Epílogo #2
También tengo pensado sacar el tema de robarle a Jarrod para que dirija el local, ahora que ella tiene mucha ayuda en la cafetería.
No intento separarlos. Violet me contó lo que él le dijo la noche que los vi abrazándose, y tuve que admitir que llevaba la razón.
Puede que no me guste la confesión de que se siente atraído por ella, pero tampoco puedo culparlo.
Y no me preocupa que Violet sienta algo más que amistad por él.
¿Cómo podría, si me demuestra lo mucho que me quiere cada día?
No, los celos no son la razón por la que estoy considerando ofrecerle a Jarrod la gestión de un posible nuevo True Brew.
Ha demostrado con creces su dedicación a la familia de Violet y a su local.
La ayudó cuando lo necesitaba, y por eso le estaré eternamente agradecido.
Pero, sobre todo, sé que es la persona en quien Violet confiaría más para mantener vivo el espíritu de True Brew, aunque sea en una ubicación diferente.
Aunque eso es algo que discutiremos más adelante.
Cuando cruzo la mirada con Violet, se acerca hacia nosotros con una sonrisa en sus bonitos labios.
Se desliza bajo mi brazo y mira a Roman.
—¿Te lo estás pasando bien?
Los ojos se le oscurecen mientras nos observa.
—Me gusta ver a mi hermano feliz. —Luego le dedica una leve sonrisa—. A los dos. —Se bebe lo que le queda en el vaso y lo deja sobre la barra—. Que paséis una buena noche los dos. —Y luego se marcha, alejándose con las manos en los bolsillos.
Violet suspira.
—¿Crees que alguna vez se abrirá a la idea de volver a conocer a alguien?
Dejo mi propio vaso sobre la mesa y la abrazo.
—No lo sé. Es bastante testarudo y está obsesionado con la idea de que ha terminado con el amor. No estoy seguro de que nadie pueda convencerlo de lo contrario.
Ella asiente con tristeza, pero antes de que pueda responder, nos llaman para que empiecen los brindis. Tras el mío, en el que solo destaco sutilmente mi papel en la felicidad actual de Cole y Delilah, llega el momento del primer baile de la pareja.
Por extraño que parezca, Violet y yo acabamos junto a mi madre mientras vemos a los recién casados flotar por la pequeña pista de baile de madera que han montado sobre el césped.
Me sorprende oír un suave sollozo a mi lado, y no en el que ocupa Violet.
Me giro justo a tiempo para ver a mi madre parpadeando para borrar un ligero brillo en sus ojos.
Se da cuenta de que la miro y endereza los hombros.
—Le dije a Cole que debería plantearse celebrar la boda en un lugar cerrado. Hay demasiado polvo y polen flotando por ahí.
No puedo reprimir la risa que se me escapa.
—Mamá, sabes que la vieja excusa de «se me debe de haber metido polvo en el ojo» no engaña a nadie, ¿verdad?
Frunce los labios, pero un momento después, la tensión parece abandonarla.
—Sí, bueno. —Vuelve la mirada hacia donde Cole está contemplando a su novia con adoración y su expresión fría se suaviza, solo un poco—. Es una boda preciosa. Mucho más bonita que la mía.
A mi lado, Violet me aprieta la mano. Sé lo que me está diciendo.
Podría dejar pasar este momento, soltar un comentario sarcástico y marcharme, o podría abrir un poco el corazón y dejar sitio para el perdón hacia una mujer que fue producto de su educación y de su matrimonio.
Una mujer que, espero, esté empezando a aprender el valor del amor y de la familia.
—Tienes mucho tiempo, mamá. Quizá algún día puedas tener una boda como esta.
Me dedica una expresión sorprendida a la que correspondo con una sonrisa. La he estado sorprendiendo toda la vida, pero esta sugerencia parece haberla pillado más por sorpresa que la mayoría de las cosas que he dicho a lo largo de los años.
Cuando vuelve la vista hacia donde Cole está besando a Delilah, creo que va a ignorarme. Entonces, las comisuras de los labios se le curvan ligeramente hacia arriba.
—Si lo hago, espero que sea con un hombre que me haga reír.
A continuación, con una sonrisa tensa y cohibida dirigida a Violet y a mí, se aleja con paso ágil, con la postura de siempre.
Observo la espalda de mi madre mientras se aleja y me vuelvo hacia Violet, desconcertado.
Su expresión es cálida.
—Hace tiempo que me dejé el equipo de «Genio y figura hasta la sepultura».
La pego a mí y hundo la nariz en su pelo.
—¿Te apetece bailar, mariposa?
—Me encantaría. —La conduzco a la pista de baile—. Tu madre tiene razón. Es una boda preciosa.
—Sí que lo es. Han hecho un buen trabajo organizándola tan rápido.
Levanta la barbilla y me mira fijamente; el amor en sus ojos me roba el aliento.
—¿Crees que nosotros también podremos hacerlo así de bien?
Le acaricio las mejillas y escudriño su rostro con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—¿Estás diciendo que estás lista para casarte conmigo, mariposa?
Me mira de reojo.
—Quizás…
La agarro con suavidad el pelo y tiro de él hasta que levanta la barbilla un poco.
La forma en que los ojos se le entrecierran me provoca una oleada de calor por la espalda.
