El rey distante (Empty Kingdom 3)
© inepub.com
1
C hloe
Escucho un ruido detrás de mí, y el cuenco se me resbala de las manos y se hunde en el agua jabonosa.
Me doy la vuelta y veo a mi padre en medio de la cocina, mirando fijamente un charco de zumo de naranja que se extiende rápidamente por el suelo de baldosas.
Los fragmentos de cristal reflejan la luz de la mañana y brillan dentro del líquido.
—Lo siento, cariño —dice, con la mirada baja y los hombros caídos—. Solo intentaba ayudar.
—No pasa nada. —Mantengo un tono tranquilo y una expresión relajada, para que no se sienta peor de lo que ya está—. Ya lo limpio yo.
Después de secarme rápidamente las manos, cojo un rollo de papel de cocina de la encimera y arranco unas cuantas hojas. Las coloco sobre el charco para que absorban el líquido, me levanto y cojo a mi padre del brazo con una sonrisa—. Vamos, siéntate un momento mientras yo me encargo de esto.
Mientras lo guío hacia la pequeña sala de estar, me concentro en respirar con calma y me aseguro de no apresurarlo, aunque casi puedo sentir cómo corre el reloj.
Una vez que lo he acomodado en su sillón y le he colocado un cojín detrás de la espalda, lo ayudo a apoyarse en el reposapiés.
—¿Estás cómodo?
Se recuesta con un suspiro.
—Estoy bien. Vete, cariño. Sé que tienes que coger el autobús.
—Solo voy a terminar de limpiar; luego me voy.
En la cocina, saco una bolsa de plástico de debajo del fregadero y recojo con cuidado los fragmentos de cristal.
Luego limpio el resto del zumo, me lavo las manos y compruebo que no me he ensuciado la blusa color crema.
Se me escapa un suspiro de alivio al ver que no hay manchas.
Gracias a Dios. De verdad que no tengo tiempo para cambiarme.
Cojo el móvil y las llaves, y los meto en el bolso; luego lleno un vaso de agua y se lo llevo a mi padre.
—Gracias. —Lo coge con dedos rígidos y me dedica una sonrisa que parece más bien una mueca.
Se me encoge el corazón al ver cómo se lo lleva con cuidado a la boca para dar un sorbo antes de dejarlo temblorosamente sobre la mesa a su lado.
Me aseguro de que tiene a mano el libro que hemos sacado de la biblioteca y le acerco el mando de la tele.
—Me tengo que ir ya. Susan vendrá dentro de un rato a ver cómo estás.
—Murmura algo probablemente poco halagador entre dientes, y yo oculto una sonrisa.
Nuestra vecina, Susan, no es precisamente la mujer más simpática del mundo.
Pero le pago para que se pase un par de veces al día a asegurarse de que mi padre está bien mientras estoy en el trabajo.
No es la situación ideal, ya que los dos no son precisamente los mejores amigos del mundo, pero es todo lo que podemos permitirnos ahora mismo.
Le aparto el pelo ralo de la frente, fijándome en cuántas canas han invadido los mechones que antes eran rubios, y luego me agacho y le doy un beso en la coronilla—. Te quiero.
Los aromas de jabón y champú, en lugar de los familiares de pintura y trementina, me provocan una repentina oleada de nostalgia. ¿Es posible sentir nostalgia por un olor?
La expresión ligeramente molesta que ha puesto tras mi mención a Susan se suaviza, dejando entrever afecto.
—Yo también te quiero, cariño. —Me aprieta la mano débilmente; sus dedos apenas tienen fuerza—. Vete ya. No quiero que llegues tarde.
Miro mi reloj y reprimo una mueca.
—Vale. Que tengas un buen día. —Después de coger mi bolso, le echo una última ojeada por encima del hombro y luego me apresuro hacia la puerta.
Como siempre, al salir, rozo con los dedos el marco del gran cuadro que cuelga en nuestro pasillo. Es una hermosa representación de Manhattan al amanecer, cuando la niebla da paso a la suave luz de un nuevo día. De todas las obras de mi padre es mi favorita, por eso nunca la ha vendido.
Echo otro vistazo al reloj y salgo corriendo del apartamento.
Tras bajar las escaleras lo más rápido que puedo, voy a toda prisa hacia la parada del autobús, rezando por llegar a tiempo.
Creo que Geoff está buscando una excusa para despedirme, pero necesito ese trabajo. Y se me da bien, aunque no me encante.
Al doblar la esquina, veo que el autobús se está alejando de la acera. Corro hacia la parada, sacudiendo los brazos frenéticamente, pero el conductor ni siquiera me mira. Maldiciendo entre dientes, estrecho el bolso contra el vientre y me preparo para esperar.
Lo único que me falta ahora es que se abra el cielo. Con la cabeza echada hacia atrás, observo el amenazante gris de las nubes que hay sobre mi cabeza y cruzo mentalmente los dedos para que aguante, aunque solo sea un ratito.
Milagrosamente, estoy seca, aunque un poco agotada, cuando salgo disparada del ascensor de la oficina treinta minutos más tarde.
