Capítulo 4 #2
—Un mensajero de mi padre, atacado en nuestro propio lado de la frontera, con una flecha que quiere parecer del norte y se ha hecho en el sur —dijo despacio—.
O los cuervos tienen talleres en mi capital, o alguien está bordando mentiras con mucha dedicación.
—Levantó la vista hacia el roble, distraído, y sus ojos tropezaron con los del águila.
El águila lo miraba. No como miran las águilas: como mira alguien.
El príncipe Darien, heredero del Reino Dorado, se irguió muy despacio, sin apartar la vista.
—Tú —dijo en voz baja— no eres un pájaro.
Kael tomó una decisión que no habría tomado de humano: confió en aquel desconocido porque los ojos del águila, que todo lo ven, le habían mostrado primero su desesperación junto al mensajero herido.
Se dejó caer de la rama, planeó hasta el claro y, a dos pasos del príncipe, con un golpe de calor y un torbellino de plumas, volvió a ser un muchacho de veinte años, de pelo castaño revuelto, ropa oscura y un colgante de piedra verde latiendo contra el pecho.
Los soldados del príncipe desenvainaron a medias. Darien levantó una mano sin darse la vuelta, y las espadas se quedaron quietas por pura obediencia a aquella mano.
—El portador de la piedra verde —dijo el príncipe, despacio—.
El «arma de los guardianes». El que, según la carta que recibió mi padre hace dos días, ha jurado lealtad a la oscuridad y marchará con el ejército de los cuervos a destruirnos.
—Dio un paso hacia Kael, y sus ojos eran dos preguntas muy afiladas—.
Curioso. La oscuridad, al parecer, es un muchacho que aterriza mal y se llena de plumas la camisa.
—No he jurado lealtad a nadie —dijo Kael, sacudiéndose las mangas—.
Y sí, aterrizo mal. Estoy en prácticas. —Señaló la frontera con la barbilla—.
Escúchame, príncipe, porque no tengo mucho tiempo y el bosque dice que tú tampoco: esa carta es falsa.
En el norte recibieron otra igual, firmada por tu padre, anunciando que vais a «apagar la oscuridad del norte» con la luna llena, y que habéis capturado al portador para ejecutarlo al amanecer.
Yo soy el portador, y como puedes ver, estoy regular de capturado.
Darien no parpadeó durante un largo momento. Luego hizo algo que Kael no esperaba de un heredero dorado: se rio. Una risa breve, incrédula y cansada, la risa de un hombre al que la realidad por fin le presenta una pieza que encaja.
—Dos cartas —dijo—. Dos declaraciones de guerra perfectas, llegando el mismo día, cada una con un detalle hecho a medida para que el otro rey no pueda dar marcha atrás sin parecer un cobarde.
La nuestra menciona tu ejecución: mi padre no puede perdonarle la vida a quien planea asesinar a su «aliado oscuro».
La vuestra menciona tu captura: el Rey de los Cuervos no puede quedarse quieto mientras su profecía es ejecutada en público.
—Soltó el aire despacio—. Es un cerrojo, muchacho.
Un cerrojo con dos llaves, y cada rey cree estar girando la suya por honor.
—¿Quién tiene la mano en las dos llaves, Darien?
El príncipe miró la flecha que aún sostenía. El brillo verdoso de la punta parecía apagarse y encenderse, como un faro diminuto y enfermo.
—Alguien que puede escribir en las dos cortes —dijo—.
Alguien a quien los dos reyes escuchan. Alguien…
—se interrumpió, porque la siguiente palabra era traición, y los príncipes aprenden a no pronunciarla en voz alta sin pruebas— alguien que se beneficia de que el Paso del Viento se llene de muertos.
Escucha, portador: si voy a mi padre con sospechas, me hará callar delante de la corte, y tendrá razón al hacerlo, porque las sospechas no paran legiones.
Necesito la prueba física. La carta falsa del norte, o el nombre de la mano que la escribió.
—Mi maestra puede leer una carta como tú lees un rostro —dijo Kael—. Si me das la vuestra, Elar sabrá decirte de qué papel, qué tinta y qué mentira está hecha.
Darien dudó. Era un príncipe del sur a punto de entregar un documento de guerra a un desconocido del norte que se convertía en pájaro; toda su educación le gritaba que aquello era una locura.
Pero la realidad, que es una maestra más antigua que la educación, le puso en la otra mano la flecha con plumas de ganso del sur.