Sé lo mucho que le gusta cuando hago eso, y cuando la inmovilizo y la sujeto con la mano alrededor de su esbelto cuello.
Eso vuelve loca a mi preciosa prometida.
Los labios se le entreabren, pero no la besaré hasta que me dé una respuesta.
—¿Sí o no, mariposa?
—Sí —susurra—. Estoy lista. Más que lista. Me muero por avanzar hacia el altar y verte esperándome al final.
Le voy un beso, largo, fuerte y con ansia, para imitar el mismo modo en que siempre la deseo. Cuando me aparto, está sonrojada y sin aliento.
—Te quiero, Violet. De una forma que no sabía que era posible querer a alguien.
Pienso en lo que me dijiste hace meses: cuando lo sabes, lo sabes.
Solía cuestionar mis sentimientos. ¿Cómo podía suceder tan rápido, con tanta certeza?
Y seguía volviendo a eso. En el fondo, supe desde el momento en que te vi en Onyx que toda la trayectoria de mi vida iba a cambiar.
Las lágrimas le brillan en los ojos.
—Yo también te quiero, Tate. Muchísimo. Mis padres estarían orgullosos de que hayamos vuelto a hacer que True Brew tenga éxito, pero estarían aún más felices sabiendo que te tengo a ti para pasar el resto de mi vida.
Estoy muy agradecida de que me pidieras que fuera tu novia falsa.
—Entonces sonríe—. Incluso estoy agradecida de que fueras el compañero de piso de mi hermano.
Se me escapa una risa. Siempre odiaré la primera impresión que se hizo de mí, pero ya no me lo tiene en cuenta.
Entiende mejor que nadie el estado mental en el que me encontraba aquella noche —y durante gran parte de mi vida—.
La beso en los labios. El camino hasta llegar aquí puede que haya sido de todo menos convencional, pero era lo que los dos necesitábamos para superar las barreras que teníamos ante nosotros.
Y pronto, muy pronto, podré decir que es mía para siempre.
Entonces la beso, la abrazo y siento la suavidad del cuerpo derritiéndose contra el mío. Cuando levanto la cabeza para respirar, la levanto entre mis brazos.
—Estoy deseando llamarte esposa.
—¿Ya te has cansado de llamarme tu futura esposa?
—Solo estoy deseando quitarle el «futura». —Le acaricio con la nariz la curva del cuello e inhalo su aroma a melocotón y nata.
Cuando me aparto y la miro, una sonrisa se dibuja en el rostro.
No bromeaba cuando dije que estaba deseando llamarla mi esposa.
Ya hemos hablado sobre tener hijos, y ella también los quiere.
Por mucho que el deseo de ser padre me pillara por sorpresa, no ha disminuido en los meses transcurridos.
Estoy decidido a ser para mis hijos el padre que yo nunca tuve.
Quiero enseñarle a cualquier hijo o hija que podamos tener que son mucho más que el apellido o la sangre que les corre por las venas.
Que lo que son por dentro y el amor que comparten con quienes los rodean significan más que cualquier otra cosa en esta vida.
Me gustaría pensar que mi padre biológico me habría querido si hubiera sabido de mi existencia, pero me he dado cuenta de que, en realidad, eso no importa.
Porque hay otras personas que sí me quieren: mis hermanos, aunque quizá nunca lo digan en voz alta, y mi cuñada, porque Delilah tiene mucho amor que dar.
Quizá incluso mi madre, en el fondo. Y lo mejor de todo: mi futura esposa.
El amor de Violet es lo bastante fuerte y brillante como para llenar el resto de mis días.
Se pega a mi cuerpo, sin duda sintiendo lo listo que estoy para llevarla a casa y hacerla sentir bien.
—Estoy deseando llamarte mi marido.
Gimo. Su tacto y la forma en que pronuncia la palabra «marido» me están volviendo loco.
—Cuando lleguemos a casa, me aseguraré de que practiques cómo decirlo. Para que estés lista para el gran día.
Las pupilas se le dilatan.
—Me vendría bien practicar.
—¿Cuánto tiempo más crees que tenemos que quedarnos? —le pregunto.
Se echa a reír.
—Nos vamos a quedar hasta el final. Pero si quieres, puedo decirte exactamente lo que quiero que me hagas cuando lleguemos a casa.
Gruño, y luego la beso de nuevo, con fuerza, luego con suavidad y luego con fuerza otra vez.
No puedo evitarlo cuando se trata de ella.
Nunca he podido. Desde provocarla cuando venía de visita en la universidad hasta tocarla en Onyx, pasando por convertirla en mi novia falsa y luego en mi prometida, nunca he tenido ningún control sobre lo que siento por ella y dudo que lo tenga jamás.
Le levanto la cara para poder mirarla a esos preciosos ojos azules.
—Siempre vas a ser mía, ¿verdad?
Los ojos se le oscurecen y los labios se le entreabren, pero no es lo bastante rápida al darme lo que quiero. Deslizo los dedos bajo su cabello y le acaricio la nuca.
—¿Sí o no, mariposa?
Ella me pone la palma de la mano sobre el corazón.
—Sí, Tate. Cuando se trata de ti, la respuesta siempre será sí.
Mientras la tenga cerca sé que, pase lo que pase en la vida, siempre habrá un lugar al que podré llamar hogar: los brazos de esta mujer.