El Rey de los Cuervos Epílogo
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Epílogo

Las huellas del norte

Han pasado siete años desde la batalla del Equilibrio, y las montañas han aprendido a aburrirse, que es el mayor elogio que puede hacerse de unas montañas con historia.

El puente mestizo del Paso del Viento cruza hoy el desfiladero cargado de caravanas, rebaños, novios, buhoneros y estudiantes, y hay una fonda en cada extremo, porque la paz, entre otros efectos secundarios, da hambre.

La Guardia del Paso patrulla con sus capitanes alternos y sus reclutas bilingües, y en la torre nueva cuelga la Campana del Equilibrio, que suena a la salida y a la puesta del sol, y cuyo eco, en los días claros, juran los centinelas que se contesta a sí mismo desde debajo de la tierra.

El Rey Aurelio, viejo león retirado, vive en una casa de campo del sur donde cultiva rosas con la ferocidad de quien antes cultivaba ejércitos, y dos veces al año sube al Paso a perder discusiones amables con su colega del norte, que enviudó de sus guerras y se ha aficionado, para escándalo de su consejo, a la poesía.

El rey Darien, primer rey oyente de su casa, gobierna desde hace tres años con la costumbre, desconcertante para los cortesanos veteranos, de hacer una sola pregunta en cada audiencia antes de firmar nada: «¿Y el otro qué dice? »

En cuanto a la fiesta anual de las coronas, sigue celebrándose, con sus panes compartidos y su estricta prohibición de discursos de más de tres minutos, que el viejo Bront —instructor jubilado, abuelo de cuatro, cojo de un hombro y temible aún corrigiendo posturas— hace cumplir golpeando una cazuela con una cuchara de madera, instrumento que ha resultado más disuasorio que muchas leyes.

La mañana de la fiesta, Kael amaneció corriendo con la manada, que era su manera de celebrar las fechas importantes sin tener que pronunciar discursos.

El viejo de la oreja partida había muerto dos inviernos atrás, dormido y rodeado de los suyos, en la cueva caliente de la ladera, y la manada la mandaba ahora la loba que una vez tropezó de sorpresa ante un aullido

desentonado; era una líder severa y justa, a la que Kael rendía cuentas de sus ausencias con la seriedad que se le debe a una reina sin corona.

Corrieron hasta el lindero norte, hasta donde el bosque se adelgaza y se rinde ante la roca y el hielo, y allí ocurrió algo pequeño que Kael registró como se registran las primeras gotas de una tormenta lejana: la loba se detuvo de pronto, orientó las orejas hacia el norte blanco, olfateó el viento un largo momento y retrocedió dos pasos.

Dos pasos solamente. Con las patas plantadas y el lomo erizado, mirando a una nada que olía —o eso tradujo el instinto de Kael, sobresaltado— a metal frío y a cielo vacío de pájaros.

Porque eso era lo segundo: no había pájaros.

En siete años de amaneceres, Kael no recordaba un solo borde del bosque en silencio, y aquella mañana, en la frontera donde el reino verde se entrega al reino blanco, no cantaba ni un solo pájaro, como si toda la población alada de la región hubiera levantado el campamento días atrás… hacia el sur.

—Ya lo sé —le dijo Kael a la loba, volviendo a su forma junto a ella y apoyándole una mano en el lomo tembloroso—.

Lo he olido yo también. Sea lo que sea, viene de lejos y no tiene prisa.

Las cosas sin prisa son las que hay que mirar de cerca, vieja amiga.

—Miró el norte un rato más, con el corazón extrañamente sereno—.

Esta noche es la fiesta. Mañana… mañana escucharemos mejor.

Y fue en esa fiesta, al atardecer, cuando Pipo encontró las huellas.

Hay que decir en su descargo que no estaba haciendo nada malo: estaba haciendo algo moderadamente malo, que en su escala personal de los últimos años contaba como buena conducta.

Había seguido —por la nieve fresca que cae en el Paso incluso en primavera— el rastro prometedor del carro de un quesero del extremo norte, un hombre de la región helada que traía a la fiesta unas piezas curadas en cuevas de hielo, duras como ruedas y legendarias en tres valles.

Pipo no iba a por el queso entero, seamos precisos: iba a por la esquina tradicional que la costumbre —una costumbre inventada por él en ese instante— asigna a los guardianes de provisiones.

Fue entonces cuando vio que en la nieve había otro rastro cruzándose con el del carro.

Y se detuvo. Porque Pipo, bajo siete capas de glotonería hereditaria, seguía siendo una criatura del bosque, y las criaturas del bosque saben leer el suelo como los reyes leen las cartas: con la diferencia de que el suelo no falsifica su letra.

Las huellas eran grandes. No grandes como un oso: grandes como una decisión.

Cada una medía lo que un escudo de infantería, con tres marcas profundas de garras delante y una cuarta, lateral, que no correspondía a ningún animal que Pipo hubiera olido en su vida.

Y lo imposible no era el tamaño: era la nieve alrededor.

Las huellas estaban fundidas, ribeteadas de hielo derretido y vuelto a helar, como si lo que las dejó despidiera el calor de una fragua.

Y lo segundo imposible era la dirección: venían del norte extremo, de la región helada donde ni los cuervos anidan y los mapas de los dos reinos se acaban en una línea cortés que dice, en dos lenguas, aquí ya no preguntamos.

Y lo tercero imposible —lo que hizo que Pipo, el Guardián de las Provisiones, el Primer Ladrón Honorario, soltara el queso psicológico que aún no había robado— era cómo terminaban: bruscamente, en mitad de la ladera abierta, sin cueva, sin desprendimiento, sin rastro de lucha.

