidido no estar en venta.