El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 1
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El rey salvaje (Empty Kingdom 2)

El rey salvaje (Empty Kingdom 2)

Por L. M. Dalgleish

© inepub.com

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Violet

Juro que esa vieja cafetera exprés me odia.

Pongo los brazos en jarras y entrecierro los ojos ante ese frustrante trozo de metal, tratando de ignorar la gota de sudor que me recorre la espalda.

A mi derecha se ha formado una pequeña cola de clientes en el mostrador de recogida de True Brew. Aunque hasta ahora no ha habido quejas, puedo sentir cómo la famosa impaciencia neoyorquina va en aumento con cada segundo y con cada mirada al reloj.

—Perdón por la espera —digo, confiando en que mi sonrisa no parezca tan agotada como me siento—. ¡Su café estará listo en un santiamén! —Me acerco poco a poco a la máquina, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie puede oírme—. Si no lo haces por mí, hazlo por papá —susurro.

Junto las manos y contengo el aliento, como si creyera que va a ponerse en marcha al mencionar a su difunto dueño.

Por desgracia, no parece que vaya a añadir «susurradora de máquinas» a mi currículum en un futuro próximo, ya que se mantiene en un silencio obstinado.

Y ahora, salvo darle golpecitos frenéticos al indicador de temperatura, me he quedado oficialmente sin ideas.

Jarrod se acerca a mí y me empuja con el hombro.

—Déjame echarle un vistazo —sugiere—. Encárgate de la caja.

Me aparto un mechón de pelo de los ojos con el dorso de la muñeca y le dedico una sonrisa agradecida.

—Me salvas la vida. —Jarrod lleva un par de años trabajando en True Brew y ha desarrollado una habilidad extraordinaria para mantener en marcha esta máquina tan caprichosa. Pero, a pesar de su toque mágico, no se puede negar la verdad: voy a tener que sustituirla antes o después.

Lo dejo ahí para que le eche un vistazo y que, con un poco de suerte, consiga que todo vuelva a funcionar, y me dirijo al mostrador.

Solo hay una clienta esperando, una madre joven de aspecto agobiado con una niña pequeña inquieta a la que lleva en brazos y apoyada en las caderas.

La pequeña, que luce una magnífica melena de rizos rojizos, parece acalorada y de mal humor, a punto de estallar.

Le sonrío a la madre y tomo nota del café que quiere. Después de cobrarle, señalo el tarro de gigantescos y esponjosos malvaviscos que tenemos en el mostrador.

—¿Le puedo dar uno?

El rostro de la mujer se ilumina.

—Le encantaría. —Se vuelve hacia su hija—. ¿Verdad, Molly?

La niña esconde la cabeza en el hombro de su madre, pero después la levanta para mirarme y asiente.

Sonrío para mis adentros, levanto la tapa del tarro y uso unas pinzas pequeñas para sacar un malvavisco rosa.

—Toma, cariño.

La niña extiende la mano y yo se lo dejo caer en la palma. Se lo lleva al pecho y lo mira, embelesada.

—Muchas gracias —dice su madre—. Ha tenido un día muy largo. Las dos lo hemos tenido.

—Bueno, espero que lo disfrute. Y espero que tú disfrutes del café. Me parece que te lo has ganado.

Me dedica una última sonrisa antes de dirigirse al mostrador de recogida. Molly se despide haciendo un gesto con la mano por encima del hombro.

Por desgracia, no hay ningún otro cliente haciendo cola detrás de ella, y se me hunden los hombros al echar una ojeada al local. La pequeña y rústica cafetería con paredes de ladrillo parece más aburrida que acogedora, y casi todas las mesas de madera están vacías.

Durante una fracción de segundo, recuerdo otro tiempo, uno en el que True Brew estaba abarrotado y lleno del sonido de charlas alegres, el silbido de la máquina de café exprés y el tintineo de los cubiertos.

Por encima de todo eso podían escucharse las carcajadas atronadoras de mi padre cuando bromeaba con los clientes que hacían cola para disfrutar de pasteles horneados en la propia cafetería, comidas sencillas y sabrosas y una variedad de café artesanal de origen cultivo sostenible.

Suelto un suspiro. Eso era entonces, y esto es ahora.

Hace veinte meses, un infarto nos arrebató a mi padre, y con su fallecimiento se fueron el corazón y el alma de True Brew.

Y después de que el gerente que mi hermano Mark y yo cometimos el error de contratar para llevar el local lo gestionara mal, la cafetería ya no es el bullicioso centro comunitario que solía ser.

Por eso, cuando Mark me llamó hace cinco meses para decirme que quizá tendríamos que vender, supe lo que tenía que hacer.

Dejé mi trabajo en una organización sin ánimo de lucro con sede en Maine y regresé a casa.

True Brew es todo lo que nos queda de mi padre, y de ninguna manera voy a ser yo quien ponga un cartel de «Se vende» en su sueño.

—Ya está en marcha, jefa —anuncia Jarrod a mis espaldas.

Me vuelvo hacia él y me invade la familiar oleada de gratitud por que siga trabajando aquí.

Solo tiene veinticinco años, la misma edad que yo, y podría haberse ido a otro sitio cuando las cosas empezaron a ir mal, pero se quedó.

Estoy convencida de que su cara familiar es lo que ha hecho que nuestros pocos clientes fieles que quedan sigan viniendo.

