El rey de los lobos 1 Capítulo 43
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Capítulo 43

S e me tensan las entrañas.

El aliento cálido de Callum me calienta la piel cuando sus labios casi me tocan el cuello.

Se me ha subido la camisa hasta las caderas y noto el tejido de algodón de sus pantalones contra la piel desnuda de los muslos.

Tengo las piernas separadas para acomodarlo y el centro de mi cuerpo está presionado contra su duro vientre. Cuando se mueve, se me corta la respiración y una oleada de necesidad me atraviesa entera.

Y su olor… Diosa, su olor… Huele a calor, a hombre y a montañas.

Gime en mi oído y el sonido reverbera por todo mi cuerpo.

—No sabes cuántas cosas poco caballerescas he pensado hacerte. —Habla en voz grave y con un acento aún más marcado de lo habitual.

Me roza el cuello con los labios y luego se mueve hasta que su rostro queda justo delante del mío. Su sólido peso me inmoviliza. Tiene los antebrazos apoyados en la almohada a ambos lados de mi cabeza.

Debería sentirme atrapada, presa de su cuerpo. Su fuerza y su enorme tamaño deberían hacerme sentir débil. Es el alfa de Highfell, un guerrero y un lobo. Debería estar asustada.

No obstante, lo que siento es totalmente diferente, y aumenta con su respiración acelerada y la expresión de su mirada. Veo intenciones oscuras en él, pero también una chispa de algo diferente. Asombro, tal vez.

La primera vez que lo vi, erguido, severo y con porte de guerrero en la arena de combate de Sebastian, jamás me habría imaginado que algún día estaría en esta posición. Lo consideraba un monstruo. Un bárbaro. Alguien a quien temer. A quien odiar, incluso.

Me pregunto si esto mismo se le está pasando por la mente mientras me aparta un mechón de la cara.

—¿Qué cosas? —indago.

Una lenta sonrisa se abre paso en su rostro.

—Besarte.

—Los caballeros besan a sus damas.

Arquea una ceja.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Hay un momento en la ceremonia de matrimonio en el que el novio besa a la novia.

Sus ojos reflejan picardía.

—Ah, parece que no estoy tan versado en las costumbres de un caballero como tú, princesa. Vas a tener que enseñarme. ¿La besaría así?

Me roza los labios con los suyos. Es un beso suave. Casto. Frustrante . Quiero rebelarme contra él, agarrarlo del pelo, acercarlo a mí. Pero me inmoviliza los brazos a los costados y me mantiene en el sitio.

—¡Exacto, y te he dicho que dejes de comportarte como un caballero, maldita sea!

Se le ensancha la sonrisa y detecto un brillo lobuno en su mirada.

—¿Cómo voy a saber cómo dejar de comportarme como un caballero si no sé cómo se comportan en primer lugar? —Emplea un tono juguetón y muestra una actitud tranquila, lo que me frustra todavía más. Sabe que tiene el control total. Y, lo que es más, lo está disfrutando—. ¿Besan así ? —pregunta.

Acerca la boca a la mía. Esta vez es un beso intenso, áspero y decidido. No puedo respirar. No puedo pensar. Solo existe él, su boca, su lengua, que acaricia la mía con determinación, el gemido que nace en su pecho y me atraviesa todo el cuerpo, estremeciéndome.

Mis caderas se mueven por voluntad propia, empujan el centro de mi cuerpo hacia su torso desnudo, desesperadas por lograr algo de fricción.

Jadeo cuando se aparta, pero su aliento sigue mezclándose con el mío.

—¿Y bien? —pregunta en voz grave y ronca. El lobo reluce en sus ojos, compartiendo espacio con la picardía que también se refleja en ellos.

—No… —La palabra se me escapa en un suspiro—. Un caballero no besa así.

—Vaya. Interesante. ¿Y así?

Cambia de posición y, con los ojos clavados en los míos, baja la boca hasta donde asoma mi pezón a través de la fina tela de su camisa. Lo rodea con los labios y succiona con intensidad.

Gimo y se me arquea la espalda.

Debería doler, pero entrelazo los dedos en su pelo y me lo acerco mientras le ofrece el mismo tratamiento brusco al otro pezón. Se ríe y mueve la mano hacia mi pecho, estrechándolo y acariciándolo mientras succiona, lo cual hace que un calor líquido se me acumule entre las piernas.

Vuelvo a gemir cuando la presión aumenta. Muevo las caderas y me quejo de frustración. Todavía tiene los ojos fijos en los míos, incluso mientras me roza un pecho con los dientes y lo mordisquea suavemente.

—¡Callum! —jadeo.

Levanta una ceja y, con cautela, se separa. No retira la mano de mi pecho. Me arqueo contra su palma y maldigo el tejido que nos separa. Su respiración está agitada; sus mejillas, ruborizadas. No tiene tanto control como quiere dar a entender.

—Te he hecho una pregunta, princesa —dice—. Y hasta que no lleguemos al fondo del asunto, no voy a pasar a la próxima lección.

Pellizca mi pezón entre el índice del pulgar y se me escapa un sonido salvaje. Veo el lobo en su mirada en respuesta a mi reacción antes de retirarse.

—No. ¡Esto no es propio de un caballero! —jadeo.

Se le ensancha la sonrisa.

—¿No? Bien. Porque llevo semanas pensando en besarte en otros sitios. Y vas a tener que decirme si eso es propio de un caballero o no.

Me pregunta con la mirada. Asiento con la respiración acelerada y apoyo la cabeza contra la almohada.

