El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

No sé celebrar, es un defecto que comparto con Marcus, y por eso la primera celebración de nuestra vida la organiza, contra todo pronóstico, mi padre.

La idea es suya, lo cual ya es noticia, porque mi padre lleva una década sin tener ideas que no impliquen una botella.

Una tarde, sin embargo, deja el oporto a medias, me mira y declara que está harto de que en esta familia todo el mundo se salve la vida sin que nadie lo festeje como Dios manda.

«Han pasado cosas grandes —dice, con una solemnidad que no le conocía— y las cosas grandes se celebran con una buena cena, o se quedan dentro y se pudren.

Yo he tenido las dos clases. Prefiero la cena.

» Y así es como acabo, un jueves por la noche, en la casa de los muelles de Marcus Deveran, viéndolo cocinar para cinco con las mangas remangadas y un perro sin nombre pegado a sus talones.

Es una reunión impropia de toda regla social que me enseñaron.

A mi izquierda, un rey del hampa con harina en el antebrazo.

A mi derecha, su hermana, que da más miedo que él, partiendo pan con la elegancia de una duquesa.

Frente a mí, mi padre, lord Cedric Ellerby, cinco generaciones de aristocracia, brindando con el hombre que hace tres meses le tenía cogida una deuda por el cuello.

Y entre todos, un chucho feo que va de regazo en regazo mendigando con una dignidad que desmiente su fealdad.

Si alguna de las anfitrionas que me cerraron las puertas el mes pasado me viera ahora, le daría algo.

No se me ocurre un sitio donde prefiriera estar.

Mi madre, que ha aceptado venir tras una negociación más ardua que cualquiera de las mías —yo le prometí que nadie de la buena sociedad se enteraría, ella fingió que esa era su única objeción—, preside su rincón de la mesa dividida entre el escándalo y un placer que no logra disimular.

—Si me hubieran dicho hace un año —murmura, para que la oiga toda la mesa— que cenaría en los muelles, con harina en el aire y un perro bajo la silla, habría pedido las sales.

Y aquí estoy. —Da un sorbo a un vino que aprueba a regañadientes—.

Lo peor es que el cordero está delicioso.

Es muy difícil sostener los principios con la boca llena, Deveran. Me lo está usted poniendo imposible.

—Esto está buenísimo —admite mi padre, que ataca su segundo plato con un entusiasmo poco digno de un lord—. Deveran, cocina usted mejor que mi cocinera, y a mi cocinera le pago una fortuna. ¿Dónde aprendió?

—Donde se aprende todo lo útil. —Marcus sirve sin sentarse, atento a que ningún plato se vacíe, un anfitrión vigilante—. Teniendo hambre. Cuando solo hay una patata, aprendes a hacerla parecer dos. Es la primera economía que estudié.

Mi padre se queda un momento con el tenedor en el aire, alcanzado por una verdad que no esperaba a esas horas, y luego, para mi sorpresa, no la esquiva con una broma. La honra.

—A mí me sobraron las patatas toda la vida y nunca aprendí a hacer nada con ellas —dice—. Quizá ese ha sido siempre mi problema. Demasiada patata, ninguna necesidad. Por su salud, Deveran. Y por la mía, que falta me hace.

—¿Lo veis? —interviene Vivienne, alzando su copa con una ceja—.

Esto es lo que pasa cuando dejáis hablar a los hombres después del segundo vino.

Se ponen filosóficos y melancólicos, que es la antesala de ponerse pesados.

Propongo un brindis más corto y menos peligroso: por seguir todos vivos.

Que esta primavera no era apuesta segura.

—Por seguir vivos —repetimos, y las copas se tocan sobre la mesa de un rey, en una casa de los muelles, entre gente que no debería compartir mantel y que, contra toda lógica, lo comparte.

El perro elige ese momento para apoyar el morro en la rodilla de mi padre, que le cede un trozo de carne con la culpabilidad de un niño.

—Este animal necesita un nombre —sentencia—. No se puede querer a algo que no tiene nombre. Es contra natura.

—Era de Bowen —responde Marcus, y algo se le ensombrece un segundo—. No me parecía justo cambiárselo.

—Bowen le puso un nombre de Bowen —dice Vivienne con suavidad—. Lo llamaba «Perro». Sin más imaginación. Le gritaba «¡Perro!» por todo el muelle y el animal venía. Así que, en rigor, ya tiene nombre. Es solo que es un nombre espantoso.

—Entonces hay que mejorárselo, no quitárselo —decido yo, porque alguien tiene que decidir estas cosas—. Algo que honre a Bowen sin condenar al perro a llamarse «Perro» el resto de su vida. ¿Sugerencias?

—Almirante —propone mi padre al instante, encantado con el juego—. Mírenle el porte. Ese perro cree que la mesa es suya.

—Es un chucho de los muelles, padre, no un lord del Almirantazgo.

—Por eso. Los que menos méritos tienen son los que mejor llevan los títulos. Lo he visto toda mi vida.

—Almirante es demasiado para un perro que se come una vela si lo dejas —objeta Vivienne—. Lo vi la semana pasada. Una vela entera. Mecha incluida.

—Razón de más —insiste mi padre—. Un perro capaz de comerse una vela y sobrevivir tiene la constitución de un almirante de verdad. He conocido a peores en el club.

