El Rey de los Cuervos Capítulo 4
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Capítulo 4

La carta y la traición

La carta llegó al Castillo de los Cuervos con la primera luz del cuarto día, clavada en la pata de un cuervo mensajero que cayó muerto sobre las losas del patio de armas.

El Rey estaba en la muralla cuando se la llevaron. El pergamino venía sellado con el sol de ocho puntas del Reino Dorado, lacre amarillo, atado con cordón de seda. El capitán Bram lo abrió con el cuchillo, leyó tres líneas y se puso del color de la cera.

—Es una declaración, Majestad —dijo—. Con fecha.

A la luna llena, el ejército dorado cruzará el Paso del Viento «para apagar de una vez la oscuridad del norte».

Lo firma… —tragó saliva— lo firma el propio Rey Dorado.

Y añade algo al final, señor. Añade que ya han capturado «al arma de los guardianes» y que la ejecutarán al amanecer como escarmiento.

El Rey de los Cuervos estuvo callado tanto rato que el viento tuvo tiempo de hojear el resto de informes de la mesa. Cuando habló, su voz era la de un hombre que está viendo cumplirse el peor de sus recuerdos.

—Veinte jinetes salieron anoche hacia la Fortaleza Olvidada y no han vuelto — dijo—.

Ahora esto. —Tomó el pergamino con dos dedos, como si quemara—.

Que se arme el reino. Que las atalayas enciendan las almenaras.

Y que alguien me explique —añadió, con una calma terrible— cómo ha entrado ese cuervo en mi castillo sin que mis propios pájaros lo despedazaran, porque los cuervos de este reino, capitán, no transportan cartas del sur. Nunca lo han hecho.

A muchas leguas de allí, en la capital dorada, otra carta idéntica —mismo papel, misma tinta, misma mano— descansaba ya sobre la mesa de mármol del Rey Dorado, sellada con la pluma negra de los Cuervos.

En ella, el Rey del norte anunciaba, con la luna llena, «el fin del falso sol del sur».

Y en su última línea, como una burla calculada, se mencionaba que el ejército de los cuervos ya

marchaba amparado por «el portador de la piedra verde, que ha jurado lealtad a la oscuridad».

El consejero Varek observaba al rey leerla por tercera vez, con las manos cruzadas y el gesto exacto de un hombre que comparte el dolor de su señor.

—Qué tragedia, Majestad —dijo, en el momento preciso—. Qué tragedia que al final tuvieran razón los que desconfiaban.

El Rey Dorado se levantó, y era como ver levantarse una torre.

—Que el general Heraclio marche al Paso del Viento —dijo—. Con todo. Quiero las legiones en la frontera antes de la luna llena. Si el norte quiere guerra, tendrá la guerra más corta de su historia.

—Majestad es sabio —murmuró Varek—. Majestad es justo.

Y salió del salón caminando hacia atrás, como mandaba el protocolo, con la mirada baja y el corazón cantando.

En su mano, cerrada con cuidado, llevaba la pluma con la que había escrito las dos cartas: una pluma común, de ganso, que un hombre menos atento habría calificado de inocente.

Solo un hombre muy atento habría notado que la tinta que la manchaba, seca desde hacía horas, aún despedía un leve resplandor verdoso cuando nadie la miraba directamente.

La había escrito todo él, claro. Las dos.

Tres noches antes, en su despacho de la torre de los escribanos, con la puerta atrancada y una sola vela, Varek había ejecutado su obra maestra con la calma de un miniaturista.

Sobre su mesa, perfectamente ordenados, los materiales de dos traiciones: a la izquierda, papel de la escribanía norteña, robado meses atrás durante una inspección de archivos que él mismo había sugerido; a la derecha, papel de los molinos de la capital, de su uso diario; junto a cada papel, su sello falso correspondiente, tallados por un artesano de la frontera que había cobrado en oro y en silencio, y que ya no cobraría ni respiraría nunca más en ninguna parte; y en el centro, el tintero. El tintero era la única pieza

que Varek no había encargado a manos humanas: la ceniza de la grieta se la había entregado la montaña misma, en una cavidad bajo la ciudad a la que bajaba una vez al mes, de noche, a informar, como él llamaba, con su elegancia de funcionario, a arrodillarse en la oscuridad y escuchar a su señora dictarle el futuro en el idioma de las grietas.

Aquella noche la señora había estado generosa: le había dictado, entre otros regalos, las dos frases exactas que harían imposible la paz.

«Ya han capturado al arma de los guardianes y la ejecutarán al amanecer» para el norte.

«El portador de la piedra verde ha jurado lealtad a la oscuridad» para el sur.

Varek las había copiado maravillado, con su letra de escribano perfecta, capaz de imitar la firma del Rey Dorado tras haberla estudiado tres años firma a firma, sello a sello, y la del Rey de los Cuervos tras haber sobornado a dos embajadores y a un archivero.

