Capítulo 9
La batalla del equilibrio
Los cronistas de los dos reinos, que en mil años no se habían puesto de acuerdo ni en la fecha de la fundación del Paso, coinciden en una cosa sobre aquel día: que nadie ganó la batalla del Equilibrio con las armas.
Las armas, ciertamente, trabajaron lo suyo.
La primera oleada del ejército oscuro bajó por las laderas al amanecer: guardianes de piedra con ojos de agua enferma, lobos con costras vivas, jabalíes acorazados de roca, y entre ellos, figuras peores para las que los soldados no tenían nombre y a las que llamaban, sencillamente, los torcidos: sombras con la forma aproximada de un hombre y ninguna de sus costumbres.
Los dos ejércitos unidos los recibieron en el Paso como se recibe una riada: convirtiéndose en presa.
Los escudos negros y dorados formaron una sola muralla en la garganta, y durante la primera hora el mundo fue un ruido único, de piedra contra acero, de garras contra madera, de hombres gritándose órdenes en dos acentos que por fin significaban lo mismo.
Kael peleó aquella batalla de mil maneras, y ninguna fue la del tigre alado durante mucho rato, porque la guerra, vista de cerca, no necesita símbolos: necesita manos.
Fue águila cuando el flanco sur empezó a ceder y hubo que avisar a la caballería del norte cruzando el humo más rápido que ningún corcel, llevando la orden en la memoria y la confianza de dos estados mayores en las alas.
Fue lobo cuando la manada de verdad bajó de los pinares y los lobos de los dos ejércitos —porque cada reino tenía los suyos sin saber que eran la misma manada— reconocieron la campana del colgante y se pusieron a las órdenes del que escucha; y Kael corrió con ellos por la torrentera y desbarató la retaguardia de los torcidos a mordiscos y a estrategia, que es un mordisco que piensa.
Fue oso cuando el puente viejo sobre el desfiladero empezó a ceder con sesenta heridos encima y hubo que ser, otra vez, la pared: plantó las cuatro
patas a un lado y a otro de la brecha y dejó que la columna de evacuación le cruzara por debajo del pecho, soldado a soldado, litera a litera, mientras Bront, a diez pasos, sostenía el extremo norte del puente con veinte hombres y su hacha, ya sin contar los enemigos porque había descubierto que contarlos le estorbaba para seguir.
—¡Retírate, campeón, el puente ya no da más de sí! —le gritó Darien, que mandaba la retaguardia mixta con la capa azul hecha jirones.
—¡El puente da lo que dé mi palabra, alteza! —respondió Bront, con una costra de piedra oscura atravesándole el hombro como una lanza—. ¡Yo le dije a estos chicos que salían de aquí! ¡Así que salen!
La Sombra, que lo veía todo desde su no-forma dispersa, entendió entonces que la fuerza no le bastaba, y recurrió a su comida favorita: la división.
Miles de susurros recorrieron el campo de batalla metiéndose en los oídos adecuados.
Un capitán dorado oyó con la voz de su rey la orden de retirarse y abandonar el flanco izquierdo, que era el flanco de los cuervos.
Un portaestandarte del norte oyó con la voz del Rey de los Cuervos la orden de cargar contra los dorados «antes de que nos traicionen».
Las voces eran perfectas. Los acentos, perfectos.
El veneno, el de siempre: ya están tardando en apuñalarte; apuñala tú primero, que es lo sensato.
La batalla se tambaleó como se tambalea un hombre que recibe un golpe invisible.
Lo que la salvó no fue una orden. Fue un acuerdo tomado al amanecer por dos viejos orgullosos que por fin habían aprendido dónde se guarda la confianza: antes de la primera oleada, a la vista de los dos ejércitos, los dos reyes habían subido a la piedra central del círculo y habían hecho algo que nadie recordaba: se habían quitado las coronas y las habían dejado allí, sobre la piedra de los guardianes, una junto a la otra.
«Hoy no pelean las coronas», había dicho el Rey Dorado, con su vozarrón de trueno amable. «Hoy pelean los pueblos. Y si alguien oye a su rey dar una
orden que huele a traición, que mire al círculo: si las coronas siguen juntas sobre la piedra, la orden es mentira. Los reyes estamos donde están nuestros hombres: en la fila.»
Así que cuando los susurros llegaron, mil cabezas se giraron a la vez buscando la piedra central, y vieron las dos coronas, juntas, intactas, brillando bajo la tormenta enferma: la de plumas y plata del norte, la de oro y soles del sur.
Y los capitanes se rieron —se rieron en mitad de la matanza, con el alivio furioso de los que acaban de verle el truco al tramposo— y gritaron la contraseña que los dos estados mayores habían acordado: «¡Las coronas están en la piedra!
¡La orden es mentira! ¡Escudo con escudo! »
La muralla se cerró. La Sombra aulló en diez mil gargantas prestadas y lanzó, entonces sí, su verdadera estocada: reunió todo lo que le quedaba de concentración en un solo punto del frente y forjó un ariete de oscuridad pura, una lanza de noche sólida del tamaño de una torre, y la arrojó no contra la muralla, no contra el portador, sino contra el Rey de los Cuervos, que peleaba a pie en la primera fila del norte, con la capa hecha pedazos y la espada en alto.