—Yo voto por algo más modesto —tercio—. «Coombe», por el librero al que nunca le llegó su conde. Le daría a este animal un aire literario que no se merece en absoluto.

—Coombe es nombre de gato resentido —dictamina Vivienne, demasiado deprisa, y algo se le tensa una pizca en la mandíbula al oír la palabra «conde»—. Este perro no tiene resentimiento. Este perro es feliz de una manera casi ofensiva. Almirante, entonces. Que conste que cedo solo por agotamiento.

Marcus se ríe. Se ríe de verdad, con esa risa rara que se gana una de cada cien frases, y verlo reír en su propia casa, rodeado de esta familia imposible que se nos ha formado sin que nadie firmara nada, me hace algo en el pecho que prefiero no examinar a la mesa.

El Almirante, ajeno a la gravedad de su bautizo, se tumba bajo la silla de mi padre con la conciencia tranquila de quien ha encontrado al más fácil de convencer.

La he visto, durante la cena, mirar dos veces hacia la puerta sin que nadie llamara, y sé lo que es eso, aunque ella aún no lo sepa: es la cabeza buscando, sin permiso, a alguien que no está.

Un conde despistado que anda por Spitalfields con un manuscrito y sin la menor idea de que se dejó algo aquí.

No le digo nada. A cada cual su precipicio y su momento de asomarse; el de Vivienne llegará, y será espectacular de ver.

Más tarde, cuando mi padre ronronea en su silla con la copa vacía y Vivienne ha salido a tomar el aire del río, Marcus y yo nos quedamos un momento solos recogiendo, hombro con hombro, en un silencio que no necesita llenarse.

—No sabía que esto existía —dice de pronto, sin mirarme, con un plato a medio secar en las manos.

—¿El qué?

—Esto. —Hace un gesto vago que abarca la mesa desordenada, la silla donde duerme tu padre, el perro, la noche—.

Una casa con ruido. Gente que no viene a por nada.

Una cena que no es una negociación. Llevo diez años comiendo solo en esta misma cocina, de pie, leyendo.

Pensaba que comer solo de pie era lo que había. Resulta que solo era lo que conocía.

—Pues vas a tener que acostumbrarte al ruido —digo—. Porque mi padre, ahora que ha descubierto que cocinas, no va a dejarte en paz. Y donde va mi padre va su perro filósofo, y donde voy yo, por lo visto, vengo con una familia entera de regalo que nadie te ha pedido permiso para traerte.

—No recuerdo haberme quejado.

—No te he oído quejarte, no. —Le paso un plato—. Es lo que me ha llamado la atención. Un hombre que ha vivido diez años a solas a propósito, lleno de pronto de gente, y en vez de echarnos, seca platos. Algo te hemos roto, Marcus Deveran.

—Algo me habéis arreglado, más bien. —Coge el plato—. Que con vosotros viene a ser lo mismo, por lo que veo. Rompéis arreglando.

Dejo de secar. Lo miro de perfil, con las mangas remangadas y la harina secándose en el antebrazo, en su cocina, en su mundo, y pienso en la primera mañana que crucé esa puerta a preguntarle el precio de mi padre, tan segura entonces de que aquel hombre y yo no teníamos nada que decirnos más allá de una cifra.

—¿En qué piensas? —pregunta, sin volverse, porque me lee como leo yo a los demás.

—En que la primera vez que entré aquí venía a comprarte la libertad de mi padre, y me fui sin conseguirla.

—Cuelgo el paño—. Y mírame ahora. He vuelto tantas veces que ya tengo un sitio en tu mesa y opinión sobre el nombre de tu perro.

Es la peor negociación de mi vida: vine a comprar una cosa y he acabado quedándome con la casa entera.

—La casa entera te estaba esperando —dice, tan bajo que casi no lo oigo, y casi prefiero no haberlo oído, porque oírlo del todo me obligaría a contestar algo a su altura, y esta noche no quiero gastar las palabras grandes. Esta noche quiero secar platos.

No le contesto con palabras. Le quito el plato a medio secar de las manos, lo dejo en su sitio, y me quedo a su lado, hombro contra hombro, mirando por la ventana el mismo río que se traga lo que a Londres le sobra y que esta noche, por una vez, no me parece amenazador, sino solo un río, oscuro y ancho, llevándose la primavera horrible que hemos sobrevivido.

No celebro la victoria. No es esa clase de noche.

Celebro esto otro, lo que no tiene nombre todavía, igual que el perro no lo tenía hasta hace una hora: una mesa, un ruido, una familia que nadie eligió y que aquí está.

Llevo cinco años convencida de que la familia era una carga: un padre al que sostener, una madre a la que aplacar, un apellido que mantener a flote yo sola.

Esta noche descubro que la familia también puede ser esto otro, lo que se elige y no se hereda, lo que se forma en una cocina de los muelles entre gente que no comparte ni sangre ni clase ni nada salvo la decisión de quedarse.

Es la primera vez que esa palabra no me pesa, y la primera, también, que me apetece.

Sé que no ha terminado. Sé que Greave sigue ahí fuera, herido y por tanto peligroso, y que mañana volveremos a las armas, cada uno a la suya.

Mañana, en cambio, es mañana. Esta noche hay harina en el antebrazo de un rey, un perro recién bautizado almirante, y un hombre que acaba de descubrir, a los treinta y cuatro años, que una casa puede tener ruido.

Esta noche, eso me basta.