—Tómala —dijo, desabrochándose la alforja y entregándole un pliego lacrado copia del original—. Pero escúchame bien, porque esto también es verdad: si
me engañas, si esto es una trampa de los cuervos, yo mismo cruzaré la montaña a buscarte, y no llevaré capa de ceremonia.
—Y si no te engaño —respondió Kael, guardando el pliego junto al colgante—, tú y yo seremos los dos únicos locos sensatos de los dos reinos. Los ejércitos se encontrarán en el Paso del Viento. Tenemos hasta entonces.
Se dieron la espalda como desconocidos y se alejaron como aliados, que es la manera en que suelen empezar las amistades que cambian la historia: deprisa, mal y con testigos armados.
Darien no cabalgó directamente a la capital.
Cabalgó primero hasta el campamento de la avanzadilla, desmontó sin aceptar el agua que le ofrecían y entró, todavía con el barro del camino hasta las rodillas, en la tienda del médico de campaña, donde el mensajero herido flotaba en ese sueño ligero y sudoroso de los que han perdido sangre pero no las ganas.
—Majestad —dijo el médico, que era un hombre flaco y sereno al que ni tres guerras le habían quitado la costumbre de hablar bajito—. Ha preguntado por vos dos veces. Delira un poco. Dice que la flecha vino «del lado equivocado del sol», y lo repite como si fuera la cosa más importante del mundo.
Darien se sentó junto al catre y tomó la mano del herido, una mano de riendas y de tinta, la mano de un profesional de las distancias. El mensajero abrió los ojos con esfuerzo, lo reconoció y trató de incorporarse con la obstinación absurda de los servidores antiguos.
—¡Quieto, Rocabert —dijo el príncipe—. Es una orden. Habla, y luego duerme, que también es una orden.
—Alteza… —La voz era un hilo, pero el hilo era claro—.
La flecha… Yo cabalgaba con la escolta de vanguardia a cincuenta pasos.
El tiro no vino del monte, señor. Vino de atrás.
De nuestro lado del camino. Y el jinete…
—tragó saliva con dificultad— el jinete no llevaba insignia, alteza, pero olía a la capital.
A cera de lacre y a papel de escribanía.
Yo conozco ese olor. Llevo diez años olerlo en los despachos que transporto. El que me tiró… acababa de sellar algo.
El silencio en la tienda se hizo del tamaño exacto de una conclusión.
—Descansa —dijo Darien al fin, y su voz sonó más vieja que a la ida—. Me has dado más que un mensaje, Rocabert. Me has dado un mapa.
Salió de la tienda y se quedó de pie entre las fogatas de la avanzadilla, mirando las tiendas, los estandartes, los muchachos de diecinueve años que afilaban lanzas para una guerra que dos pliegos de papel les habían vendido como necesaria.
Pensó en su padre, a quien adoraba y a quien temía en proporciones que nunca confesaba, sentado ante su mesa de mármol, pidiendo pruebas.
Pensó en el águila que lo miraba como mira alguien.
Pensó, por primera vez en su vida y con todas sus consecuencias, la pregunta que acabaría gobernando su reinado y que entonces solo le produjo vértigo: y si todo lo que me han enseñado a ver es exactamente lo que alguien necesitaba que viera?
—Señor —dijo su capitán, acercándose con el informe de la noche—, ¿órdenes para la marcha de mañana?
Darien miró las almenaras del norte, que ya ardían en la distancia como una costura de fuego sobre la cordillera.
—Que la avanzadilla no avance ni un palmo sin mi señal —dijo—. Y que alguien me despierte antes del alba. Mañana tengo que discutir con un rey, y hay que madrugar mucho para discutir con los reyes.
Kael se transformó a la carrera —plumas, viento, un despegue todavía vergonzoso— y remontó el valle hacia la cabaña de Elar con el pliego sujeto en las garras.
Abajo, entre las copas, creyó ver una sola vez una figura menuda y cobriza que corría en paralelo sobre las ramas, con algo en la boca que parecía sospechosamente un queso envuelto en un pañuelo con el escudo del Reino Dorado.
Kael decidió, sabiamente, dejar ese misterio para otra ocasión.
Lo que no vio nadie —ni el águila, ni el príncipe, ni la criatura ladrona de quesos— fue al jinete embozado que, desde la collada del camino, contempló toda la escena con unos prismáticos de campaña dorados, y luego espoleó su caballo de vuelta hacia la capital del sur, galopando muy por delante de la
noticia que llevaba. Alguien tenía que avisar al consejero Varek de que sus dos cartas acababan de conocerse entre sí.