El Rey Dorado lo vio venir desde el otro flanco montado en su forma de león.
No hubo tiempo de órdenes, ni de estrategia, ni de orgullo, ni de mil años de historia.
Hubo un león dorado cruzando el frente como un incendio con patas, y hubo un salto, y hubo la lanza de noche encontrando carne de luz en vez de carne de cuervo.
El león cayó rodando entre las filas con la oscuridad clavada en el costado, humeando, y el Rey de los Cuervos —que no había pedido aquel sacrificio ni lo habría permitido— se arrodilló en el barro de la batalla agarrándole la melena con las dos manos, gritando su nombre de pila, el que no salía en las crónicas, el que nadie le había oído usar jamás:
—¡AURELIO! ¡Aurelio, maldita sea, mírame! ¡Tú no! ¡Tú no te vas así, ¿me oyes?! ¡No te he estrechado la mano esta mañana para enterrarla esta tarde!
El león lo miró con los ojos de su rey, vidriosos y lúcidos hasta el final de aquel segundo eterno, y dijo —con la voz grave y entrecortada de un hombre que lleva la bestia puesta como otros llevan la armadura—:
—Entonces… levántate, norteño… y termina esto… que para eso… hemos dejado las coronas… en la misma piedra…
El Rey de los Cuervos se levantó. Lo que hizo a continuación no figura en ninguna crónica militar, porque las crónicas militares no tienen casilla para ello: tomó su propio estandarte, el cuervo de plata sobre fondo negro, se lo entregó al portaestandarte dorado más cercano —un muchacho de diecisiete años que lloraba sin dejar de sostener su lanza— y gritó una orden que retumbó de ladera a ladera:
—¡El estandarte del norte lo guarda el sur! ¡Y la guardia del Rey Dorado la hacemos nosotros! ¡Cuervos: a mí, alrededor del león! ¡Que el mundo entero vea cómo se protege en esta casa a un hermano!
Y el mundo —o al menos la porción del mundo que cabía en aquel desfiladero — lo vio.
La fila norteña se abrió en abanico y se cerró alrededor del león caído como se cierra una mano, y la fila dorada, sin que nadie se lo ordenara, hizo lo propio alrededor de los heridos del otro flanco, y durante un rato terrible y bellísimo la batalla del Paso dejó de tener dos ejércitos para tener un solo cuerpo con dos mil brazos cuidándose las heridas.
En el puente, entretanto, la guerra se cobraba su precio con la puntualidad de los cobradores.
Cuando la última litera hubo cruzado bajo el pecho del oso, Bront seguía en pie en el extremo norte, con el hacha ya tan pesada que la arrastraba, la costra oscura del hombro convertida en una segunda armadura de dolor y una sonrisa demente de hombre que está cumpliendo una promesa.
Fue Darien quien lo derribó, en el buen sentido: llegó con cuatro reclutas de la unidad mixta, le quitó el hacha de las manos —tarea que requirió desarmar a un campeón inconsciente, porque Bront se desmayó agarrándola— y lo bajó del puente a hombros de dos muchachos del norte y dos del sur que discutían
en voz baja, ya con la familiaridad de los viejos compañeros, sobre cuál de los dos reinos hacía peores vendas.
—Ha aguantado el puente hasta que ha pasado el último —dijo uno de los sanitarios, cosiendo a la carrera—. Ahora el puente es él. A ver si entre todos aguantamos nosotros lo que pesa este hombre.
Kael, de nuevo humano entre forma y forma, con la camisa pegada al cuerpo de sudor y la cinta azul de Darien convertida en un guiñapo, ayudó a cargar la camilla hasta la tienda de los cirujanos.
Allí, en una penumbra de lámparas y vapor de hierbas, Elar trabajaba con las manos metidas en un herido tras otro y con un búho posado en el respaldo de una silla, sujetándole con el pico, en orden impecable, las vendas enrolladas.
—El campeón vive —dijo Elar sin levantar la vista, porque hay personas a las que el dolor ajeno les ordena la voz—.
Vivirá, si deja de comportarse como un puente en sueños.
Y ahora sal de aquí, portador, y escucha: la batalla de fuera la estáis ganando con escudos.
Pero la otra, la de abajo, se está perdiendo en silencio.
La puerta cruje, Kael. La oigo crujir desde aquí cada vez que la Sombra empuja, y cada empuje le sienta peor a la montaña.
El traidor está obrando, y yo no puedo bajar: si bajo yo, ¿quién sostiene a esta gente para que pueda contarlo?
En ese momento se oyó, deformado por los respiraderos de la tienda y los túneles que unían el Paso con las cámaras profundas, un grito minúsculo, lejano y absolutamente inconfundible.
Mientras la batalla rugía en la garganta, otro drama mucho más pequeño se estaba representando en las entrañas de la montaña, y de ese drama dependía todo lo demás.