Aunque ahora que he convencido a José, el proveedor de café de especialidad de toda la vida de True Brew, para que nos renueve el contrato de suministro —una de las víctimas de las medidas de ahorro del anterior gerente—, espero poder atraer a más clientes.

Solo tengo que mantener el local a flote hasta que eso ocurra.

Le sonrío a Jarrod.

—Menos mal que esa máquina te adora.

—Debería. —Le brillan los ojos color avellana—. Mi relación con ella ha durado más que ninguna otra que haya tenido con una mujer de carne y hueso.

Me aparto para que pueda ocupar su sitio en la barra, riendo.

—Eso es porque tu sonrisa encantadora no deja de meterte en líos —lo provoco.

Ladea la cabeza y esboza una sonrisa torcida.

—¿Crees que soy encantador?

Le señalo la cara con un dedo.

—Es justo a eso a lo que me refiero. No creas que no me he dado cuenta de que las chicas que vienen aquí te lanzan miraditas seductoras.

Con su pelo oscuro, esa sonrisa pícara y ese hoyuelo, entiendo por qué lo encuentran atractivo, aunque yo no siento ningún cosquilleo en el estómago cuando me dedica esa sonrisa.

Le doy una palmadita de agradecimiento en el brazo y, tras tensar la goma con la que me recojo la melena, me centro en atender el pequeño atasco de pedidos de café.

Pronto se acaba la hora punta —aunque no estoy segura de si debería llamar «hora punta» a ese goteo de gente— y nuestra camarera a tiempo parcial, Sarah, se va a casa.

Estoy preparando unos cafés para Jarrod y para mí cuando suena el timbre de la puerta y mi mejor amiga, Anna, entra tranquilamente.

Acaba de salir de su trabajo como entrenadora personal y todavía lleva puestos los pantalones de yoga y la camiseta sin mangas.

Rodeo el mostrador para darle un abrazo.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

—¿Te puedes creer que mis dos últimos clientes han cancelado la clase? Pues yo me lo he tomado como una señal de que debía visitar a mi persona favorita.

—Pues qué oportuna. —La cojo de la mano y la guio hacia una de las mesas del fondo—. Jarrod y yo estábamos a punto de tomarnos un café.

Anna arquea sus cejas oscuras y una sonrisa emocionada se dibuja en su rostro.

—No quiero interrumpir nada…

Pongo los ojos en blanco, aunque reprimo una sonrisa.

—Sabes que no es así.

—Mmm, si tú lo dices…

Bajo la voz y echo un vistazo hacia Jarrod, que está recogiendo:

—Que trabajemos juntos no significa que haya algo entre nosotros. Además, soy su jefa.

—Como si eso fuera un impedimento —se burla—. ¿No has leído ninguna novela romántica últimamente? Además, lo he pillado mirándote. ¿Y lo has visto? Es imposible que no sea bueno en la cama. Podría ser justo lo que necesitas para salir de la rutina.

Al otro lado de la sala, Jarrod limpia la encimera, flexionando los músculos de los antebrazos de una forma que incluso yo puedo valorar positivamente.

Me vuelvo y le doy un codazo a Anna para que se siente.

—Mira así a todo el mundo. Incluida a ti. Pero, por favor, no intentes averiguar por ti misma si es tan bueno como parece. Lo último que necesito es una tensión extraña entre mi mejor amiga y mi mejor empleado.

Anna se sienta y cruza los antebrazos sobre la desgastada mesa de madera.

—Es guapo, y seguro que sería bueno, pero tiene demasiada energía de golden retriever para mí. Yo soy más la clase de chica a la que le gustan los tíos arrogantes y seguros de sí mismos. —Me guiña un ojo sin pudor.

No puedo evitar reírme. Sin duda es así.

El gusto de Anna por los hombres siempre ha derivado hacia los típicos alfas, pero con un toque de rebeldía.

Yo prefiero a un chico dulce antes que a un rompecorazones arrogante sin dudarlo.

Son todo encanto y arrogancia hasta que te enamoras de ellos.

Luego, una vez que han conseguido lo que quieren y te han hecho sentir algo, se les cae la máscara y aparece su verdadero yo.

—En fin. —Anna señala con la cabeza hacia la barra—. Has estado trabajando demasiado. Ve a por tu café y siéntate conmigo. Porque si Jarrod no está en la carta, tengo una sugerencia.

Le lanzo una mirada de curiosidad, pero ella se limita a sonreír y no dice nada.

—¿Quieres un café tú también? —le pregunto.

—Bueno, ya que me lo ofreces, me encantaría uno de tus cafés con leche de origen único.

Unos minutos más tarde, le pongo a Anna la taza delante. Ella sonríe al ver el gato de latte art con el que he decorado su café. Es una técnica que por fin he dominado tras muchos intentos fallidos, y que Jarrod solía llamar en broma mis «atrocidades de latte ».

Cojo mi taza y me acomodo en el asiento de enfrente a ella.

—Vale, ¿y cuál es esa sugerencia?

Ella se echa hacia delante y me mira con seriedad.

—Quiero que me escuches antes de decir nada.

Asiento.

—Por supuesto.

—¿Te acuerdas de que hace como un año te hablé de ese chico con el que salía? Mayor, guapo, rico…

Por aquel entonces yo aún vivía fuera del estado, pero recuerdo la conversación telefónica que tuvimos sobre Richard y sobre algunas de las cosas que le gustaban de él.