Capítulo 10 #2
A Bront le entregaron su indulto verdadero en la misma ceremonia, firmado por los dos reyes, con tinta normal, sobre una mesa a la vista de todos, mientras su hermano —flaco, atónito, recién salido de las minas con una manta sobre los hombros— leía el documento una y otra vez como quien sospecha que las letras van a escaparse.
Bront colgó su hacha sobre la puerta de la casa de su hermano, en el sur, y aceptó el puesto de instructor mayor de la Guardia del Paso, con una sola condición que los dos estados mayores aceptaron sin discutir: que en su escuela, el primer día de cada recluta se enseñara la maniobra más difícil que él conocía, que no era ningún golpe, sino el arte de parar el golpe propio a un dedo de la garganta ajena.
«Que aprendan primero a perdonar la vida», dijo. «Lo demás sale solo, como las setas.»
Elar volvió a su bosque, a su cabaña y a su jardín imposible, y el bosque —que la había guardado mil batallas— la recibió con el alboroto discreto de los suyos: los ciervos volvieron a su claro, el búho recuperó su rama judicial y las comadrejas reanudaron sus informes.
No aceptó títulos, ni rentas, ni la casa de piedra que el Rey de los Cuervos le ofreció junto a las murallas, «para que la señora descanse por fin».
Se limitó a dejar, para siempre, una segunda taza junto a su fuego y la puerta sin cerrojo, y a bajar una vez al año al Paso, a la fiesta de las coronas juntas, donde la sentaban entre los dos reyes y le toleraban que corrigiera las crónicas en voz alta.
Una sola vez, en una de esas fiestas, el Rey de los Cuervos, alentado por el vino de la paz, le preguntó cuántos años tenía.
Elar lo miró con sus ojos verdes y claros, tan parecidos a la piedra dormida del colgante.
—Empecé a contar cuando el sello era joven, Majestad —dijo—.
Luego me aburrí de los números. Deje los números para los reyes, que les hace falta llevar la cuenta de casi todo.
A mí me basta con llevar la cuenta de los inviernos en que nadie se mató en estas montañas.
—Y cambió de tema con la elegancia de un río, y el rey, que era un hombre inteligente, no volvió a preguntar jamás.
Yssara, la Vieja Madre del Lago, recibió de los dos reinos el único tributo que quiso aceptar: silencio y compañía.
Sus cadenas rotas se fundieron en los talleres mixtos del Paso y se convirtieron en la Campana del Equilibrio, que colgaron en la torre nueva del puente; su tañido, decían los que saben de esas cosas, llegaba hasta el lago subterráneo en los días de viento claro, y algún centinela juró, años después, que en noches de luna la campana sonaba una segunda vez desde abajo, un grado más grave, como si alguien enorme y antiguo contestara.
Junto al lago, en una celda de piedra con la puerta siempre abierta, empezó su servicio el portero sin sombra, que barría la orilla, contaba las cadenas que ya no existían y escuchaba el agua; y los viajeros que bajaban en peregrinación contaban que el viejo Varek, con los años, se había vuelto la
persona más fiable de los dos reinos para reconocer una mentira, porque había dejado de practicar todas las demás habilidades y le quedaba solo esa, limpia como una herramienta bien guardada.
Pipo, por su parte, obtuvo lo que los historiadores del futuro discutirán si fue un castigo o un premio: el cargo hereditario y vitalicio de Guardián de las Provisiones del Pabellón del Paso, con una puertecita de su tamaño en la torre nueva, una medalla de latón con forma de bellota y acceso oficial a las despensas.
El día de su nombramiento, con toda la corte presente y la medalla brillándole en el pecho redondo, Pipo pronunció el discurso más breve de la jornada: «Se acabó robar por necesidad.
A partir de hoy, robo por tradición.» Y procedió a llevarse, ante cincuenta testigos y dos reyes que fingieron un ataque simultáneo de tos, el queso ceremonial de la mesa del banquete, que pesaba más que él y que transportó mediante una técnica de rodadura y optimismo que los ingenieros militares aún estudian.
La bajada de Varek a su destino tuvo un solo testigo de honor, y fue el portador.