Cuando la tinta de ceniza tocó el papel, las letras brillaron un instante en verde, como brillan las cosas que están de acuerdo consigo mismas.

—Qué fácil es —había susurrado Varek a la vela, sellando la segunda carta con la pluma negra del norte—. Mil años de historia, y el mundo sigue cabiendo en dos papeles y en que cada cual se crea el suyo. El miedo es la única embajada que nunca cierra, ¿verdad, señora?

Y de las paredes del despacho, o de dentro del tintero, o de dentro de su propio pecho —a esas alturas ya no distinguía los lugares de su señora—, algo le había contestado con la caricia fría que él había aprendido a llamar una bendición.

Varek se había ido a dormir con la conciencia limpia de los artesanos: el trabajo bien hecho, se decía, se parece mucho a la virtud.

Solo se le escapó un detalle, porque a los artesanos perfectos siempre se les escapa un detalle: no quemó las pruebas de la escribanía.

Guardó la pluma de ganso —la misma pluma, manchada de la misma tinta, para las dos cartas— en el cajón de su escritorio, junto a la matriz de los sellos, por la razón más humana y más fatal que existe: porque era su obra maestra, y los artistas, incluso los artistas del fin del mundo, no destruyen jamás su obra maestra.

***

Kael recibió la noticia dos días después, posado en una rama, siendo un águila pésima.

El aprendizaje de la forma del águila había comenzado, como todas las lecciones de Elar, con una humillación metódica.

—El águila no vuela como corres tú —le había dicho la maestra, al borde del risco de las Águilas, sobre un mar de bosque—.

El águila permite que el viento la lleve.

Su corazón es orgulloso, portador: el peligro de esa forma no es la rabia, como en el lobo.

Es la altura. Desde arriba, todo parece pequeño, y lo pequeño parece despreciable, y un portador que empieza a despreciar lo que protege está a un paso de dejar de protegerlo.

Recuérdalo cuando estés ahí arriba: la gente diminuta que veas tiene hambre, miedo y nombre, igual que tú.

El primer intento acabó en un pino. El segundo, en el riachuelo, para regocijo estadístico de Pipo («¡Dos sobre diez!

¡El público se está poniendo de pie para irse!

»). El tercero duró casi un minuto entero de planeo majestuoso…

que culminó en un aterrizaje de emergencia sobre el tejado de turba de la cabaña, atravesándolo a medias y dejando a Kael colgando entre las vigas, con las alas extendidas y la dignidad por los suelos, mientras Pipo, debajo, levantaba la vista con una galleta en cada pata y murmuraba: «Siete sobre diez. Por la entrada dramática.»

Pero al cuarto día, Kael voló.

Voló de verdad: se dejó tomar por la corriente ascendente del risco y el mundo se abrió bajo él como un libro que llevaba mil años esperando un lector.

Vio el bosque entero, verde y oscuro, cosido por ríos de plata.

Vio las montañas, y en sus laderas, cosas que nadie puede ver desde el suelo: al norte, las columnas de humo de las almenaras del Reino de los Cuervos encendiéndose una tras otra, como una fila de estrellas enfermas; y al sur, en la lejanía polvorienta, el brillo

ordenado de un ejército en marcha, miles de lanzas doradas avanzando hacia el Paso del Viento.

El corazón del águila quería subir más y mirar todo aquello con la indiferencia de las alturas. El corazón de Kael, en cambio, se le encogió dentro del pecho emplumado.

Ya viene, pensó. Ya viene la guerra y yo sigo aprendiendo a aterrizar.

Fue entonces cuando vio, abajo, en el camino de la frontera, una escena pequeña y extraña: una comitiva de jinetes dorados detenidos junto a un carro, y junto al carro, tirado en la hierba, un jinete caído; y dos hombres agachados sobre él, y un tercero —joven, con armadura ligera y una capa azul — que se quitaba el yelmo y se pasaba las manos por la cara con la desesperación callada de quien manda y no sirve de nada lo que manda.

Kael bajó en círculos, con la torpeza disimulada de las grandes aves cuando nadie las mira, y se posó en la rama baja de un roble del lindero.

Desde allí vio que el jinete caído era un mensajero: flecha en el hombro, rostro grisáceo, una alforja de cuero apretada contra el pecho como si la protegiera incluso inconsciente.

Vio que los soldados trataban la flecha con una extrañeza profesional: la sacaron con cuidado, la olieron, la miraron a contraluz.

—Punta de la frontera norte, alteza —dijo uno—, pero la pluma del astil es de ganso del sur. Y esto que brilla en la punta no es veneno que yo conozca.

El joven de la capa azul —alto, de pelo oscuro recogido, veintipocos años, con el porte inconfundible de quien ha crecido sabiendo que le miran— tomó la flecha entre dos dedos y se la quedó mirando como Kael imaginó que se miran las piezas de un rompecabezas que no encaja con la caja.