Capítulo 33
En mitad de una guerra, con tres muelles bajo asedio y hombres armados entrando y saliendo del almacén como hormigas de un hormiguero pateado, lo último que espero ver cruzar la puerta es a un caballero de levita impecable consultando una tarjeta con la expresión de quien busca una dirección que no le cuadra.
He visto cosas extrañas en estos muelles desde que Marcus me dejó entrar en su mundo.
He visto a hombres negociar la vida de otros con el tono con que se regatea pescado.
He visto a Vivienne convertir a dos matones en un mensaje sin levantar la voz.
Un conde con tarjeta de visita preguntando por una librería en mitad de un asedio, en cambio, es una categoría nueva, y lo miro entrar con la fascinación con que se mira algo que no debería existir y existe igual.
La guerra no se detiene por él; los hombres siguen entrando y saliendo con sus fardos y sus armas.
Es él quien parece, por contraste, lo único quieto y limpio de la habitación, una pieza de otro tablero caída por error en el nuestro.
Llevo dos horas trabajando junto a Vivienne, repartidas las dos la misma mesa, ella con los hilos del río y yo con los de los salones, en esa coordinación sin palabras que hemos descubierto que se nos da bien. Por eso lo veo entrar, y por eso veo, sobre todo, lo que le pasa a ella cuando entra.
El caballero se detiene en el umbral, parpadea ante el caos, y en lugar de hacer lo sensato —que sería retroceder muy despacio y desaparecer— avanza un paso hacia el interior, mira a su alrededor con franca curiosidad académica, y se dirige al hombre más cercano, que resulta ser Bowen, que resulta estar limpiando una pistola.
—Disculpe —dice, con la cortesía de quien pregunta por una calle en un día de sol—.
Busco la librería del señor Coombe. Tengo entendido que recibió la semana pasada un manuscrito que me pertenece.
Un volumen del siglo XV, encuadernación de becerro, con el lomo bastante dañado. ¿Sería este el establecimiento?
Bowen, que ha hecho llorar a hombres más duros que este, se queda mirándolo sin saber qué hacer con él, que es la reacción que provoca el caballero en todos los presentes durante los siguientes segundos.
Croft, que está más cerca de la puerta, posa la mano en el cinto por puro reflejo, y luego la retira, porque no hay forma de amenazar a alguien que no se ha dado cuenta de que está siendo amenazado.
La amenaza requiere un interlocutor que tenga miedo, y el miedo, en este caballero, no figura.
No es valor; el valor implica vencer al miedo, y a este hombre no se le ve vencer nada, se le ve no haberlo sentido en ningún momento.
Toda la coreografía del terror que estos muelles tienen ensayada se queda de pronto sin bailarín.
En un almacén lleno de gente que entiende de sobra las reglas —se entra con miedo o no se entra—, acaba de aparecer alguien que no conoce las reglas y, por no conocerlas, las desarma todas.
Y entonces Vivienne se levanta de nuestra mesa y va hacia él, con esa manera de caminar suya que hace que los hombres se aparten sin que ella tenga que pedirlo.
—Ha venido al lugar equivocado —le dice.
Lo dice con su voz de evaluar amenazas, la que reserva para decidir si alguien es un problema y de qué tamaño.
Cualquier persona con un mínimo instinto de conservación captaría el subtexto y se marcharía dando las gracias.
El caballero, en cambio, considera la frase con genuino interés, como si ella le hubiera planteado un acertijo.
—Es posible —concede, y no hay en su tono ni rastro de miedo, solo el placer de un hombre al que le han dado un dato nuevo que encaja con otro—. El manuscrito tampoco estaba donde esperaba. La imprecisión parece ser el tema del día.
Y ahí ocurre.
Vivienne, que tiene una respuesta inmediata para todo, que lleva diez años sin que nadie la pille sin réplica, tarda un segundo de más en contestar.
Un solo segundo. Nadie en ese almacén lo notaría; todos están demasiado ocupados con la guerra.
Yo lo noto porque llevo media vida cazando justo esos segundos en los demás, y porque hace muy poco fui yo quien se quedó un segundo de más mirando a un hombre que me hablaba como a un igual en estos mismos muelles.
Conozco ese segundo. Lo conozco por dentro. Es el ruido que hace un sistema de defensa perfecto al encontrar, por primera vez, algo para lo que no estaba programado.
Me reconozco en ella con una nitidez incómoda.
Hace unas semanas yo era ella: la mujer blindada, la que tiene una réplica para cada embate, la que ha decidido que necesitar a alguien es la grieta por donde entra el daño.
Y bastó un hombre que me mirara sin querer nada de mí para que el blindaje hiciera ese ruido pequeño, ese segundo de retraso, esa fisura que solo se oye desde dentro.
Vivienne no sabe todavía lo que le acaba de pasar.
Yo, que lo viví hace nada, lo veo con la claridad con que se ven las cosas en los demás justo cuando una ha dejado de poder verlas en sí misma.
Y siento, por esta cuñada futura —porque algo me dice que lo será, aunque ella tardaría meses en admitir siquiera que el conde existe—, una mezcla de ternura y de compasión anticipada: la de quien ve a otro asomarse al borde del mismo precipicio por el que una acaba de tirarse.
