El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Hay una hora, pasada la medianoche, en que las casas dejan de fingir lo que son de día y se quedan a solas con su verdad, y es a esa hora cuando Marcus empieza a hablar de Wapping sin que yo se lo pida.

Estamos en su casa de verdad, la de los muelles, no la fachada de Mayfair que enseña a quien quiere impresionar.

Hemos cenado algo que ha cocinado él, con esas manos grandes que parecen hechas solo para romper cosas y que sin embargo trocean cebolla con una paciencia que nadie en Londres le supondría.

No hay trato esta noche. No hay deuda, ni clase, ni pretexto.

Marcus está aquí porque quiere estar, y yo estoy porque lo dejo entrar por la misma razón, y esa simetría, después de cinco años blindándome contra cualquiera, todavía me asombra cada vez que la nombro por dentro.

—Aquí cerca había un callejón —dice, mirando el fuego, no a mí—.

A dos calles del río. Allí dormíamos Vivienne y yo cuando no había sitio en ningún otro lado.

Ella tendría seis años. Yo, diez. Aprendí a calcular el frío como otros niños aprenden las tablas: cuántas horas faltaban para que amaneciera, cuántos grados bajaría el aire antes, cuánto calor le quedaba a un cuerpo pequeño si yo me ponía del lado de dónde venía el viento.

—Vivienne no se acuerda de eso —añade, y algo se le templa en la voz al nombrarla—.

Era demasiado pequeña. Me he ocupado de que no se acuerde.

Le he construido un mundo en el que esa parte no existe, en el que siempre hubo techo y comida y un nombre que valía algo.

Es la única mentira que me he permitido en diez años, y la defendería con los dientes.

—Por eso la proteges como la proteges.

—La protejo porque es lo único que saqué entero de aquel callejón. —Vuelve los ojos al fuego—. Todo lo demás he tenido que fabricarlo después. A ella la traje conmigo.

No lo cuenta para dar pena. Lo cuenta como se cuenta un dato, con esa voz suya despojada de adornos, y por eso me parte más que cualquier lamento.

Yo, que tengo una respuesta irónica preparada para todo, que llevo un lustro escondiéndome detrás del filo de la lengua, descubro que no tengo ninguna que sirva aquí.

Por primera vez en mucho tiempo, no levanto el escudo.

Me quedo sin él, a la intemperie, escuchando.

—¿Y tu madre? —pregunto, y la pregunta me sale desnuda, sin protección.

—Hizo lo que pudo con lo que tenía, que era casi nada.

—Gira el vaso entre los dedos sin beber—.

No la culpo. Tardé años en no culparla, y luego unos cuantos más en entender que no había nadie a quien culpar, que la ciudad estaba hecha para que gente como nosotros no existiera, y que el único error de mi madre fue empeñarse en que existiéramos igual.

Murió cuando yo tenía doce. A partir de ahí fuimos Vivienne y yo contra una ciudad que no nos había puesto en ninguna lista.

—Una pausa—. Por eso construí todo esto.

No por dinero. El dinero vino después. Lo construí para tener listas.

Para ser yo quien decide quién está en ellas.

—Y quién no.

—Y quién no. —Me mira al fin, y en sus ojos hay una franqueza que no le había visto, ni siquiera tras la máscara de los Halverne—. Tú eras un nombre en una lista, Isolde. Lo sabes, ¿verdad? Hija de un deudor. Una palanca. Así es como entraste en mi cabeza la primera noche. Una pieza útil.

—Lo sé. —No me duele oírlo. Es la verdad, y la verdad entre nosotros nunca ha sido lo que duele—. Tú eras un acreedor sin escrúpulos que venía a quedarse con lo poco que le quedaba a mi familia. Así entraste tú en la mía. Empatamos.

—No empatamos. —Deja el vaso. Se vuelve hacia mí entero, y el peso de su atención es algo físico, una mano apoyada en el pecho—.

Porque a estas alturas ya no sé en qué lista ponerte.

He pasado diez años clasificando a todo Londres en amenazas y oportunidades, y tú no eres ninguna de las dos, y eso me deja sin sistema.

Por primera vez no tengo un casillero para alguien.

Te lo digo porque no se lo he dicho a nadie.

Porque contigo se me ha roto la única herramienta que me ha funcionado siempre, y debería aterrarme, y en cambio es lo más parecido al descanso que he sentido desde aquel callejón.

Y ahí está. La asimetría completa. Este hombre, que tiene a media aristocracia cogida por las deudas, que aplastó los dedos de Mordaunt sin pestañear, que mueve el río a su antojo, acaba de quedarse delante de mí más desnudo de lo que ningún cuerpo puede estar, con la grieta abierta de par en par, esperando a ver qué hago con ella.

Podría usarla. Él lo sabe. Me ha entregado la palanca que nadie ha tenido nunca sobre Marcus Deveran, y se ha quedado quieto, mirándome, dejándome elegir.

No analizo lo que hago a continuación. Esa es la novedad, la que registro solo mucho después: que por una vez no hay en mi cabeza ese segundo observador frío que lo mide todo mientras ocurre, que sopesa el coste, que prepara la retirada.