Me dejo caer en mi silla, con la esperanza de que Geoff aún no haya llegado.
Son las nueve y cuarto, todavía hay una posibilidad, ya que es más o menos la hora a la que suele aparecer.
Le gusta que yo esté aquí antes que él. Probablemente porque le da una especie de euforia ejecutiva pasar pavoneándose por mi escritorio y soltar su pedido diario de café como si yo existiera únicamente para satisfacer sus necesidades de cafeína.
Por desgracia, acabo de iniciar sesión en mi ordenador y he empezado a revisar mi bandeja de entrada cuando se abre su puerta y él sale pavoneándose, con una sonrisa de satisfacción pegada a la cara.
—Me alegro de que por fin estés aquí.
Teniendo en cuenta que he llegado menos de veinte minutos tarde, y que casi siempre soy puntual, su comentario no viene a cuento. Pero aprieto los dientes y esbozo una sonrisa forzada.
—Lo siento, señor Clarkson. He tenido que…
Hace un gesto con la mano, como si no le importara.
—No quiero tus excusas. Quiero que hagas el trabajo por el que te pago.
Me muerdo la lengua para no recordarle que el trabajo por el que me paga no incluye que me acorrale en la sala de fotocopias para hacerme proposiciones indecentes, porque eso no iba a detenerlo.
Solo de pensarlo se me pone la piel de gallina.
Todavía puedo sentir la presión de su mano sudorosa en la parte baja de mi espalda y el calor húmedo de su aliento en mi cuello cuando me invitó a terminar mi trabajo en su apartamento tomando una botella de vino.
Cuando me negué, no insistió, solo esbozó una sonrisa burlona y se marchó.
Pero desde entonces ha dejado claro su descontento por mi rechazo de diversas formas sutiles.
Y aunque me encantaría decirle que se metiera sus tonterías pasivo-agresivas —y su trabajo— por donde no brilla el sol, no puedo.
Necesito demasiado ese puesto, y con los problemas de salud de mi padre, también la estabilidad que me ofrece. Así que puedo aguantar a un jefe gilipollas para conseguirla.
El caso es que ya nada parece demasiado estable desde la adquisición.
Geoff se ajusta uno de los puños de la camisa y luego el otro, con movimientos deliberadamente exagerados.
—El equipo de Excelsior llegará a las diez. Hazlos pasar a mi despacho en cuanto lleguen.
—Sí, señor.
Con un gesto de asentimiento, da media vuelta. En la puerta de su oficina, se detiene y vuelve a mirarme.
—Y tráeme el café. Debería haber estado en mi escritorio hace quince minutos.
Cuando la puerta por fin se cierra con un clic tras él, suelto un suspiro y me dirijo a la cocina. Tiene una cafetera en su oficina, pero aun así insiste en que se lo prepare yo. No me importaría tanto si no me obligara a dejar la taza frente a él solo para poder mirarme los pechos.
Hoy, sin embargo, el nudo de nervios que tengo en el estómago me distrae de mi repugnante jefe.
Excelsior Real Estate Holdings acaba de adquirir Talon Developments, lo que significa que el puesto de todos los que trabajamos aquí está en juego.
Excepto el de Geoff, claro. Como director ejecutivo, tiene garantizado un puesto de alto nivel tras la adquisición.
Solo puedo esperar que sean igual de generosos con el resto de nosotros.
Y que, a pesar de mi rechazo a su propuesta, Geoff me mantenga en mi puesto de asistente.
A las diez en punto, llegan cuatro hombres de Excelsior con cara adusta. Una vez que los he acompañado a la oficina de Geo, tal y como me han indicado, vuelvo a mi escritorio y respondo distraídamente a los correos mientras miro nerviosamente hacia su puerta.
Permanece cerrada, burlándose de mí.
Estar a merced de otra persona me pone nerviosa.
Llevo trabajando en Talon desde que obtuve mi título de técnico superior en gestión de oficinas hace tres años.
Primero para el padre de Geoff, un hombre perspicaz pero justo, con quien era fácil trabajar, y durante los seis últimos meses, para su hijo, mucho menos agradable.
Solo me queda confiar en que la lealtad sea importante para él, tal y como estoy segura de que lo habría sido para su padre.
Resistiendo el impulso de morderme las uñas, dirijo mi atención a la pantalla del ordenador e intento concentrarme en el trabajo.
Media hora más tarde, la puerta se abre por fin y Geoff acompaña a sus visitantes a la salida. Les da la mano, con esa sonrisa zalamera que pone siempre, y luego los cuatro hombres de Excelsior se marchan sin siquiera mirarme.
Geoff, por su parte, se centra inmediatamente en mí.
—Tengo que hablar contigo en mi despacho, Chloe.
Con un nudo en el estómago, asiento y me levanto; cojo el bloc de notas y el bolígrafo con la esperanza de que tenga una tarea para mí y nada más. Luego lo sigo mientras regresa a su escritorio.
Después de sentarme frente a él, se estira la corbata con la mano.