EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 17
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En una de las cafeterías de la Universidad Francisco de Vitoria, el bullicio provocado por los estudiantes que se dan cita a esta hora del mediodía es más que notorio. Multitud de conversaciones y alguna que otra carcajada conforman el cóctel perfecto para hablar sin ser escuchado.

Al amparo de esta circunstancia, cuatro jóvenes han ocupado una mesa situada al fondo del establecimiento.

Si nos fijamos bien en ellos comprobaremos que los gestos de sus rostros transmiten desasosiego, e incluso podríamos asegurar que mantienen una conversación agitada.

De vez en cuando, alguno de ellos levanta la cabeza para comprobar que nadie les observa.

Dicha actitud, propia de quien se encuentra dominado por la ansiedad, pasa desapercibida para la mayoría de las personas que hay en la cafetería, aunque no para todos.

Los cuatro llevan varios días sin comunicarse por sus teléfonos móviles, así se lo han recomendado.

Junto a un grupo de profesores que charlan próximos a la barra de la cafetería, un catedrático de Derecho Constitucional sorbe un café al tiempo que no quita ojo a la mesa que ocupan los jóvenes.

Tanto él como otros trabajadores de la Universidad han recibido la instrucción de informar sobre todo lo que hagan esos cuatro estudiantes.

Todos ellos fueron reclutados por una organización anónima que persigue fines superiores.

—¿A vosotros también os ha vuelto a llamar la policía para declarar? —pregunta Beltrán seguido de un movimiento impetuoso de su cabeza que hace agitar su peinado con raya lateral y flequillo sobre las cejas.

—A mí no me han vuelto a llamar desde la primera vez —informa Borja. Sus ojos azules se muestran sorprendidos por lo que acaba de escuchar—. ¿Otra vez te han llamado?

—Sí, tío. Me han vuelto a pedir que mañana pase por la comisaría.

—Yo tampoco sé nada nuevo —indica Cayetano, cuyo color de piel haría pensar que acaba de regresar tras pasar un mes en la playa.

—¿Entonces, bro ? ¿Por qué me han llamado solo a mí?

El tono de Beltrán se crispa al ser consciente de que es el único al que la policía quiere volver a ver.

—Vamos a tranquilizarnos ¿eh? —interviene Sancho con un gesto duro en su rostro que reprime al resto—.

Recordad que estamos los cuatro en esto, y que no tienen nada.

¿Entendido? Pero si nos ponemos nerviosos y metemos la pata estamos jodidos.

Ya hablamos en su día sobre lo que teníamos que decir, y solo hay que repetirlo.

Y si aparece algo nuevo, nosotros no sabemos nada.

El silencio se apropia durante unos instantes de la conversación, y solo el bullicio de las tertulias ajenas llega hasta sus oídos. Sancho aprovecha la pausa para incrustar sus pupilas en los ojos de Beltrán antes de seguir hablando.

—Es normal que quieran volver a hablar contigo. Tú fuiste el que invitaste a la discoteca a Floi. Eres el que más relación tienes con él. Pero sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?

El otro asiente, y su flequillo vuelve a balancearse con el movimiento de la cabeza. La raya lateral que define el corte de pelo que le caracteriza, sin embargo, permanece inalterable.

—A los cuatro nos han dicho lo que tenemos que decir. Solo tenéis que recordarlo y repetirlo cuando os pregunten. ¡No es tan complicado, joder!

—Pero ¿y si saben algo nuevo? —insiste Beltrán.

—¿Qué coño van a saber nuevo?

—No sé, una grabación. Un testigo. Alguien que nos viera.

—Ya os lo he dicho. Todas las grabaciones de ese día se borraron. Estábamos solos en el almacén. Nadie pudo vernos. Ya me ocupé yo de todo.

—¿Y los dos seguratas que nos vieron en el reservado a todos juntos, con Floi y con ella, y que luego nos ayudaron a bajarlos al almacén? —interviene Borja, en esta ocasión.

—Esos dos están tan pringados como nosotros. ¿Acaso no sabes lo que hicieron con ella antes de que regresáramos para llevárnosla? Pues se la follaron.

—Qué asco. Pero si estaba muerta.

—A mí también me hubiera dado igual —apostilla Cayetano, en cuya mirada se adivina un atisbo de deseo.

El resto, acostumbrados a los disparates de su amigo, apenas se sorprenden del comentario tan macabro que este acaba de realizar.

—Además —insiste Sancho—, esos son de confianza.

—Bueno, uno de los dos ya no va a poder contar nada.

Cayetano suelta la frase con una sonrisa siniestra antes de llevarse el vaso de cerveza a la boca.

No hay dudas de que parece el más templado de los cuatro.

Quizá esa actitud suya de manifiesta suficiencia sea debida al convencimiento de que, suceda lo que suceda, su familia, máxima accionista del banco más importante del país, va a solucionar el problema que se presente, por muy jodido y complicado que este sea.

No en vano, el mejor bufete de abogados de España trabaja para ellos.

Ese sentimiento de poder, con el que ha convivido desde la cuna, hace que Cayetano se sienta indemne ante cualquier contratiempo.