Como si el caminante, llegadas a ese punto exacto, hubiera decidido dejar de caminar…

y la nieve, simplemente, no hubiera recibido ya nada más de él.

Junto a la última huella, clavada en la nieve fundida como una firma, había una pluma.

No era de cuervo. Pipo conocía las plumas de cuervo mejor que su propio apellido, que nunca había tenido.

Aquella era larga como una daga, blanca en la raíz y de un azul profundo hacia la punta, con un brillo que no era de la luz de la tarde: era un brillo guardado, como si la pluma llevara dentro un poco de noche polar y un poco de amanecer, y tardara en decidir cuál de los dos enseñar.

Pipo la recogió con las dos patitas, con una reverencia que no le había dedicado ni a la medalla, y echó a correr ladera abajo, derrapando en cada

curva, jadeando escarcha, hasta irrumpir en el círculo de piedras en plena ceremonia de las coronas, con la pluma en alto como un estandarte en miniatura.

—Socio —dijo, sin resuello, plantándose ante Kael delante de los dos reinos—. Socio. Tienes que ver esto. Y tienes que verlo arriba también, porque allá arriba… allá arriba las huellas se acaban, socio. Lo que sea que vino caminando… llegó hasta la ladera, y dejó de ser cosa de la tierra.

Kael tomó la pluma entre dos dedos. La fiesta entera había callado: las coronas sobre la piedra, el vino a medio servir, Darien de pie con una pregunta a medio hacer, el viejo rey de los Cuervos incorporándose despacio con la mano ya en el borde de la capa.

Y el colgante, que dormía desde hacía siete años con su latido lento de corazón segundo… se despertó.

No fue un estallido. Fue un recuerdo de luz: un pulso verde, claro, nítido, que recorrió la piedra y subió por el brazo de Kael hasta sentarse tras sus ojos, y con el pulso llegó lo que no llegaba desde la guerra: la certeza sin palabras de la montaña antigua, la sensación, que él conocía mejor que nadie en el mundo, de que algo muy viejo se había removido en algún lugar, había abierto los ojos y había mirado hacia el Paso.

El Guardián se quedó un momento contemplando la pluma azul y blanca.

Luego miró al norte, donde las montañas se iban poniendo primero grises, luego blancas, luego imposibles, y donde el viento que bajaba traía, debajo del olor a nieve y a leña de la fiesta, otro olor fino y eléctrico, a metal frío y a cielo distinto.

Siete años de paz dan para mucho, pensó Kael. Dan para puentes, fondas, bodas, reyes que escuchan y campanas contestadas desde el fondo del mundo. Dan para creer —casi— que la historia se ha acabado y que solo queda cuidarla como se cuida un jardín. Pero las historias verdaderas no se acaban:

respiran, duermen, y un día se desperezan en una ladera remota y dejan una pluma clavada en la nieve para quien sepa leerla.

—Pipo —dijo en voz alta, con una sonrisa que los viejos del Paso reconocieron y ante la que, automáticamente, se santiguaron dos capellanes de dos reinos—, guarda el queso de la fiesta en la despensa y échale el cerrojo. Y a mi cuenco, ponle doble ración de camino.

—¿Vas a ir? —preguntó Darien, aunque ya conocía la respuesta, y por eso ya estaba desabrochándole él mismo la capa de viaje—. ¿Sin saber qué es?

—Sobre todo sin saber qué es, alteza —dijo Kael, y desde la piedra central, las dos coronas, juntas, parecieron brillar con la última luz—. Para saberlo, primero hay que ir a escuchar. Que es, si lo piensas, como ha empezado todo lo bueno que nos ha pasado.

Se apartó unos pasos del círculo, hacia el borde del Paso, donde el viento del norte llegaba limpio y cortante.

Cerró los ojos. Saludó, uno por uno, a los latidos del mundo: el de la piedra dormida en su pecho, que ya no dormía; el del bosque, fiel; el de la montaña entera, que aquel atardecer latía un grado más aprisa, como un animal que huele en el aire a un pariente lejano.

Y pidió, con el corazón entero, la forma que era solo suya.

Las rayas de oro viejo le recorrieron la piel.

La fuerza larga y silenciosa del tigre del alba le ordenó el cuerpo.

Y a su espalda, con un rumor que el Paso no oía desde hacía siete años y que hizo caer de rodillas a media fiesta entre risas y lágrimas, se desplegaron las alas: miles de plumas negras de cuervo, abriéndose contra el crepúsculo como dos puertas inmensas, mientras todos los cuervos de las torres, de los pinares y de los tejados se alzaban a la vez para acompañarlo, dibujando sobre el Paso la espiral antigua de los que vuelven a casa y de los que salen a buscarla.

El tigre alado se encogió sobre sus patas enormes, miró una última vez el círculo de piedras, a los reyes, a la maestra de ojos verdes que sonreía con las manos en el cayado, a la criaturita cobriza que sostenía su medalla como un

amuleto. Y saltó hacia el norte, hacia la región donde los mapas se rinden, batiendo el cielo con la lentitud majestuosa de las cosas que no tienen ninguna prisa porque saben, exactamente, a dónde van.

Abajo, en el círculo, alguien —nadie confesó jamás quién, aunque Elar miró al vacío con una expresión que Darien no le había visto nunca y que no se atrevió a preguntar— susurró la última línea de la profecía vieja, la que nunca se escribe en las piedras:

«Y cuando el guardián extienda las alas negras hacia el horizonte, no temáis por él: temed por el misterio, que aún no sabe quién viene a escucharlo.»

El norte guardó silencio. La pluma azul y blanca, sobre la piedra junto a las dos coronas, brilló una vez con su luz polar y se aquietó.

Y la historia, que había terminado del todo, respiró hondo… y se dispuso a contar otra.

FIN