Lo observo, embelesada, mientras se desliza cama abajo. Se incorpora y se arrodilla entre mis piernas. Me recorre el cuerpo de arriba abajo y se le ensombrece el semblante.

Es la viva imagen del poder y la dominancia. Por un momento me recuerda a la estatua de un guerrero: impenetrable y con expresión seria.

Solo su pecho se mueve arriba y abajo al respirar hondo.

Veo las mismas intenciones en su rostro que la primera vez que lo vi en la arena de combate .

Poco a poco desliza las manos por mis caderas, levanta la camisa y deja al descubierto mi vientre y mi ropa interior. Siento toda su atención alojada en el lugar entre mis piernas que palpita de necesidad. Un rugido grave y casi inaudible crece en su pecho antes de dirigir la mirada a la mía.

Tengo la respiración acelerada. Me encuentro totalmente a su merced y no sé qué va a hacer a continuación. Estoy cautivada. No puedo moverme. No puedo pensar más allá de la emoción que se gesta como una tormenta en mi pecho, del fuego que me recorre las venas y de la necesidad que me consume.

Me da un suave beso en el torso. La sensación de su boca y su barba contra mi piel desnuda es demasiado para soportarla. Gimo.

A continuación baja un poco más y mi respiración adquiere un ritmo frenético.

Me planta un beso entre las piernas y ahogo un grito cuando una sacudida de placer me recorre todo el cuerpo. Me mira con la boca a pocos centímetros de mí. Noto su cálida respiración a través de la ropa interior.

Debería apartarlo. No debería estar tan expuesta, ni mostrarme tan descarada y lasciva con un hombre. ¿Cosas como estas son las que suceden en un burdel? No lo sé, pero, claramente, no es el modo en el que debe comportarse una dama y mucho menos una princesa.

Aun así, aquí estoy, con las piernas abiertas.

Eleva una ceja y sé que lo que me está preguntando no es solo parte del juego. Me está pidiendo permiso. Si le sigo la corriente, lo llevará aún más lejos. No sé hasta dónde.

Solo puedo pensar que quiero más .

—No —gimo—. Un caballero no haría eso.

Sonríe, pero su mirada se oscurece. Me quita la ropa interior y la tira a un lado. El corazón me late con fuerza contra el pecho cuando me deja completamente expuesta ante él. Callum tiene la respiración agitada y los hombros tensos.

—Joder. Eres preciosa —murmura mientras me mira donde ningún hombre me ha mirado antes. Vuelve a elevar los ojos a mi rostro—. ¿Y haría esto?

Baja la cabeza y me da un ligero beso en el punto sensible donde parecen concentrarse todos mis nervios.

Gimo cuando la sorpresa y el calor estallan en mis venas.

Antes de que pueda procesar lo que acaba de hacer, noto su boca al completo sobre mí, calor, humedad y hambre.

Me devora. Se me arquea la espalda. Levanto las caderas y él las agarra firmemente contra el colchón gruñendo como un animal salvaje que sujeta a su presa.

Desliza la lengua por mi zona íntima y gimo. Nunca he sentido nada igual. Me acaricia, lame y succiona como si no pudiera saciarse de mí. La tormenta se vuelve frenética en mi interior. Quiero perderme en ella, en esta sensación, en él.

Alargo el brazo y entierro los dedos en su cabello para empujar su boca hacia mí. Me restriego con descaro contra su rostro. Él gruñe y desliza la mano por debajo de la camisa para agarrarme un pecho.

—Joder —gime contra mí y me estremezco.

No me siento como una princesa ni como una humana. Me siento primitiva. La excitación crece en mí con cada lametazo de su lengua, con cada apretón en mi pecho, con cada roce de su pulgar contra mi pezón. Me retuerzo bajo él con las piernas totalmente abiertas y los dedos enredados en su pelo.

Él retira la mano y estoy a punto de protestar cuando desliza un dedo en mi interior y gimo al notar la presión y la fricción. Lo mueve al mismo ritmo que la lengua, de manera rápida, profunda y brusca. El calor aumenta y me restriego aún más; necesito más. Lo necesito a él.

Callum gruñe y el sonido vibra a través de mi cuerpo. Acto seguido mete otro dedo más y me expande, me abre aún más a él. Es demasiado para soportarlo.

—Callum… Voy a… Creo que… Voy…

Grito con la respiración desbocada cuando la liberación me invade y me atraviesa.

El mundo se desdibuja. Solo existe la sensación salvaje que me recorre las venas.

Me siento como el viento que azota las Tierras del Norte y los animales que corren a través de los bosques.

Callum gruñe y cierra la boca sobre mi centro, saboreándome mientras me desmorono bajo él.

Cuando por fin regreso a mi cuerpo, jadeo, tendida sobre la cama.

Callum me besa suavemente entre las piernas con los ojos clavados en los míos. El lobo predomina en ellos. Al apartarse veo que tiene los labios húmedos. Se pasa los dientes por los labios y un grave rugido se abre paso a través de su garganta. Vuelve a subir y me besa en la boca con suavidad.

Gimo contra sus labios y le acaricio la cara con las yemas de los dedos.

Soy consciente de la presión de su miembro contra mi muslo desnudo.

Debería estar avergonzada, pero no creo que me haya sentido tan relajada en toda mi vida.

Me mira y sonríe con dulzura.

—¿Y bien? —pregunta con expresión traviesa—. ¿Un caballero haría eso?