No obstante, la información que acaba de verterse sobre la mesa provoca que las miradas de Borja y Beltrán confluyan en la de Sancho, y la de este se muestre severa con la de Cayetano.

—¿Qué quiere decir este capullo? —pregunta Beltrán.

Si Cayetano parece el más templado de los cuatro, Beltrán continúa mostrándose como el más ansioso y temeroso de todos, y eso que tampoco está huérfano de dinero y de poder.

Su padre, consejero de una importante empresa del IBEX, se reúne a menudo con las personas más ilustres del país, y su madre, una reconocida política, ocupa un importante cargo en el gobierno de la Comunidad de Madrid.

Pero a pesar de que en su casa los sirvientes tienen la orden de llenar las copas con el mejor champán durante las comidas, Beltrán no ha desarrollado el mismo sentimiento de impunidad con el que convive Cayetano.

—No os lo quería decir para que no os pusierais nerviosos, pero ya veo que este pijo de mierda no puede mantener la boca cerrada.

Cayetano sonríe. Sin duda, parece vivir en un continuo Flower Power .

—¿De qué coño hablas, Sancho?

Beltrán no puede evitar elevar el tono de su voz, aunque no lo suficiente para superar el volumen del bullicio que se escucha en la cafetería.

Desde el otro extremo del establecimiento, el catedrático de Derecho Constitucional toma buena nota de lo que está observando.

Cuando todos los sentidos se fijan en un punto determinado, escuchar alguna que otra palabra suelta, y observar determinados gestos es suficiente para hacerse una idea del contexto.

—Me cago en la hostia, Beltrán. O bajas la voz, o te reviento a hostias aquí mismo.

La advertencia de Sancho surte efecto y la nueva pausa trae aparejados unos segundos de tranquilidad.

—Cayetano se enteró ayer de casualidad, y no por mi boca.

—Eso es cierto —ratifica el aludido.

—Pero ¿de qué? —se interesa Borja, esta vez.

Más comedido que los otros tres, tampoco es mala su cuna, ya que no se vende en España una botella del refresco más conocido del mundo sin que lo sepa su padre.

Aunque él tiene predilección por su madre, magistrada del Tribunal Supremo, con quien acude cada domingo a la iglesia.

—Joder. ¿Os acordáis del tío al que reventaron la cabeza el otro día en Gran Vía?

Los otros dos asienten. Cómo no iban a saberlo, la noticia ha dado la vuelta al mundo. Cayetano, por el contrario, ni se inmuta, porque ya sabe lo que viene a continuación.

—Pues era uno de los seguratas que nos ayudó con Floi y la niña esa desde el reservado hasta el almacén.

La noticia enmudece a los dos jóvenes que aún no sabían nada. Mientras tanto, los otros dos permanecen a la expectativa.

—¿Y quién se lo ha cargado? —pregunta Beltrán después de asimilar lo que acaba de escuchar.

—Y yo qué sé.

—Hostia, Sancho, no habrán sido…

Aunque la frase de Borja queda sin terminar, todos saben a lo que este se refiere.

—No seas gilipollas, tío. La organización no se dedica a eso. Que no se te vuelva a pasar por la cabeza. El plan ya lo conocéis, y todos estamos en ello. Somos unos privilegiados. ¿Recordáis? Vamos a conseguir que España sea de nuevo una nación grande.

—Una cosa puede llevar a la otra —porfía Beltrán.

—¿Qué quieres decir?

—Coño, Sancho —interviene Cayetano con gesto de guasa—. Que a lo mejor al segurata ese le han cerrado la boca para que no joda el plan.

—Que no, joder. Que no. Que se os quite esa idea de la cabeza. Aquí no se mata a nadie.

—¿Y entonces quién se lo ha cargado? —insiste Beltrán.

—Ya te he dicho que no lo sé. Esa gente tiene problemas cada noche.

Quizá echó a quien no debía una noche, o le dio una hostia a un mafioso o a un loco.

Cualquier mierda de esas. En los locales de mi familia entra todo tipo de gente.

Vosotros mismos habéis visto cómo echan a los que dan problemas, y si encima luego se ponen chulos, les pegan dos galletas y calientes para casa.

Los seguratas de discoteca se generan muchos enemigos.

—O le han callado la boca porque es un testigo.Beltrán no para.

—Pero qué pesado, tío.

—Sancho, es una posibilidad. —Cayetano también hurga en la herida, aunque más por cachondeo que por creer en la suposición planteada por los otros dos—. Una boca menos que puede hablar. Con todo lo que hay en juego, yo lo haría así.

—¿Cargarte a todos los testigos?

Beltrán lanza con rapidez el señuelo.

—Pues claro, pijo —responde el otro sin pensar siquiera.

Está claro que de los cuatro, Cayetano es el más impulsivo y, a la vez, el menos inteligente. Ambas cualidades raramente van separadas.

—Mejor eso a que se venga abajo cuando le interroguen y suelte cosas que no debe a la policía. Si ha sido así, de puta madre.

