EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 51
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Cuando accedo a la habitación en la que el falso inspector de policía está a punto de apretar el gatillo del fusil al que se aferra con fuerza, observo su rostro de incredulidad al verme, y no puedo evitar recordar cómo he podido llegar hasta allí.

Desde que salió de la sede de Hazte Ver sabía en todo momento dónde se encontraba.

¿Cómo? Muy sencillo. Usando el localizador que le había colocado en su espalda cuando me ayudó a incorporarme después de golpearme con la culata de su pistola.

¿De verdad que no te acuerdas? Pues repasa el capítulo cuarenta y nueve.

La ventaja que me ofrecía el localizador me permitió no obsesionarme con salir corriendo tras sus pasos, y pude atender al director de Hazte Ver durante los últimos minutos de vida que le quedaban.

El hombre agonizó en mis brazos, aunque consciente, circunstancia que le permitió desahogarse conmigo.

Sabiendo lo que sabía, telefoneé a Poli contándole lo sucedido, y le informé también del encargo que me había hecho el falso inspector de policía que ahora tengo delante, porque cuando abandoné las instalaciones de Hazte Ver, las personas que debían llegar aún no lo habían hecho.

El trato al que llegué con Poli fue rápido. Yo le contaba todo lo que sabía relativo al plan con el que se había puesto en jaque al rey y a la democracia del país, y él me facilitaría una autorización para acceder al lugar desde donde tenía previsto despegar el sobrino del rey esa misma tarde.

Como es obvio, esos trámites, y los continuos tiras y afloja por tratarse el asunto de Seguridad Nacional, se demoraron varias horas.

Mientras tanto, yo consultaba la aplicación del rastreador en mi teléfono móvil y me acercaba cada vez más al falso inspector de policía, mientras rezaba para que no se cambiase de ropa.

Ahora que lo tengo a cuatros metros de distancia, parece fácil haber podido llegar hasta allí, pero durante muchos instantes la cuerda ha estado a punto de romperse, y con ella, la vida del sobrino del rey.

—No es el objetivo que buscas.

El falso inspector vuelve a posar su ojo sobre el visor, una vez recuperado de la sorpresa por verme.

—Aún lo tengo a tiro.

—Te equivocarás y nunca sabrás toda la verdad.

A él también lo usaron como hicieron con tu hija.

Ya estaba sin conocimiento cuando lo acostaron junto a ella.

Si te sirve de algo, el joven que la estranguló ha muerto esta mañana de una sobredosis.

Ninguno de los cuatro jóvenes que estuvieron en el reservado junto a tu hija y la desnudaron y fotografiaron se encuentran ya con vida.

Tampoco el director de Hazte Ver, que fue el encargado de seleccionarlos y dirigirlos.

Y de los guardas de seguridad no hace falta que te diga nada. ¿Qué más quieres?

—En una guerra, los que están en el frente son los que menos culpa tienen.

—En esta guerra los generales no tienen cara ni nombre. Tú debes saberlo bien.

—Siempre hay un hilo del que poder tirar. Dame un nombre. Solo uno, y te prometo que me iré y nadie volverá a saber más de mí.

Entonces recuerdo la conversación que mantuve con el director de Hazte Ver minutos antes de que este exhalara su último aliento, y la identidad del superior de quien recibía órdenes.

El último eslabón visible de una oscura cadena que asciende hasta lugares insospechados de la sociedad.

Y aunque ya había facilitado los datos de ese individuo a Poli, porque era parte del trato que habíamos hecho, ahora pienso que el hombre que tengo delante podrá impartir más justicia que la de alguno de los jueces marioneta que esa oscura organización tiene a su cargo.

No creo en el ojo por ojo, ni en el diente por diente, pero tampoco me agrada que el dinero y la influencia de un culpable le sirvan para salir absuelto.

—Está bien. Te daré un nombre, pero deberás prometerme que limpiarás toda la mierda que puedas.

Él no responde, y yo tomo su silencio como una confirmación.

—¿Hiciste lo que te dije que hicieras?

—Me fui antes de que tus amigos llegaran, pero el que tiene que saber cuáles son tus muertos ya está informado.

—Sabía que hacía bien perdonándote la vida. Por cierto, ¿cómo me has encontrado? Creía que eras un detectivucho de provincias.

Cuando le respondo, lo veo sonreír mientras observa a través del visor cómo el avión militar rueda hasta la pista de despegue.