—El señor Coombe —responde Vivienne al fin, recuperando el paso, aunque no del todo el terreno— no tiene su manuscrito.
Tiene un acuerdo con esta casa y un retraso en sus pagos, que son dos cosas distintas que en este momento le convienen más de lo que cree.
Su volumen del siglo XV está, con casi toda seguridad, en la trastienda de Coombe, en Spitalfields, donde debería usted haber ido en primer lugar.
—Ah. —El caballero asimila esto con evidente satisfacción—. Entonces no ha sido una pérdida de tiempo. Ahora sé dos cosas que antes no sabía: dónde está el manuscrito y dónde no está. La segunda es, a menudo, más útil que la primera. Le estoy agradecido.
—No me dé las gracias —replica Vivienne—. Dese prisa en marcharse. Esta no es una tarde tranquila en esta calle.
—Eso he visto. —Mira de nuevo a su alrededor, hacia los hombres armados, hacia el desorden, con el interés de un naturalista ante una especie nueva, y por un instante temo que pregunte algo sobre la logística del contrabando—.
Si me permite una observación impertinente —añade, y por el amor de Dios la añade—, esto no parece una librería en absoluto.
Lo cual plantea la cuestión interesante de por qué el señor Coombe da una dirección que no le corresponde.
Sospecho, eso sí, que la respuesta no es de mi incumbencia, y que insistir en ella sería poco prudente incluso para mí.
—La primera cosa sensata que dice usted desde que ha entrado —observa Vivienne.
—Me esfuerzo por decir una al día. Hoy la he gastado pronto. —Recupera la compostura—. Le deseo que su tarde mejore. Por pura estadística, suelen hacerlo. Buenas tardes, señora.
—Señorita.
—Buenas tardes, señorita —corrige él, sin perder el paso, y se va igual que ha venido, con una reverencia perfecta y la conciencia tranquila de un hombre que ha resuelto su problema y no ha entendido en absoluto en qué clase de sitio acaba de resolverlo.
La puerta se cierra tras él. Vuelve la guerra, los hombres retoman lo suyo, y Vivienne regresa a nuestra mesa y se sienta como si nada hubiera ocurrido.
Coge sus papeles. Repasa una columna. Y no dice una palabra, que es justo lo que la delata, porque Vivienne siempre tiene una palabra para todo y acaba de quedarse sin ninguna.
Decido, por pura caridad fraternal, no decir nada tampoco.
Durante unos tres minutos. Es la misma caridad que ella no tuvo conmigo cuando se presentó en mi salón a preguntarme si me preocupaba su hermano o el negocio, y me dejó tres segundos colgando de mi propia respuesta.
Le debo esos tres segundos. Pienso cobrármelos con intereses, aunque sea más adelante.
—¿Quién era? —pregunto al fin, con el tono más neutro de mi repertorio, que es muy neutro.
—Un conde. Aldric, creo. Casworth. —No levanta la vista del papel—. Un académico que ha entrado en un almacén en guerra preguntando por un libro. Inofensivo. Idiota. La clase de hombre que no dura una semana en esta ciudad.
—Mmm. —Doy un sorbo del té frío que alguien me ha traído entre dos crisis—. Lo has mandado a Spitalfields.
—Le he dado una dirección. Es lo más rápido para sacar a un estorbo de en medio.
—Le has dado la dirección exacta de la trastienda de un librero al que ni siquiera trabajas, Vivienne. De memoria. —Dejo la taza—. Para ser un idiota inofensivo que no va a durar una semana, sabes demasiado bien dónde encontrarle su manuscrito.
Vivienne levanta la vista al fin. Me dedica una mirada larga, de esas con las que descompone a hombres adultos, y descubre, supongo, lo que yo descubrí en su día cuando ella me hizo a mí la misma clase de pregunta en este mismo terreno: que la conozco demasiado bien para que el desdén me funcione.
—No empieces —me advierte.
—No he empezado nada. —Vuelvo a mis papeles—. Solo he observado que tienes muy buena memoria para las direcciones de los idiotas. Es una virtud. No la desperdicies.
—Es un académico —dice, como si la palabra zanjara algo—. Vive entre libros muertos y preguntas que no le importan a nadie. No tiene la menor idea de en qué mundo ha entrado hoy.
—Ninguna —concedo—. Y aun así no ha salido corriendo. ¿Sabes cuántos hombres con la mitad de su título y el doble de su supuesto valor han salido corriendo de este almacén esta semana? Todos. Él se ha quedado a corregirte la geografía de un manuscrito.
—Porque es demasiado idiota para tener miedo.
—O demasiado libre. —Me encojo de hombros—. A veces cuesta distinguir lo uno de lo otro desde fuera. Desde dentro, me han dicho, no tanto.
No me contesta. Vuelve a su columna. Noto, eso sí, que tarda otro segundo de más antes de encontrar el número que buscaba, y archivo ese segundo donde archivo las cosas que un día harán mucha gracia contarle a Marcus, cuando esta guerra termine y volvamos a tener tiempo para las cosas pequeñas que son, al final, las únicas grandes.
Fuera, en alguna calle de Spitalfields, un conde busca un manuscrito sin sospechar que acaba de dejarse algo más valioso en un almacén de Wapping. Y Vivienne, a mi lado, sigue sin encontrar su número.