Por una vez solo estoy aquí, entera, dentro de mi propio cuerpo, y mi cuerpo decide antes que mi cabeza.

Le cojo la mano.

No es un gesto pequeño, y los dos lo sabemos.

Es la respuesta que él no me ha pedido a la confesión que yo no le he pedido.

Es cruzar el espacio que queda entre dos personas que han pasado la vida asegurándose de que ese espacio nunca se cerrara.

Le cojo la mano, esa mano que ha calculado el frío y troceado cebolla y roto huesos, y se la sostengo, y es él quien se queda sin respiración esta vez, no yo.

Noto el instante en que decide dejarme tomar las riendas.

Lo noto en cómo afloja los hombros, en cómo su cuerpo, entrenado durante una década para no ceder ante nada ni nadie, cede ante mí sin pelear.

Es lo más íntimo que ha hecho conmigo, por encima de cualquier cosa que venga después: un rey que entrega el mando, en su propia casa, a la única persona de Londres a la que ha decidido no querer controlar.

Lo beso despacio. No como en aquel pasillo, semanas atrás, cuando los dos nos derrumbamos a la vez como dos murallas que ceden de golpe.

Esta vez no hay derrumbe. Hay decisión. Lo beso eligiendo cada segundo del beso, y él me deja llevar, que en un hombre acostumbrado a mandar en todo es la entrega más absoluta que sabe dar.

Sus manos suben a mi cara con un cuidado que desmiente todo lo que Londres cree saber de él, como si yo fuera la única cosa frágil que ha tocado en años y temiera, por una vez, romperla.

—Isolde. —Mi nombre en su boca suena distinto sin la ironía de por medio, despojado, casi una pregunta.

—No —murmuro contra sus labios—. Esta noche no hables. Llevas toda la vida hablando para controlar la sala. Aquí no hay sala. Aquí solo estamos nosotros, y nadie a quien convencer.

Y deja de hablar.

Lo que sigue es lento, y es esa lentitud lo que lo vuelve insoportable y exacto a la vez.

Marcus me desnuda como quien desactiva algo que podría estallar, prenda a prenda, sin prisa, parándose en cada tramo de piel que descubre como si lo memorizara, como si fuera a necesitar el recuerdo.

Su posesividad sigue ahí —la siento en cómo me sostiene, en cómo su mano abarca y reclama—, solo que esta noche viene templada por otra cosa que no tiene palabras en su vocabulario y que sale igual, por las manos, por la boca, por la forma en que pronuncia mi nombre cuando se lo prohíbo y vuelve a pronunciarlo igual contra mi cuello, más bajo, como un secreto que no piensa contarle a nadie más.

Lo recibo sin guardarme nada, y esa es la parte que mi yo de hace cinco años no reconocería: que no hay cálculo, que no hay una sola fibra de mí preparando la salida.

Me abro a él como no me he abierto a nadie desde Kensington, desde que decidí que abrirse era el primer paso hacia la humillación, y descubro, con su peso encima y su aliento en mi piel y sus manos aprendiéndome de memoria, que estaba equivocada.

Que abrirse, con la persona correcta, no es exponer el cuello a la cuchilla.

Es esto. Es dejar que alguien te sostenga entera por primera vez sin que el suelo desaparezca.

Hay una ternura nueva en cómo me toca, y no la confundo con debilidad, porque he visto a este hombre y sé que la ternura, en él, cuesta más que la violencia.

La violencia le sale sola; es el idioma con el que creció.

Esto otro lo está inventando sobre la marcha, conmigo, esta noche, y noto el esfuerzo y la maravilla del esfuerzo en cada gesto medido, en cómo frena, en cómo espera, en cómo pone toda esa fuerza enorme al servicio de no hacerme ni un rasguño.

Un hombre que se pasó la infancia calculando el frío ha aprendido en una sola noche a calcular justo lo contrario: cuánto calor cabe entre dos cuerpos antes de que deje de doler todo lo de antes.

Marcus se mueve dentro de mí despacio, observándome, leyendo cada cambio en mi cara con la misma atención feroz con que lee una deuda o una amenaza, solo que ahora lo único que busca es saber cómo darme más.

Le clavo los dedos en los hombros, en esas cicatrices que no explica, y por una vez no le pregunto de dónde vienen, porque las manos saben lo que las palabras estropearían.

Llega un punto en que dejo de saber dónde termino yo y empieza él, y es entonces, justo entonces, cuando mi cuerpo se rinde a algo que llevaba años sin permitirse, y lo oigo decir mi nombre una última vez, ronco, deshecho, como si fuera lo único que le queda en la boca.

Después nos quedamos en la oscuridad, su brazo cruzado sobre mí, su respiración bajando despacio en mi pelo.

No hablamos. No hace falta. El fuego se ha consumido casi del todo y por la ventana entra el olor a marea baja y a alquitrán que es el olor de su mundo, el mundo que me ha enseñado esta noche sin enseñármelo del todo.

Su mano, grande, encuentra la mía en la penumbra y la cubre entera, y se queda ahí, quieta, hasta que el calor de las dos deja de distinguirse.