—No te olvides que nosotros también lo sabemos todo.

Beltrán no tarda en recoger el sedal una vez comprueba que el pez ha picado.

—Y que sabemos mucho más que el segurata ese.

La conversación vuelve a quedar en pausa y una carcajada suena de fondo entre el bullicio de la cafetería que poco a poco comienza a quedarse vacía.

—Se te está yendo la olla, Beltrán.

Sancho rompe un silencio que a cada segundo que pasa se vuelve más incómodo.

—¿Y si fuera cierto? —insiste Borja—. ¿Y si lo ha eliminado la organización para que no hablase?

—Pues mejor —responde Cayetano, quien aún no parece haberse enterado de los derroteros por los que transcurre el debate—. Hizo su papel y ya está. Solo podría joderlo todo. Ya no servía para nada.

—¿Y para qué sirves tú ya? ¿O yo? ¿O Borja? ¿O tú mismo, Sancho?

A Cayetano le da por pensar, mientras Sancho recoge el último guante.

—Nosotros somos soldados. Ningún ejército elimina a sus propios soldados.

¿No os dais cuenta? Eso que estáis insinuando es muy peligroso, y no es el camino correcto.

Estamos en una guerra, y mucha gente se la está jugando para conseguir ganar esta batalla, porque la guerra no terminará hasta que todos esos piojosos sean eliminados de sus puestos.

No sé lo que le ha pasado a ese segurata, pero seguramente no tenga nada que ver con todo esto. Él no era uno de los nuestros.

De los cuatro, Sancho es el que más ha tratado con el director de Hazte Ver, y, por tanto, el que se encuentra en una fase más avanzada de adiestramiento. Esta circunstancia es más que evidente.

—Aceptamos formar parte de esta batalla, ¿recordáis?

Estábamos hartos de ir a Colón y de manifestarnos en Ferraz; o de llamar hijo de puta al puto rojo ese en la puerta de su chalé.

Queríamos dar un paso más. Tíos, si esto sale bien, y tiene toda la pinta de que va a ser así, seremos unos héroes.

Solo hay que esperar, y no desfallecer. No ahora que estamos tan cerca.

¿Os dais cuenta de lo que pasaría si todo se descubre?

¿Acaso habéis pensado en lo que hemos hecho y las consecuencias que podría haber?

Ya no hay vuelta atrás. No podemos. Esa tía ya está muerta.

—No tenía que haber pasado así —suelta Beltrán, como si en lugar de hablar, pensara en voz alta.

—Ya lo sabemos, pero pasó lo que pasó, y al gilipollas este se le fue la mano.

—Ya os lo dije, se estaba despertando —protesta Cayetano.

—Y una mierda. Si estabas empalmado y todo. Si Beltrán no te quita de encima, te la follas.

—Borjita, no me dirás que no estaba buena la tía. Allí, en pelotas… Mira lo que hicieron esos seguratas luego.

Los otros tres, incluido Sancho, afean con una mirada el comentario del joven; sin embargo, no dicen nada al respecto porque ya están acostumbrados a sus barbaridades.

—En todas las guerras hay víctimas colaterales, y en esta no iba a ser distinto.

—¿De qué la conocías?

Sancho no se espera la pregunta que le hace Borja y tarda unos segundos en contestar.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser?, a la tía esa.

—Me la presentó el profesor de Derecho Constitucional una semana antes.

El resto se quedan perplejos ante la respuesta y Sancho comprende que quizá ha sido demasiado escueto.

—Nos asignó un trabajo para hacer por parejas.

—¿Y por qué la elegiste a ella?

—Yo no elegí a nadie, Borja. Fue el profesor el que nos juntó para el trabajo. Como bien sabes, el plan está milimétricamente calculado desde arriba, por eso no puede fallar.

—Pero tú la llevaste al reservado, ¿no?

—Te equivocas. Al reservado la llevó un miembro de la seguridad.

—Es cierto —añade Cayetano—. Nosotros teníamos que hacer que Floi estuviera bien mamado.

Beltrán no se da por vencido e ignora las palabras de este último porque sabe que de todo lo que habla solo es aprovechable un diez por ciento. Por la misma razón, el resto han aprendido a ignorar la gran mayoría de sus comentarios.

—Ya. Quiero decir, que tú la mandaste llamar.

—Vuelves a equivocarte de nuevo. Hasta que la chica no llegó al reservado, yo desconocía igual que tú quién sería la elegida. Sí es cierto que le dije que viniera a la discoteca esa noche, pero igual que se lo dije a otras compañeras de clase.

La cafetería ha ido vaciándose poco a poco, y el bullicio se ha atenuado tanto que cualquier conversación que no se desarrolle en un tono normal puede ser escuchada desde cualquier punto del local.

Los cuatro jóvenes, inmersos en los dilemas por los que atraviesan, no han sido conscientes de esta circunstancia.

A unos veinte metros, que es la distancia que les separa de la barra del establecimiento, el catedrático de Derecho Constitucional apura su café ya frío, al tiempo que no quita ojo ni oído de la mesa que tiene órdenes de vigilar.