Kael quiso acompañar la escolta que condujo al exconsejero por las galerías de la arena hasta la cámara del lago, no por crueldad ni por triunfo, sino porque había una conversación pendiente entre el muchacho y el hombre que había intentado convertirlo en monstruo de feria, y las conversaciones pendientes, como los sellos mal cerrados, es mejor no dejarlas para dentro de mil años.
El lago estaba en calma. Las nueve cabezas de Yssara emergieron del agua una a una cuando la comitiva llegó a la orilla, y los nueve pares de ojos dorados se posaron sobre Varek con la atención serena de quien examina un mueble heredado y decide en qué rincón irá.
La celda de piedra ya estaba preparada: una cama, una mesa sin cajones, una escoba nueva y —detalle que el consejo había debatido y que Elar había ganado— ni una sola pluma, ni un solo pergamino, en cincuenta leguas a la redonda.
—Primera Cerradura —dijo Kael en voz alta, porque los asuntos de la montaña se tratan a la antigua—, te traigo al portero. Se llama Varek. Es el mejor
mentiroso de los dos reinos y viene a aprender a callar debajo de tu casa. Trátalo como se trata a las herramientas peligrosas: con uso diario y vigilancia constante.
«SE LE OYE EL CORAZÓN DESDE LA ORILLA», dijeron las nueve voces en el pecho de todos los presentes. «ESTÁ HUECO DE TANTO HABLAR. EL LAGO LLENA LOS HUECOS DESPACIO, PEQUEÑO PORTADOR. DÉJALO CONMIGO. LOS QUE VIGILAN PUERTAS ACABAN AMANDO LAS PUERTAS. ES LA ÚNICA VENGANZA QUE ESTE SITIO PRACTICA.»
Varek, con las manos ya desatadas y su sombra ausente recortándose contra la luz de las antorchas como un error de la naturaleza, contempló la superficie negra y quieta de su destino durante un largo rato.
—Toda mi vida quise que el mundo me escuchara —dijo al fin, en voz baja, a nadie—.
Y voy a acabar en el único lugar del mundo donde escucho yo.
— Recogió la escoba nueva, sopesándola como quien sopesa un cetro en miniatura—.
Dígale a la señora Elar que el primer parte del portero es este: la puerta está en silencio.
Y que si un día no lo está… se oirá mi escoba contra las argollas antes que ninguna otra alarma.
Eso también sé hacerlo bien: llegar el primero con las malas noticias.
En cuanto al guardián, se construyó, con ayuda de cuadrillas de los dos reinos, una casa pequeña junto al círculo de piedras: mitad piedra negra del norte, mitad mármol claro del sur, con el tejado de turba, como la de Elar, para que el bosque aprobara la obra.
Allí vivió Kael los años de la paz, sin estandarte y sin corte, con un cuenco en la puerta y el colgante descansando sobre el pecho como un corazón segundo y tranquilo.
Las formas ya no le venían con la urgencia de la guerra; le venían como visitan los amigos viejos: en las noches de luna llena corría con la manada por las laderas, saludaba al viejo de la oreja partida, que ya cojeaba, y volvía antes del alba a poner la tetera al fuego; algunas tardes se le veía, a lo lejos, planeando sobre el Paso con las alas emplumadas de la zarigüeya no —esas llegaban solo cuando el mundo las
necesitaba de verdad—, sino con los ojos prestados del águila para contar puentes, rebaños y caravanas.
Y si un viajero de cualquiera de los dos reinos le preguntaba, como le preguntaban todos, cuál era el secreto de su poder, Kael el Guardián les servía lo que hubiera en casa, se sentaba a la puerta entre las dos piedras de su casa mestiza, y les daba la única respuesta que tenía:
—Que no es mío. Que nunca fue mío. Que el poder que se guarda se pudre, y el que se usa para proteger se multiplica.
Y que si alguna vez os dan a elegir entre un trono y un cuenco en la puerta…
—sonreía entonces, con el mechón blanco brillándole en la frente como una firma— elegid el cuenco.
Del trono se cae. Del cuenco se comparte.